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Salvación Eterna

Este sitio contiene
textos creados para la defensa y propagación de la Religión Católica.
Está conformado por
capítulos elaborados siguiendo la misma línea del libro “Tiempo Y
Eternidad” que este mismo autor publicó en Internet en abril de
2004. Al igual que esta obra, también estos textos son enteramente gratuitos, y
se pueden descargar, imprimir y difundir todo lo que se necesite, siempre y
cuando no se altere o modifique su contenido.
También se pueden encontrar
textos de otros autores y enlaces de interés a sitios que contienen escritos de
espiritualidad y que promueven los valores cristianos de caridad, abnegación,
renuncia, ascética, humildad y abandono. Valores sin los cuales no es posible
alcanzar la salvación eterna.
Juan F. García Millán
El Cristianismo es una
religión difícil, no cabe duda. Quizá la más difícil de todas. La Biblia por su
parte no lo pone fácil, pues es un libro extenso, escrito por diversas
personas, en diversas circunstancias y a lo largo de muchos siglos. El lector
que no esté muy instruido puede contemplar que existe todo un abismo entre el
Viejo y el Nuevo Testamento. Además, muchos pasajes son aparentemente
contradictorios en sí mismos y con otros, y solamente los teólogos y Doctores
son capaces de explicar, con lo que parece a veces un malabarismo de la lógica,
la sintonía de unos con otros.
A causa de estas complicaciones,
se han producido cismas y corrientes de pensamiento a lo largo de los dos
milenios de su existencia, que han arrastrado mayor o menor número de fieles.
Las diversas interpretaciones del dogma han originado cristianos católicos,
ortodoxos, nestorianos, pelagianos, monofisitas, albigenses, luteranos,
calvinistas, anglicanos, mormones, adventistas... La lista es interminable.
Pero es el catolicismo
quien se lleva la palma en lo que a complejidad se refiere. No en vano todas
las confesiones enumeradas antes (y las no enumeradas) han sido reacciones que
han surgido ante la dificultad o incomodidad de seguir a una religión tan
difícil. Difícil de entender, y difícil de practicar.
Incluso muchos católicos
cultos de ayer y de hoy no terminan de entender del todo conceptos como la
Trinidad (tres Personas, pero un sólo Dios), o la doble naturaleza de Jesús
(completamente Hombre y completamente Dios), o el significado de la Eucaristía,
o el dogma de la Transubstanciación. Por no hablar ya del sentido y valor del
sufrimiento y de la Cruz (escándalo para los judíos y locura para los griegos.
(1Cor 1,23))
Particularmente el
misterio de la Cruz y su significado en Cristo y en el hombre es objeto de
ignorancia en un gran número de católicos que se dicen fieles. Y es el dogma
central del cristianismo sin duda alguna. Este libro contiene muchos capítulos
en los que he intentado explicar y difundir este dogma.
Pero la mayor o menor
dificultad de la religión no debe ser un obstáculo tal que determine su
abandono. No en vano nos jugamos la salvación eterna. No podemos hacer como los
protestantes, coger esto y desechar aquello. Porque al fin y al cabo todo tiene
explicación y todo encaja; aunque haya que dedicarle su tiempo a estudiarlo y
comprenderlo. El esfuerzo merece la pena, y la recompensa también. Para esta
vida y para la otra.
Estas páginas son un
intento de arrojar alguna luz sobre ciertos misterios de la Fe Católica con los
que encuentran dificultades muchos creyentes y no creyentes. Quiera Dios que dé
muchos frutos en seguimientos y conversiones.
El individuo católico
mundanizado, que entre los que se dicen cristianos es el habitual en la
sociedad de hoy, rechaza de plano toda la enseñanza bíblica y tradicional de la
Iglesia sobre el sufrimiento. Para él, el sufrimiento es una situación que ha
de ser evitada a toda costa, incluso por encima de las personas y del propio
Dios. "Dios no nos ha puesto en este mundo para sufrir" dicen.
Este hecho sin embargo no
es nuevo. Ya en el pasado fue rechazado por los protestantes, que endulzaron o
más bien hicieron ancha la puerta que Cristo anunció que era estrecha (Mt
7,13-14).
Pero lo cierto es que en el
mundo hay sufrimiento, por instigación del Maligno, y por la debilidad del
propio hombre. Y la doctrina que predicó Jesucristo viene a ser una liberación
para el oprimido, para el pobre, para el desdichado, para el que sufre. El que
sufre es el predilecto del Señor, quien recibirá los mayores premios en la vida
eterna.
Por supuesto que no
debemos entregarnos al sufrimiento de forma deliberada como un masoquista. Pero
el hecho de ser católicos y confesar a Cristo abiertamente y en voz alta ante
la sociedad de hoy, que le odia más que nunca, nos traerá no pocas cruces.
La Cruz es el punto
central de la doctrina Cristiana. Y el Nuevo Testamento está repleto de
sentencias que nos alertan y avisan que el verdadero cristiano y fiel de
Jesucristo ha de ser, como su maestro, un crucificado:
«Si alguno quiere venir
detrás de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera
salvar su vida, la perderá, y quien perdiere su vida por mi causa y por el
Evangelio, la salvará» (Mc 8,34-35).
«Entrad por la puerta
estrecha, porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la
perdición, y son muchos los que van por allí. Pero es angosta la puerta y
estrecho el camino que lleva a la Vida, y son pocos los que lo encuentran» (Mt
7,13-14).
«Los que son de Cristo
Jesús han crucificado su carne con sus pasiones y concupiscencias» (Gál 5,24).
«Si vivís según la carne,
moriréis; pero si con el Espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis»
(Rm 8,4-13)
«Porque se os ha
concedido a vosotros, a causa de Cristo, no solamente el privilegio de creer en
él, sino también el de sufrir por su causa» (Flp 1.29)
«¿Qué hay de noble si
soportáis el sufrimiento cuando lo merecéis? Pero si lo soportáis cuando hacéis
el bien, eso sí es agradable ante Dios. Pues para esto fuisteis llamados,
porque también Cristo sufrió por vosotros dejándoos ejemplo para que le
imitéis». (1Pe 2, 20-21)
«Tú, pues, sé Partícipe
de los sufrimientos como buen soldado de Cristo Jesús» (2 Tim 2,3)
«Mortificad vuestros
miembros terrenos, la fornicación, la impureza, la liviandad, la concupiscencia
y la avaricia... Despojaos del hombre viejo con todas sus obras, y vestios del
nuevo» (Col 3,5-10).
Estas y muchas más citas
que se podrían poner nos dicen que el cristianismo es cruz. Que hay que vencer
las tendencias naturales egoístas del individuo orgánico y abrazar una vida más
desprendida, más elevada. Es ésta la vida cristiana. No hay otra posible.
El cristiano carnal
rechaza la cruz en su vida. Venera la cruz en el Calvario, en la liturgia del
Viernes Santo, en la vida de los santos; pero no tiene ninguna facilidad para
reconocer y venerar la cruz de Cristo en su propia vida.
Muchos incurren, como los
protestantes, en el error de pretender que la cruz de los cristianos no es
necesaria, pues ya Cristo la tuvo por nosotros. Ya Cristo pagó por nuestros
pecados, por lo que nosotros ya no necesitamos sino gozar de esta vida sin
preocuparnos de nada. Ignoran que el sacrificio de Cristo nos abrió las puertas
del cielo, pero no las del mundo: "No améis al mundo ni las cosas que
están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no Está en él.
Porque todo lo que hay en el mundo--los deseos de la carne, los deseos de los
ojos y la soberbia de la vida-- no proviene del Padre sino del mundo. "
(1ªJn 2,15). En la tierra por tanto, hemos de seguir los pasos de Cristo, hacia
el Calvario, cargando la Cruz.
Como dice el P. Ángel
María Rojas, S.J., «Jesús realiza la Redención con el sufrimiento de su Cuerpo Físico.
Pero la abre para que se continúe con el sufrimiento del Cuerpo Místico. La
Redención no excluye, sino que exige la participación de cada hombre en el
Sacrificio de Cristo» (¿Para qué sufrir? EDAPOR, Madrid 1990,65).
Dispongámonos pues a
abrazar la Cruz de nuestro Señor Jesucristo. La única que salva, la única que
conforta al que sufre, la única que es fuente de Vida y Salvación Eterna.
Es dogma central de la Fe
Católica que Jesucristo vino al mundo para salvarnos del pecado, y para eso, y
a causa de eso, murió en una cruz.
Sin embargo, Dios pudo
haber elegido redimir al género humano de una forma menos cruenta que la muerte
en cruz de su Hijo. Efectivamente, hubiese bastado sólo una gota de su sangre,
o ni siquiera eso, y la Humanidad hubiera sido salvada del pecado con la misma
eficacia y plenitud.
¿Pues entonces, por qué
ese disparate de la cruz? ¿Por qué ese sacrificio horrendo de la crucifixión
del Hijo de Dios?
Bien, la cruz de Cristo
no era necesaria, pero sí conveniente. De entre todas las razones que dan los
teólogos, las principales se basan en el amor y en el ejemplo.
Esto se simplifica en la
frase de la Escritura: "En esto se mostró el amor de Dios para con
nosotros: en que Dios Envió a su Hijo unigénito al mundo para que sirviese de
Expiación por nuestros pecados". (1ªJn, 4)
Y es que el amor se
ejemplifica con el sufrimiento, con el desprendimiento de uno mismo para darse
a los demás. Y no hace falta irse al plano sobrenatural para ver esto. Cuántos
son los padres que se sacrifican por los hijos hasta la extenuación: al atender
y cuidar a un hijo disminuido física o psíquicamente, a veces durante toda la
vida. O la abnegación y entrega de las madres cuidando a los bebés, cuando no
les dejan dormir ni de día ni de noche, a veces durante muchos meses, o incluso
años, hijo tras hijo.
Pues si el sacrificio y
el "dejarse la vida" lo vemos entre nosotros, ¿cómo no lo íbamos a
ver en un Dios que si lo tuviéramos que definir con una palabra solamente, ésta
sería Amor? ¿Cómo no íbamos a presenciar en el Dios del amor, en el Dios que
ama sin límite, al Dios que sufre sin límite? ¿Cómo íbamos a creer al que dice "quien
dé su vida por mí la ganará" (Lc 9,24) si Él no la hubiera dado antes
por nosotros? ¿Cómo íbamos a creer, en definitiva, al Dios que baja del cielo
para predicar el amor, si Él mismo no nos hubiera dado la prueba máxima de
amor? Pues "nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus
amigos" (Jn 15, 13).
Así pues, con su ejemplo
Dios nos invita a sufrir por amor. Porque el que sufre por los demás es el que
demuestra más amor los demás. El que se niega a sí mismo, el que renuncia a sí
mismo en pos de los demás, ese es el que más les quiere, como nos demostró Jesucristo.
Por eso, el cristiano a
quien Dios le envía una cruz no ha de entristecerse, sino todo lo contrario. No
vale decir como el pagano "¿qué he hecho yo para merecer esto?" Ya
que ¿qué hizo Cristo para merecer la Cruz? El inocente paga por los culpables.
Pues si el Inocente pagó
por los culpables, ¿no han de correr la misma suerte sus discípulos y
seguidores?
Como decía el beato Pedro
de San José, «Cuando nos sucede alguna aflicción hemos de entender que aquello
es la Cruz de Cristo y hacer cuenta que nos la da a besar.»
Y no hemos de estimar en
poco a esta vocación del sufrimiento, pues es superior incluso a la de
predicar. Pues si el fin de la predicación es convertir al pecador y que a través
del Evangelio se salve, eso mismo obtiene por sí mismo y por los demás el
inocente que ofrece a Dios su cruz por esta causa. Y con más eficiencia y
eficacia.
Jesucristo murió para
salvarnos del pecado; para abrir las puertas del cielo que hasta ese día
estaban cerradas a la Humanidad por culpa del pecado original. Por tanto nos ha
enseñado con su sacrificio que no hay nada mejor que la cruz para el perdón de
los pecados. Y el perdón de los pecados implica la salvación eterna. Por tanto,
por la Cruz se alcanza la Salvación Eterna.
Y para terminar, cito al
dominico Garrigou-Lagrange que siguiendo la doctrina de Santo Tomás escribe en
su libro "El Salvador y su amor por nosotros" el siguiente párrafo:
«Estas profundidades del
misterio de la Redención nos ayudan a entender por qué Dios envía por amor a
ciertas personas sufrimientos tan grandes, para hacerles colaborar unidas a
nuestro Señor, y un poco como Él, para la salvación de los pecadores. Es ésta
la más alta de las vocaciones posibles, superior a la que se dedica a enseñar.
Como también Jesús es más grande elevado en la Cruz que predicando el Sermón de
la montaña. ¿Qué prueba del amor de Dios puede haber más grande que hacer de
una persona una víctima de amor, unida al Crucificado? Lo mismo que la causa
primera no hace inútil la causa segunda, sino que le comunica la dignidad de
causar, así los méritos y sufrimientos del Salvador no hacen inútiles los
nuestros, sino que los suscitan para hacernos participar de su vida.»
Leí hace tiempo una
entrevista a un científico de renombre mundial, ateo, en donde le preguntaban:
“Si cuando murieses resultase que sí hay Dios, y te encuentras ante Él, y te
recrimina tu ateísmo, ¿qué le contestarías?” A lo que el científico respondió:
Señor, me tendrías que haber dado pruebas más fehacientes de tu existencia.
Hay muchos científicos y
hombres de gran saber como astrónomos, físicos, químicos, biólogos, o
cosmólogos, cuya actitud hacia la religión es bastante negativa. Su único
"dios" es el hombre y su potencial para alcanzar el conocimiento. Ni
que decir tiene que la gran mayoría (aunque no todos) son agnósticos o ateos.
La aportación de los
científicos a la evolución de la especie humana y a la mejora de sus
condiciones de vida ha sido impresionante. Todos los avances en medicina,
cosmología, geología, paleontología o física, han abierto al hombre nuevos
horizontes, le han hecho darse cuenta de que las teorías primitivas que explicaban
el universo ya no son válidas y por tanto las visiones geocéntrica y
antropocéntrica del mundo han sido firmemente superadas.
El perjudicado
lógicamente ha sido Dios. La evolución de los descubrimientos sobre la
naturaleza ha ido pareja casi siempre al descrédito de Dios. Dios ya no era la
causa primigenia de todas las cosas. Todo parece tener explicación lógica sin
tener que recurrir a Dios como causa última. Los científicos se encargan de dar
las pruebas en la mayoría de los casos o apuntar hipótesis muy razonables
cuando la prueba se resiste.
Los físicos, los expertos
en mecánica cuántica o en biología molecular, han buscado paralelamente a sus
investigaciones algún indicio, alguna pista, que delate la firma del Maestro en
el cuadro de la creación. Han estado buscando ese matiz, ese guiño que les haga
Dios y que les diga: “Si buscas bien te apercibirás de mi presencia”.
Esos científicos no han
encontrado esos indicios. Todo lo que han encontrado es que el universo es así
debido a la casualidad, es decir, sin que haya habido una mano consciente que
lo dirija todo, y nada por tanto les sugiere que el Dios de los cristianos
exista sino en la imaginación de éstos.
Sin embargo, no debemos
olvidar que Dios Sí se ha manifestado a los hombres. Se manifestó en
numerosas ocasiones a los hombres del Antiguo Testamento. Y lo que narran los
Evangelios es el relato de la manifestación de Dios a toda la Humanidad.
E incluso en nuestros
días Dios se manifiesta una y otra vez a numerosas personas. Se manifestó en
Fátima y en Lourdes (a través de la Virgen). Se manifiesta a muchos santos y
santas y a mucha otra gente anónima que no conocemos.
Pero claro, estas
manifestaciones no dejan huellas, no ofrecen pruebas que luego se puedan comprobar
a través de un instrumento de precisión y por tanto los científicos dicen que
son fruto de mentes delirantes sugestionadas por el éxtasis psíquico.
Pero, ¿Qué esperaban?
¿Que se les apareciera a ellos? ¿Que se les mostrara a través del resultado
inequívoco de una ecuación matemática? Dios podría hacerlo así si quisiera,
indudablemente. Así podría haberse convertido el científico con el que abríamos
este capítulo.
Pero es que esas no son
las maneras de obrar de Dios. Cuando Dios se manifiesta a una persona en
particular, no tiene en cuenta los méritos intelectuales o la prominencia
científica (que no son nada a su altura), sino que tiene en cuenta aquellas
cualidades que le son más semejantes, aquellas a las que más aprecia, como son
la humildad, la bondad o el amor. Aquellos que las poseen son siempre los
merecedores del inenarrable gozo de su aparición.
¿Y cómo iba Dios a
presentarse ante los científicos, y no ante los humildes, ante los desposeídos,
ante los desheredados? ¿No recordamos quién eran los compañeros de Jesús? ¿Eran
acaso los fariseos, los altos sacerdotes o los gobernadores? ¿Con quién intimó
Jesús en su vida terrenal? Pues con los estratos más bajos y pobres de la
comunidad, naturalmente.
No olvidemos que Dios
exige una prueba de fe para alcanzar el paraíso. Sin la Fe no hay salvación. Si
un científico descubriese una prueba irrefutable de la existencia de Dios, y
otros lo corroboraran, y se hiciese público y extensivo a toda la población, no
cabe duda que muchos creerían en Dios. Si se proclamara Dios de forma universal
a todos los hombres de forma que sólo los ciegos o los locos le siguieran
ignorando, muy pocos serían ateos.
Ahora bien, no debemos
olvidar que eso ya ha ocurrido. En la Edad Media, cuando la Cristiandad imbuía
a toda la sociedad de un profundísimo sentido cristiano, cuando todo el mundo
occidental estaba inmerso en la religiosidad más exacerbada, nadie en su sano
juicio dudaba ni por un instante de la existencia de Dios ¿Cómo sino podrían
explicar ellos los abundantes misterios de la naturaleza? Pero no nos creamos
que por esa razón en esos tiempos las personas eran más buenas o que se
salvaban más que ahora. Las crónicas de aquellos tiempos nos siguen narrando la
maldad de los hombres, los pillajes y bandidajes, las brutalidades, etc.
Por tanto no creamos que
la salvación se conseguiría mejor si Dios se manifestase abiertamente y por
tanto fuese más fácil superar la barrera de la fe.
La mejor herramienta de
que dispone Dios para lograr la conversión y la salvación de sus fieles, ha
sido, es y será siempre la misma, y esa no es otra que la propagación del
ejemplo y la vida de aquellos que de verdad creen en Él y siguen sus preceptos.
El apostolado se revela como la única forma activa, segura y poderosa para conseguir
arrancar de la incredulidad y la disipación a las masas de personas que, sin
saberlo, ansían arrojarse a los brazos de Dios.
Uno de los argumentos más
esgrimidos a la hora de explicar por qué no se tienen más hijos, es el de
aquella gente que dice "mejor tener sólo un hijo pero bien atendido y con
comodidades, que muchos más y todos con precariedades".
El argumento no deja de
tener su lógica y su sentido, si nos circunscribimos a los cortos horizontes de
esta vida terrenal. Pero claro, el cristiano no puede tener esas miras, pues
apunta a la vida eterna.
En otras palabras, si de
lo que se trata es de hacer un viaje desde A (el nacimiento) a B (la muerte),
siendo el punto B el destino final, pues claro que es mejor llevar menos
viajeros, pues el coche es pequeño, y las inclemencias del viaje son grandes.
Pero ojo, resulta que el punto B no es el final, sino apenas el comienzo, un
comienzo a una eternidad pletórica de felicidad. ¿Cómo no pues, llevar el coche
cargado hasta los topes, cómo negarles esa felicidad a esos hijos nuestros,
aunque tengan que ir en bicicleta?
Parecen duras estas
palabras. Y lo son sin duda, pues la vida es dura y más para esos valientes,
pero ¿acaso no merece la pena el premio? No podemos tener la miopía de los
ateos, que no pueden ver nada más allá de la muerte. La vida, por muy dura que
se nos presente no es sino la antesala de una forma de vida mucho más plena,
avanzada, feliz y completa, y allí todas nuestras fatigas se olvidarán al
momento, y tendremos toda una eternidad para alegrarnos de haber llevado llenas
las alforjas.
Uno de los argumentos que
los detractores de la Iglesia esgrimen contra ella es su "machismo".
La Iglesia es machista, dicen, por que no ordena a mujeres. Porque nadie en la
Jerarquía es mujer.
Cierto es que los tiempos
cambian, y la sociedad misma cada vez más va dando cabida a las mujeres en los
puestos de responsabilidad. Desde principios del siglo XX, cuando comenzaron
los movimientos en pos de la liberación de la mujer, ésta va teniendo un papel
más vistoso dentro de la sociedad, al menos la occidental.
Cuando en el párrafo
anterior mencioné la palabra "vistoso", estuve a punto de poner
"protagonista", pero hubiera cometido un error. Y la razón es que la
mujer ha tenido siempre un papel protagonista en casi la mayor parte de las
sociedades. Ha sido siempre la mujer la que ha trabajado más que el hombre, la
que ha sufrido más, y la que ha llevado por sí sola el peso, el sostenimiento
de los pilares sobre los que se asienta la sociedad.
Esto en sí mismo no es
sino un hecho constatable hasta por un ciego. Y tiene una parte muy negativa
también. En gran parte de la humanidad la mujer es tratada como una bestia de
carga, que no sólo cuida de la prole y las necesidades del marido, sino que
además es recompensada con lo que este último desprecia. Y esto obviamente no
es bueno.
Las mujeres que reclaman
más protagonismo, lo que reclaman es más bien "vistosidad", figurar
en los sitios... y tomar decisiones.
Pero antes de nada una
aclaración. Estar en un puesto de responsabilidad no es algo bueno "per
sé". Para muchos incluso es algo a evitar a toda costa, una carga
insoportable.
Que la mujer es capaz de
estar en cualquier puesto de responsabilidad y desempeñar su cargo como
cualquier hombre (o mejor) es algo que ya nadie duda hoy en día.
Pues entonces, ¿por qué
la Iglesia no acepta mujeres? En primer lugar la pregunta está mal formulada,
ya que la mujer es mayoría dentro de la Iglesia. Habría que preguntar más bien
¿Por qué las mujeres están excluidas del sacramento del orden?
Bien, ahí la respuesta es
algo más compleja. Hay quien argumenta que el mismo Jesús no incorporó mujeres
dentro de Los Doce. Y la razón bien pudo ser que las "embajadoras" de
su Palabra no hubieran gozado de audiencia entre nadie. La mayoría de las
sociedades antiguas consideraba a las mujeres como un cero a la izquierda, sin
voz ni voto, ni juicio. Incluso en algunos casos se llegaba a cuestionar si
tenían o no alma.
La sociedad moderna ha
desechado, felizmente, todas esos disparates, y por tanto podría ser hora de
poner las cosas en su sitio. ¿O no? Pues lamentablemente no. Resulta que los
que vivimos en el Primer Mundo, nos olvidamos muchas veces que
"existen" otros Mundos. Y lo cierto es que la gran mayoría de la
Humanidad aún vive con precariedades, en pobreza, y en muchos casos con costumbres
primitivas.
Enviar una mujer a
presidir una Eucaristía a ciertas zonas de misión en Asia donde aún hoy en día
las mujeres son consideradas igual que en tiempos de San Pablo, sería toda una
imprudencia que no traería ninguna conversión a la Iglesia, o echaría a perder
las que existieran.
Así pues, no ha llegado
el momento. Y quizá no llegue nunca, o se acabe el mundo antes ¿quién sabe? El
caso es que no puede haber sacerdotes de primera "todo-terreno" y
sacerdotes de segunda "sólo-para-el-mundo-civilizado". Una
participación en el sacramento del orden de esa forma no sería válida. La
ordenación no puede tener límites.
Esta vida está perdida desde
el principio. "La vida es un valle de lágrimas" me decía
recientemente un confesor. Hay que hacer de la necesidad virtud. Tantas
frases...
El que se empeña en
complacerse y buscar sólo los placeres de la vida es como el que intenta
alumbrarse en una noche cerrada de ventisca con una mísera vela. Una y otra vez
enciende la mecha, pero no avanza... Es como el caballo que corre detrás de la
zanahoria...
¡Hay que resistir! Es la
consigna que hemos de decirnos una y otra vez, pues a buen seguro que nadie nos
lo dirá, y menos en este mundo materialista.
La vida es un campo de
entrenamiento. Es como la clausura que se impone un joven universitario para
poder estudiar y sacar la carrera. Es la prueba que hemos de pasar para heredar
la eternidad feliz. Es una prueba dura, y peor aún larga, muy larga. Pero es
que infinitamente larga es la eternidad celestial... y la eternidad infernal
también.
Jesús no vino al mundo a
explicar o abolir el sufrimiento, sino a llenarlo con su presencia. No podemos
pensar como los judíos de su época, que veían en Él a un Mesías terrenal, que
les iba a liberar de los romanos.
Él dio su vida por
nosotros, y por tanto nosotros también tenemos que dar la vida por Él; cuando
le vemos en nuestros hermanos, en los pobres, en los necesitados, cuando por
ellos nos dejamos la vida, entonces estamos dando la vida por Él. Cada cual en
su vocación: el casado por su familia, el niño por sus padres, el soltero por
sus prójimos.
Hemos de tener valor y
entereza y pensar que los sufrimientos soportados por Cristo no son malos sino
todo lo contrario. Si viéramos el valor de nuestras cruces, no querríamos que
éstas nos faltaran nunca. Conoceríamos que la cruz es lo más valioso que hay en
nuestras vidas. Diríamos como Santa Teresa: «o padecer o morir». O como San
Juan de la Cruz: «jamás, si quieres llegar a la posesión de Cristo, le busques
sin la cruz».
Cuando nos sobrevengan
esos sufrimientos que nos amargan tanto, decid y rezar de la siguiente forma:
“Dios me ha configurado
al Varón de Dolores, haciéndome participar así maravillosamente de la obra de
la Redención”.
“Gracias señor por los
sufrimientos que me concedes por mis culpas o por las de mis semejantes. Todas
estas penas mías unidas a tu Cruz, valgan para la expiación de mis pecados y
los del mundo entero”.
¡Ánimo alma penitente!
Los sufrimientos duran un día, y el descanso es eterno. ¡Hay que resistir! ¡Hay
que resistir!
Qué poco se habla hoy en día
sobre el infierno. Rara vez en las homilías se pronuncia este nombre, o el de
su habitante principal. Los sacerdotes temen espantar a los fieles, o quizá más
bien, perder credibilidad.
Cuando le hablas a un ateo sobre el infierno eres motivo de mofa, sorna y
escarnio.
Pero que el infierno existe es una realidad innegable. Si está más o menos
habitado no lo sabemos, pero hay un hecho innegable: Jesucristo murió para
librarnos de él.
Es dogma central de la Fe católica que Jesucristo murió para salvarnos del
pecado. Mejor dicho, de las consecuencias del pecado. ¿Y cuales son las
consecuencias del pecado? Pues el estar apartados de Dios. No por otra cosa
dicen los teólogos que la pena mayor del Infierno es precisamente esa, el estar
apartados de Dios, para siempre.
Muy grande debe ser esta pena en la Eternidad, para que el Hijo de Dios se
encarnase en la Tierra y muriese para salvarnos de ella. Quien niegue que
existe el Infierno está poniendo en entredicho la misión de Jesucristo y el
motivo principal de su Encarnación y muerte en Cruz. Y negar esto en un
cristiano es algo muy grave.
La escatología por lo general suele ser muy difusa y dada a especulaciones.
Los libros sagrados dan pocas pistas concretas sobre su composición y acceso,
aunque las reglas generales sí que están bien delimitadas. Lo mismo pasa con
temas como la creación del mundo. El ser humano no ve lo suficiente, no
comprende lo necesario, y lo primero que hace ante la confusión y la falta de
pruebas directas, es negar. Pero el universo, el mundo, la trascendencia en
general, no son para los humanos sino un tapiz. Sí, un tapiz puesto al revés,
donde nosotros sólo vemos el envés, mientras que el Maestro Tejedor contempla
la obra con todo su sentido y esplendor.
Peter Maurin, el fundador
del movimiento “El Obrero Católico” en Estados Unidos, siempre fue un
partidario entusiasmado de la palabra “radical”. Recuerdo uno de sus “Ensayos
Fáciles” con los que intentaba, como yo con estos textos, despertar a los
cristianos, que decía algo así como:
“Jesucristo
dijo: No podéis servir a Dios y al dinero. ¡No podéis! Pues bien, toda nuestra
educación consiste en tratar de averiguar de qué forma se puede servir a Dios y
al dinero”.
Peter Maurin, como
predicador infatigable, siempre zarandeó las conciencias de los cristianos
dormidos y les animó a profesar el Evangelio “sin restricciones”, es decir,
plenamente.
A muchos de los que intentamos explicar el
Evangelio en su forma correcta (no en la versión “light” o cómoda tan de moda
hoy en día) se nos dice que somos unos fanáticos, unos radicales.
Pero es que hablar de catolicismo radical es simplemente una redundancia. Es como si quisiéramos defender la palabra fuego caliente o sal salada, como si fuera posible que el fuego pudiera ser frío o la sal dulce. No señor. Se puede hablar de catolicismo o cristianismo atenuado, pero no de catolicismo radical.
Y es que el cristianismo, por definición, ya
es radical. Es radical por que se aparta perpendicularmente de la concepción
mundana de cómo debe ser la actitud humana. Es radical por que promueve la cruz
y el sufrimiento para alcanzar la felicidad (y el que diga lo contrario es que
no ha entendido el Evangelio). Es radical en suma, por que el hombre ha de
negarse a sí mismo, tomar su propia cruz, y seguir al maestro (Lucas 9, 23).
G.
K. Chesterton, decía que uno de los miedos de los magnates de su tiempo era que
le saliera un hijo católico. Un miedo superior al que saliera marxista, ya que
esto último es menos estable, y en muchos casos se suele vencer con la edad.
Y
no le faltaban razones. En los países de mayoría protestante, los católicos por
lo general suelen ser más fieles a la doctrina que los que viven en países de
supuesta mayoría católica. Un católico hace opción por la pobreza y por el
desprendimiento, valores contrarios a la doctrina capitalista. Para esos padres
era pues, una discontinuidad de los negocios, un hijo desaprovechado,
normalmente de por vida.
Cómo si no se explican las palabras de Cristo de “Fuego he venido a traer al mundo y
ojalá estuviera ya ardiendo... ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No,
sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra
dos, y dos contra tres (Lucas 12, 49-53).
¿Que otra religión del mundo promueve la Cruz como
vía de Salvación? Una cruz que es “escándalo para los judíos y locura para los
griegos” (Cor.1,23). ¿Como no llamar radical a una religión así?
Pues sí, radical ha de ser nuestra conversión, si
aún no estamos en el camino de la Cruz. Por que sólo con el Evangelio, en su
radicalidad, podemos entrar en la Vida Eterna.
El mundo, ofrece hoy más
que nunca una variedad inmensa de ídolos a los que el ser humano adora con
verdadera devoción. Más atrayentes que nunca, esos ídolos han arrebatado por
entero el corazón de los que antes se llamaban cristianos y los ha convertido
en fieles adoradores.
Pero hoy como ayer, esa
adoración se instrumentaliza a través del dinero.
El dinero atesorado más
allá de su legítimo uso para llevar una vida digna es una usurpación de lo que
les corresponde a los que no tienen nada. No olvidemos que los bienes de este
mundo no nos pertenecen, sino que se nos dan en usufructo. El único dueño es
Dios.
El cristiano auténtico no
debe, no puede malgastarlo mientras existan otros congéneres que no tienen ni
lo necesario.
Antes se atesoraba en
previsión de necesidades futuras que podrían surgir, burlando el precepto
divino de "buscar primero el reino de Dios, pues todo lo demás se os dará
por añadidura" (Lc 12,31). También hoy se atesora de esa forma, claro,
pero en la mayoría de las ocasiones, ese excedente se malgasta, se consume.
Efectivamente, una de las
formas de adoración que nos impone el Leviatán moderno es el consumismo,
principalmente en los países industrializados.
La gente ya no va a
semanalmente a la Eucaristía, como antes. Ahora la visita semanal ya no se hace
al templo, sino al centro comercial.
Con la excusa de hacer la
compra, se adquieren esos productos que no se necesitan, pero que nos meten por
los ojos, creándonos necesidades artificiales.
Y los hay para todos los
bolsillos. El ídolo del consumismo no se adora solamente en los templos
modernos, los grandes centros comerciales. También las tiendas de "todo a
un dólar", o su equivalente en otros países satisfacen los anhelos del
corazón consumista, del que se ha desplazado a Dios. "Sólo a mí adorarás,
sólo a mí me darás culto" (Ex. 34,14)
No piense el cristiano
que desea seguir fielmente a Cristo, que por que sea poco el dinero que se
emplea en esas compras está más libre de culpa. Si el corazón está
"enganchado" a esos pequeños caprichos, poco espacio puede quedar
para Dios.
Junto al mundo, (y al
demonio), la carne siempre ha sido el otro enemigo acérrimo del hombre
cristiano.
Y al igual que comentábamos
con respecto al mundo, la sociedad de hoy favorece como nunca la adoración a
este ídolo
La liberación de la mujer
en las sociedades occidentales durante el siglo XX, su acceso e incorporación
de forma masiva al mundo laboral, y el avance en la elaboración de
anticonceptivos, a traído como consecuencia un aumento como jamás se había
visto, de la promiscuidad sexual.
Por supuesto que yo no
estoy criticando que la mujer trabaje y que no tenga que depender del marido.
La liberación de la mujer ha marcado todo un hito en la historia en pro de la
dignidad humana y ha significado un gran beneficio para la igualdad de sexos en
cuanto a condiciones legales, jurídicas, y de toda índole.
Pero sí que es cierto que
antes la mujer había de conservarse casta, y "entregarse" a
un sólo hombre, pues era prácticamente la única posibilidad de supervivencia,
al no haber muchos modos ni oficios en los que pudiese ganarse la vida. Si la
mujer era promiscua, corría el riesgo de ser rechazada y quedarse como
"una solterona". La idea general era que si la mujer se entregaba
antes del matrimonio, puesto que el hombre sólo buscaba eso, nunca se casaría.
El matrimonio pues, era el precio del sexo.
Obviamente este no era el
caso de todo el mundo, y de todas formas el hombre podía encontrar sexo sin
casarse en otros sitios. Pero al menos se me dará la razón en que hoy por hoy
las circunstancias son mucho mejores que antes en cuanto a favorecer la
promiscuidad.
Siguiendo el
planteamiento que hacíamos antes con el Mundo, el sexo es otro ídolo que nos
vela la verdadera adoración a Dios. Si damos culto al sexo, estamos desbancando
a Dios del corazón, total o parcialmente.
Por eso la Iglesia ha
racionalizado la sexualidad. Entiéndase que no me refiero a racionar, sino a
racionalizar. La Iglesia no prohíbe el sexo, sólo lo encauza.
Lo encauza al matrimonio,
claro está, y le dota de una perfección, que es la apertura a la vida.
Entiende la Iglesia que
la anticoncepción busca solamente el placer en sí mismo, eliminando el vínculo
que lo hace sagrado, que es la procreación, es decir, la colaboración
humana en los designios divinos de la continuidad de la especie.
En cualquier caso, la
Iglesia no prohíbe todas las formas de anticoncepción. Los llamados métodos
naturales que se basan en la observación de los períodos infecundos de la mujer
sí son permitidos e incluso recomendados en muchas ocasiones.
Este asunto ha dado mucho
que hablar, y ha suscitado confrontaciones incluso dentro de la propia
Jerarquía eclesiástica.
Hay muchos cristianos
bien intencionados a quien no les parece correcta la distinción entre métodos
naturales y métodos artificiales. El sólo hecho de admitir en
la relación un elemento externo, bien sea una sustancia química o un medio
físico, no es motivo suficiente -según ellos-
para admitir una diferenciación entre lo natural y lo artificial.
Y es que si se quiere,
también los medios naturales son artificiales. Al entender de muchos, el que
una mujer realice mediciones de temperatura y de la consistencia de los flujos
corporales, que los vaya analizando y haciendo gráficos en base diaria, no
parece que sea muy natural, sino más bien algo bastante artificial. Por no
hablar ya de los aparatos que venden las farmacias que hacen ese mismo trabajo.
¿Significa esto que si un
cristiano bienintencionado cree en conciencia esta disquisición (que pudiera
parecer bastante razonable), puede utilizar por tanto, los métodos
"artificiales"?
Bueno, más bien debiera
hacerse todo lo contrario, creo yo, para ser coherente. Si la Iglesia proscribe
los métodos artificiales, y a nosotros en conciencia nos parece que un método
natural parece artificial, debiéramos pues, en coherencia, no usarlo tampoco.
En cualquier caso,
deberíamos estar por encima de todas esas cosas, y simplemente dejarnos llevar.
Dejarnos llevar por lo que dice la Iglesia, claro, y no entrar en disquisiciones sobre si moralmente me obligo o si
en conciencia no peco, etc, etc.
No olvidemos que
independientemente de lo que uno piense o no piense, somos hijos de la Iglesia,
y que la obediencia, la humildad y la mansedumbre son valores que Cristo nos ha
enseñado a practicar. Sí. Independientemente de que pensemos que se nos ordena
algo injusto o erróneo. Lo mismo debió pensar Abraham cuando Dios le ordenó
sacrificar a su hijo Isaac (Gen 22.2)
Y es que la obediencia es
una virtud de entrega, de abnegación, de renuncia (y de cruz) como ninguna
otra, pues con la obediencia entregamos aquello que en más estima tenemos, que
es la voluntad. Con razón dicen los religiosos que de los tres votos
-obediencia, castidad, pobreza- es este el más duro y difícil de cumplir.
Pero por esa razón es el
que más mérito tiene, y el que más se identifica con el vaciamiento de corazón
que debemos obtener para que Dios pueda morar en él de forma completa. No hay
mayor renuncia y desasimiento que el que se hace de la propia voluntad.
Y para ir finalizando
este capítulo sobre la anticoncepción, quiero reproducir aquí un pasaje de Jose
María Iraburu procedente de su estupendo libro “De Cristo o del Mundo”:
“Imaginemos
que un ministro de la Iglesia, ante un grupo de ricos apegados a sus riquezas,
predicase sobre la cuestión social en estos términos:
«Hermanos,
ésta es la norma: vosotros, los ricos, mientras vuestro prójimo pasa hambre, no
tenéis derecho a lujos; por eso, privándoos de lo superfluo y reduciendo
vuestras necesidades, debéis compartir vuestros bienes con los pobres, para que
la miseria y el hambre sean por fin vencidos. Así enseñan las últimas
encíclicas sociales.
«Ya comprendo,
sin embargo, que esta norma que da la Iglesia suscita en vosotros, los ricos
cristianos, especiales problemas de conciencia. Algunos de vosotros no veis en
tal norma fundamentos convincentes de razón, ni bases claras en la Escritura.
Pensáis algunos que el Evangelio exhorta al amor, no a la igualdad, y que
ciertas desigualdades, incluso grandes desigualdades, son perfectamente
conformes con el orden natural; y quizá no os falte algo de razón.
«Por otra
parte, esa norma, así planteada, no puede decirse que sea una doctrina
infalible. Es evidente que no todas las desigualdades son injustas, y que no es
tan fácil discernir las desigualdades justas de las injustas, y lo necesario de
lo superfluo. Por eso, no siendo una doctrina infalible, aquel de vosotros que
tenga razones verdaderamente graves para disentir en conciencia de ella, no
sólo puede, sino que debe seguir el dictamen de su conciencia. Nadie, pues, se
angustie al escuchar las encíclicas sociales de la Iglesia [aquí murmullos de
aprobación].
«Notad, por
otra parte, que en las encíclicas aludidas no se dice nunca que estas materias
graven las conciencias bajo «pecado mortal». Evitan deliberadamente emplear tal
expresión; no es un olvido. La Iglesia además es la primera en conocer que situaciones
objetivamente ilícitas, pueden ser en ciertas condiciones disculpables o
subjetivamente defendibles. Es un hecho que vosotros -no uno, ni dos, sino casi
todos- sentís verdadera repugnancia a limitar una vida de riquezas a la que
desde niños os han acostumbrado, para prestar a los necesitados una efímera
ayuda, de la que posiblemente no hagan buen uso. Como también es un hecho que
casi todos los ricos -incluso los países ricos en su totalidad-, siendo
cristianos, desobedecéis estas normas sociales de la Iglesia. Y sería un
pesimismo excesivo pensar que todos vosotros estáis «apartados del amor de
Dios» [algunas risas]. Es verdad que la Iglesia propone la efectiva solidaridad
fraterna como un ideal, pero también es verdad que hay grados de crecimiento en
la vida cristiana que deben ser respetados. Podéis, pues, estar tranquilos»
[aplausos, silenciados por el predicador].
«Pero en todo
caso, si vuestras enormes riquezas actuales os plantean un verdadero problema
de conciencia, tenéis abierta una salida segura acudiendo a la tradicional
doctrina moral sobre el conflicto de valores: en efecto, si para ayudar a los
pobres tratáis de reducir en serio vuestras riquezas en nombre de la justicia y
de la caridad, seguramente esto va a ocasionar graves problemas familiares, que
podrán afectar seriamente al amor entre esposos y entre padres e hijos. Es,
pues, éste un caso típico de conciencia perpleja, ya conocido y reconocido por
la moral clásica, en el que hagáis lo que hagáis, hacéis un mal. O poner en
peligro el amor y la paz familiar, que sin duda es un valor primario, o no
cumplir lo que dicen las encíclicas. Debéis entonces, con toda libertad, sin
admitir presiones, elegir lo que en conciencia os parezca el valor mayor, o si
se quiere, el mal menor. Ninguna norma, persona o institución puede en esto
sustituir el dictamen último de vuestra conciencia. Y estad ciertos de que
después no necesitáis confesaros sobre estas materias»... (grandes y
prolongados aplausos).
¿Habría alguna
probabilidad de que los ricos que escucharan una predicación como ésta se
convirtieran, y pasaran de la injusticia a la justicia? ¿Sería posible
reconocer en esos planteamientos una verdadera predicación de la doctrina
social de la Iglesia? ¿No sería más bien una broma trágica, realizada mientras
millones de seres humanos mueren de hambre?...
Pues así es
como algunos, en ciertas regiones de la Iglesia, enseñan acerca de la moral
conyugal católica: no han terminado de exponer la norma, cuando ya la han negado
o puesto en duda, la han juzgado impracticable, y han suministrado hábilmente
diez posibilidades de eludirla con buena conciencia. Otros, la mayoría, tienen
más sentido del ridículo, y prefieren callarse: simplemente, se abstienen de
hablar o predicar sobre el tema. Y en fin, unos pocos predican la verdad, y son
de uno u otro modo marginados, rechazados como fanáticos duros, sin caridad”.
Bien, podría objetarse
contra este pasaje que el pecado de los ricos es mucho mayor que el de los que
usan anticonceptivos, pues aquellos perjudican a terceros, (por su egoísmo),
mientras que los otros, si acaso, sólo se perjudican a sí mismos.
Pero es que no debemos
olvidar que los otros también son egoístas, al reducir o eliminar las
posibilidades de engendrar un nuevo heredero del cielo. Y también por
preferirse a sí mismos antes que a Jesucristo, que les está mirando desde la
Cruz.
Cuando Jesucristo exhorta
a renunciar a las riquezas y a las ambiciones del mundo, se está refiriendo
siempre a una renuncia del corazón. De nada vale pues quien se priva de todo, y
sin embargo en su corazón lo sigue anhelando. En ese corazón por tanto no cabe
Dios, pues ya está lleno del anhelo de todas esas cosas.
Esa pues, es la medida
que nos permite saber si somos pobres o no. Si nuestro corazón es indiferente a
las riquezas, a buen seguro que no las adquiriremos, y si las tenemos, pronto
nos dejarán. Y lo mismo con todas las otras cosas del mundo.
Hay matrimonios, por
ejemplo en los que quizá a un cónyuge le gustaría ser más generoso en las
limosnas o dar más dinero a los pobres, pero el otro no está por la labor.
Igualmente puede ser que uno no quiera usar anticonceptivos, y el otro sí. Y
como en todos las parejas siempre suele haber un cónyuge dominante, ¿qué puede
hacer el más débil si el otro se resiste a cambiar de actitud?
Bien, pues tenemos de
nuevo que preguntarnos cual es la inclinación del corazón. El cónyuge que
invita a ir al otro por la vía de Jesucristo, sin éxito, ha de insistir en el
propósito, y en última instancia ha de pedirlo en la oración. Pero pedirlo de
verdad. Sólo así sabremos si en verdad el corazón está sintonizado en la
frecuencia correcta.
El desprendimiento del
corazón implica no sólo que no debemos perseguir los bienes del mundo (o de la
carne) sino que debemos de estar prestos a desprendernos de ellos, si ya los
tenemos. Sólo si cuando los perdemos no mostramos inquietud, sabremos realmente
que no estábamos apegados a ellos.
Decía Dorothy Day, una de
las más grandes santas del siglo XX, que los mismos ataques que sufre la
Iglesia, especialmente la Iglesia Católica, son la prueba irrefutable de su
divinidad. Y cierto es que ninguna otra Confesión en la historia ha sufrido
tantos ataques como la Iglesia Católica.
Esto quizá nos haga
sentir a los católicos los más privilegiados de los cristianos, pues en esta
persecución histórica se manifiesta nuestra predilección como hijos de Dios y
la certeza inigualable de la fidelidad al dogma y a la doctrina que predicó
Jesucristo.
Pero hay muchos otros
aspectos que nos hacen pensar igualmente en la autenticidad de nuestra Fe. Y
estoy pensando ahora en el Perdón.
Si, el perdón que
manifiesta Dios para con los pecadores. Un perdón ilimitado, fruto de una
misericordia infinita.
En una de sus enseñanzas
Jesucristo declara: Aquel que me negare ante los hombres, también a ese le negaré
yo ante mi Padre (Mt 10,33). Pues bien, el mismísimo Pedro le negó a Él no una
sino tres veces en los duros momentos de su Pasión. Y esta negativa no es
comparable a la que podamos hacer nosotros o la que han hecho otros cristianos
en la historia. No, Pedro le negó a Él físicamente. Habiéndole conocido,
habiéndole oído con sus propios oídos, visto con sus propios ojos, tocado con
sus propias manos y aún así Pedro aún no le conoce, le niega.
¡Cuantos otros mártires
han dado su vida con horribles torturas sólo para no repetir el comportamiento
de Pedro! ¡Mártires, que no le vieron ni le oyeron, ni le tocaron!
Pero sin embargo, aquí se
muestra inconmensurable el Perdón de Dios. Ante semejante comportamiento Pedro
no hubiera merecido ante nuestros ojos ninguna conmiseración. Le hubiéramos
rechazado, odiado, para siempre. Pero Dios no. Él no procede como los humanos.
Pedro fue uno de los primeros a quien se apareció el Cristo resucitado. Pedro
fue instituido como poseedor de las llaves del reino, a Pedro se le dio una
segunda oportunidad, y murió finalmente mártir de la Fe, en Roma.
Cosas como estas son las
que me hacen pensar que el cristianismo es único entre todas las religiones,
que marca la pauta definitiva de autenticidad, que muestra el giro de tuerca
más allá del que van las demás religiones, el golpe de mano definitivo que
desbanca a cualquier sucedáneo.
El Dios que perdona
infinitamente, que se empequeñece hasta extremos inhumanos, que se muestra más
humano que cualquiera de los que nos llamamos humanos. Ése es, el Dios con el
que yo me quedo. El único Dios que deja de ser Dios para hacerse lo más ínfimo,
para rebajarse y humillarse hasta lo mas bajo, muriendo como un criminal, ese
Dios, es el único que merece llamarse Dios.
En sus orígenes, el
cristianismo era considerado una secta del judaísmo, pues emanaba de él, y a
los ojos de un profano, no era sino una rama más de éste. La única diferencia parecía
ser un profeta, que era considerado como autoridad por unos y negado por otros.
Con el paso del tiempo el
cristianismo se fue extendiendo, y el número de sus fieles aumentando.
Cuando fue considerada
religión oficial del Imperio Romano, adquirió una entidad que lo desvinculaba
totalmente de ser simplemente una secta del judaísmo.
El cristianismo, a su
vez, padeció muchas tentativas de escisión, que a punto estuvieron de
desembocar en cisma abierto y permanente. Quizá la más clara en el primer milenio
fue el arrianismo. Pero esta y otras más que hubo, fueron finalmente abortadas,
y aunque unas duraron más que otras, a la postre siempre se consiguió la
unidad.
El primer cisma
importante (y que sigue hasta la fecha) fue el Cisma de Oriente, que constituyó
lo que hoy llamamos la "Religión Ortodoxa".
La Iglesia Ortodoxa niega
la obediencia al Papa, pero por lo demás tiene coincidencia doctrinal casi
perfecta con las enseñanzas de Roma, y los ritos son casi idénticos.
El cisma importante llegó
en el siglo XVI con la Reforma.
El protestantismo, al
igual que la Iglesia Ortodoxa, niega la autoridad del Papa, pero además rompe
con toda tradición anterior, llegando a desautorizar gran parte del Magisterio
de la Iglesia.
Si la Ortodoxia fue un
ligero desmarque, el protestantismo es una vuelta de tuerca definitiva, que
deja únicamente a la Biblia como fuente de doctrina, sin respetar prácticamente
ninguna otra autoridad.
Y aquí viene realmente el
problema.
La Biblia es un libro
complejo. Fue escrito por muchas personas diferentes, a lo largo de varios
siglos, y con unas circunstancias y motivaciones nada similares unas de otras.
Hay pasajes claros, que
hablan al lector directamente con palabras sencillas, pero hay muchos otros
oscuros de difícil interpretación. Y todo es palabra divina, claro está.
La Biblia puede estar
sujeta a multitud de interpretaciones. Pongamos por caso el conocido pasaje de
Lucas 18,25: «Es
más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico
entre en el Reino de Dios.»
Pues bien, Jesús no
define aquí la palabra rico en términos de magnitud. ¿Qué es un rico? ¿Es el
que tiene más que la media de la población? ¿Es el millonario cuya clase social
constituye menos del 1% de la gente? ¿Es todo aquel que no es paupérrimo y que
no tiene ni un céntimo para cenar esta noche?
Otro ejemplo más
controvertido es la Última Cena:
«Tomó
luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Este es mi
cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío. De igual
modo, después de cenar, la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi
sangre, que es derramada por vosotros.»
(Lc 22, 19-20)
Los católicos decimos que
ese pan y ese vino es realmente el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y que debemos
asistir al menos semanalmente a la conmemoración instituida en ese pasaje.
Los protestantes tienen
interpretaciones variadísimas, pero casi todas coinciden en el hecho de que ese
Cuerpo y esa Sangre no son tales, sino que son figuras alegóricas, y que esa
conmemoración vinculaba sólo a los apóstoles.
Y prácticamente podríamos
citar cada versículo de los evangelios, y presentar las interpretaciones
diversas que se pueden extrapolar, y de hecho se extrapolan en cada una de las
sectas protestantes que existen.
Así pues, el estudio de
la Biblia, y su interpretación es un problema de primera categoría, que no
puede ser dejado a profanos.
No obstante he de decir
en favor de los protestantes, que pocos como ellos han sometido a la Biblia a
un examen tan exhaustivo, como requiere su estudio.
Pero es ahí precisamente
donde reside su debilidad.
Considerando sólo la
Biblia como única fuente de conocimiento, eliminan muchísimas y valiosísimas fuentes
de información verídica sobre la Revelación, como son los escritos de los
Padres de la Iglesia, y la Tradición y el Magisterio.
Además, la mayoría de las
confesiones protestantes se caracterizan por adaptar la Palabra de Dios al
hombre, y no el hombre a la Palabra de Dios.
La mayoría endulzan,
suavizan, minimizan los pasajes duros de la Biblia, y hacen de esa forma más
"ancha" la puerta "estrecha" que predica el Evangelio. (Lc
13, 23-28)
Siguiendo con el ejemplo
de las riquezas, los calvinistas hacen elogio de las mismas, y no las
consideran pecaminosas en líneas generales. Sin embargo los franciscanos hacen
un voto de pobreza tal, que no disponen en absoluto de dinero, sino que viven
de la caridad. ¿Quién se parece más a Jesucristo?
Las obras de caridad que
realiza la Iglesia Católica en el tercer mundo (y también en el primero) a
través de congregaciones religiosas u organizaciones como Cáritas o Manos
Unidas, no tienen parangón en todo el mundo.
No existe ninguna
confesión protestante que llegue a los niveles de desprendimiento, entrega, y
humildad de esas congregaciones. La misma obediencia que debemos y profesamos
hacia el Papa y a la Jerarquía eclesiástica es una prueba más de la humildad,
renuncia y mansedumbre que predica Jesucristo, y que ninguna confesión
protestante puede igualar.
En definitiva, el
catolicismo es la forma más radical, y por tanto más segura de seguir la
Biblia, y de esa forma, asegurarnos la Salvación Eterna.
Pues sí, por mucho que
algunos se empeñen en hacer incompatible ciencia y Fe, incluso ciencia moderna,
yo creo que es una herramienta inestimable para comprender y hacer plausibles
los misterios divinos.
Cuando las primeras naves
espaciales abandonaron nuestro planeta, muchos astronautas volvían diciendo que
no habían visto a Dios en los cielos.
Sin embargo la astronomía
nos ha dicho que las estrellas que vemos en el cielo son soles como nuestro
sol, y que es casi seguro que alrededor de ellas orbiten planetas como el
nuestro.
Por si esto fuera poco,
muchos científicos hablan de que es casi seguro que existen no uno sino
múltiples universos, dimensiones espacio-temporales que habitan o pueden
habitar una misma realidad.
¿No nos está sugiriendo
la ciencia multitud de lugares donde puede encontrarse Dios?
Que Dios es
extraterrestre es una verdad constatada, que todos los creyentes aceptan: «Mi Reino no es de este mundo. Si
mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese
entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí.» (Juan 18, 36). Y no sólo por este
pasaje. Ya en los comienzos del libro del Génesis queda muy claro que Dios
existe antes que la Tierra, por tanto no cometemos ningún error al decir
extraterrestre, es decir, que no procede de la Tierra.
Pero claro, cuando
alguien habla de alienígenas, uno piensa en hombrecillos verdes con antenas que
llegan en platillos volantes. Y por tanto comparar esto con Dios, pudiera
parecer un insulto o una blasfemia...
Pero creo que no digo
ningún despropósito si afirmo que quizá el cielo, la morada de Dios, el lugar
al que nos tiene destinado el Padre esté en alguno de esos mundos que nos
ofrece la astronomía, o en alguna de esas realidades espacio temporales que nos
indica la Física. ¿Por qué no? ¿Acaso contradice esto la doctrina de
Jesucristo?
La ciencia nos ha
demostrado que el relato bíblico de la Creación no se puede tomar al pie de la
letra. Ni tampoco muchas de las cosas que se dan por sentadas en muchas partes
del Antiguo Testamento.
La Iglesia Católica que
en su día condenó a Galileo ya ha rectificado. El propio Juan Pablo II levantó
el edicto.
Los católicos, pues
aceptamos lo que dice la ciencia sobre la Naturaleza. Y como aquí digo, esto no
es incompatible con la existencia de Dios.
La ciencia no ha
demostrado que Dios no existe. La ausencia de evidencia no implica la evidencia
de la ausencia.
Por el contrario, los
recientes descubrimientos astronómicos nos llenan de esperanza y arrojan
teorías plausibles sobre Dios y su encuentro con el hombre.
Grandes científicos
divulgadores han escrito obras maestras de ciencia-ficción donde nos cuentan
historias de razas superiores que adoptan o intervienen en la vida de seres
inferiores. Y no todas con malas intenciones. Se me ocurren ahora las obras de
David Brin tituladas La Evolución de los Pupilos, o la más conocida de Arthur
Clarke, 2001 Una Odisea Espacial.
Estos autores son
expertos en Física; elaboran obras de ficción, sí, pero basadas en hechos
científicos constatados que aún no se han desarrollado en la práctica, pero que
son posibles al menos teóricamente.
Por supuesto no estoy
diciendo que Dios haya viajado a la Tierra en una nave espacial y haya
intervenido en la vida de los humanos desde hace 6000 años. Aunque tampoco
estoy diciendo que esto no pueda ser de ninguna de las maneras.
Creo que la ciencia puede
desvelarnos muchos misterios en el futuro, y como creyente, estoy seguro que esos
misterios desvelados nos acercarán aún más a Dios.
A los cristianos se nos
ha acusado en muchas ocasiones de ser masoquistas. Y es que es en esta religión
como en ninguna otra donde el amor al sufrimiento tiene una significación
especial.
Lógicamente cuando
alguien dice que tiene amor al sufrimiento, lo primero que se nos pasa por la
cabeza es que esa persona es masoquista, o que no está en sus cabales.
¿Entra dentro de esta
definición el cristiano que dice que ama el sufrimiento?
Amar el sufrimiento desde
el punto de vista cristiano no es ser masoquista por las siguientes razones:
En primer lugar, el
cristiano no busca intencionada o directamente el sufrimiento, sino que éste le
sobreviene como consecuencia de una determinada acción que persigue un bien más
noble.
De la misma forma que un
padre que trabaja horas extras para con ese dinero darle una educación mejor a
sus hijos no es masoquista, tampoco lo es el cristiano que se sacrifica por los
demás.
Cuando el cristiano
entrega su vida al servicio de los demás, a cuidar enfermos, a educar a
analfabetos, a evangeliza a paganos, o a tantos otros menesteres piadosos, está
aceptando de buen grado el sufrimiento inherente a esas actitudes. Por eso
cuando dice que ama el sufrimiento, se está refiriendo realmente a que ama
realizar las acciones que inevitablemente llevan aparejadas ese sufrimiento.
El mismo hecho de ser
cristiano en un mundo descristianizado, de nadar contracorriente, ya es un
sufrimiento.
Nuestro Dios, al morir en
una cruz, y al exigirnos que le imitásemos en tantos pasajes del Evangelio, nos
dejó bien claro que la imitación ha de llegar hasta el final, hasta morir si es
necesario, y a sufrir con tal de conseguir los objetivos y misiones que Él nos
encomendó.
El que piense que esto no
es así, que piense sino, por qué murió Cristo. Por qué murió crucificado después de ser humillado y
azotado.
Una de dos, o Cristo fue
un farsante y fue ajusticiado como tal, o bien era realmente Hijo de Dios.
Si creemos la segunda
hipótesis, mal se puede explicar que su crucifixión fuera un accidente, pues un
Dios no puede cometer semejantes fallos. Es decir, tuvo que tener una razón.
La Biblia nos dice que la
razón fue salvarnos del pecado. En otras palabras, dio su vida por nosotros.
Por tanto, si todo buen discípulo ha de poner en práctica lo que dice y hace su
maestro, ¿se tendrá que restringir esa imitación a sólo las partes “cómodas”?
Cierto es que no todos estamos hechos de la misma pasta, y que muchos somos
débiles para aceptar el martirio. Pero eso no quita que cada uno realice esa
imitación en la medida de sus fuerzas.
No a todos les da Dios el
privilegio de poder dar la vida por Él, sino que a cada uno le brinda un camino
acorde con sus posibilidades.
Así pues, la mayor
exhortación que nos dio Jesús fue que hay que sacrificarse por los demás. Y el
sacrificio implica sufrimiento. Por eso los cristianos aman el sufrimiento, en
la medida que éste va implícito al sacrificio, al servicio, a la dedicación, a
la caridad.
Obviamente, hay quien puede decantarse por la
primera hipótesis, es decir, que Cristo fue un farsante, y que murió como tal. Mal
andaríamos entonces, si el cristianismo como primera religión del mundo (al
menos en cuanto al número de fieles) y con dos mil años de antigüedad, siguiera
a una quimera.
“El celibato es una
bendición para los sacerdotes; una liberación del yugo esclavizante de la
sexualidad y un remedio sin parangón que permite la dedicación plena a la
inefable e insigne labor pastoral”.
Me hubiera gustado poner
estas palabras en boca de un obispo o de un alto cargo de la Iglesia, pero
desgraciadamente son mías. Eso no quita lógicamente que alguien no haya dicho o
expresado palabras similares acerca del celibato.
Pero es que es cierto.
Hay infinidad de personas que están en contra del celibato, y muchas de ellas
son sacerdotes. Creen que es una aberración, algo contra natura. Alegan que es
discriminatorio, que todos los demás presbíteros cristianos se casan si
quieren, incluso los católicos de rito oriental (y los latinos de los primeros
tiempos).
Obviamente el celibato no
es un dogma de fe, y cualquier Papa puede suprimirlo si así lo desea. Pero,
¿sería conveniente?
Yo creo que no, pues como
he dicho antes, es una ayuda, para todo aquel que quiera realmente ejercer con
plenitud la labor pastoral.
El sacerdotes célibe está
liberado de las ataduras de la familia, de los hijos, que en muchas ocasiones
acaparan la atención del padre hasta extremos verdaderamente asfixiantes. De
esta forma no sólo tiene más tiempo, sino además menos impedimentos para tomar
decisiones arriesgadas, que en cualquier momento puede reclamar la labor
pastoral.
Realmente el celibato es
un voto. Un voto similar al que hace una persona piadosa que se propone por
ejemplo rezar a diario el rosario. La carne es débil, y muchas veces es necesario
hacer un voto ante Dios con objeto de cumplir un propósito de la voluntad que
de otro modo no se vería cumplido, o lo sería imperfectamente.
El celibato podría ser
voluntario, como muchos postulan. No habría nada de malo en ello. Pero para el
sacerdote de vocación, involucrado con su parroquia, o con su labor pastoral,
allá donde se le exija, el matrimonio podría ser un impedimento, un estorbo,
una carga.
Cierto que habría muchas
personas que se realizasen plenamente y cumpliesen fielmente con su labor aún
siendo casadas. Pero yo, y la Iglesia creemos que en una gran mayoría de
personas no sería lo más conveniente.
Una persona puede ver
ideal el matrimonio desde fuera, y pensar sinceramente que casarse con
determinada persona no le perjudicaría en nada en su labor sacerdotal. Puede
estar realmente convencido de ello. Pero luego la experiencia puede demostrar
lo contrario, y en muchas ocasiones ha sido así en la iglesia oriental.
Por eso la Iglesia
latina, al obligar al celibato mediante voto está ofreciendo de entrada lo que
la experiencia de tantos y tantos siglos ha aconsejado a los presbíteros: que
es mejor realizar un camino arduo con las alforjas ligeras, que no con ellas
llenas de pesadas cargas. Y es que para el mejor cumplimiento de la labor
sacerdotal es menor carga la que implica el celibato, que la que ofrece el
matrimonio.
Cuando uno lee las
historias de los misioneros, y de todos los evangelizadores que muchas veces
solos o acompañados de algún compañero lo han dado todo por la predicación del
Evangelio, no puedo uno menos que asombrarse.
Esos sí que son héroes, y
no los que nos pintan los medios de comunicación de hoy. Esos sí que lo han
dado todo por los demás, sin dejar nada para sí.
Yo no digo que
absolutamente todo lo que se nos transmite de aquellos héroes sea verdad. Es
posible que en muchos casos haya habido exageraciones, y aunque por buenas
razones, se hayan aumentado un tanto las acciones y realizaciones de esos
grandes santos. Pero no cabe duda que el fondo de verdad que queda es sin lugar
a dudas excepcional.
Yo he leído recientemente
las historias de los grandes evangelizadores de América, y ciertamente es para
quedarse pasmado. Recomiendo vivamente al lector interesado el libro “Hechos de
los apóstoles de América” de Jose María Iraburu.
La abnegación y entrega
de los misioneros franciscanos, en América, al poco del descubrimiento,
caminando a pie miles de millas en una vida pura de desprendimiento, arriesgando
la vida a cada paso, entre áridos desiertos, intrincadas selvas o pantanosos
territorios, siempre con la muerte al acecho, bien por accidente, bien por puro
cansancio, o bien a manos de aquellos a quién se iba a evangelizar...
Entrando en territorios
de tribus hostiles a los blancos, donde encontrar la muerte era casi seguro, y
aún así obrar conversiones milagrosas, aunque fuera a costa de la propia
vida...
O qué decir de un Pedro
Claver, el “apóstol de los negros”, que entregó su vida entera a la
evangelización y primeros cuidados de los esclavos recién traídos en los barcos
negreros, desprendiéndose absolutamente de cualquier posesión, y en medio de
grandes ascesis personales...
Por no hablar de los
martirios tan horrendos que los indios iroqueses inflingieron a los misioneros
franceses del Canadá. Aquellos que habían llegado allí, dejando una vida de
comodidades en Francia por puro amor a Jesucristo, para atraer y darle más
almas al Creador... siendo torturados hasta la muerte por aquellos a quienes se
iba a salvar. Y siempre dando gracias a Dios mientras morían, por haberles
concedido el martirio luchando por la propagación de su Fe.
Ciertamente son
conmovedores todos esos relatos. Testimonios irrefutables de fe, de entrega, de
abnegación, de sacrificio, de resistir al cansancio, a las contrariedades, al
rechazo generalizado, a los insultos, al desprecio, a la tentación de abandono.
Y siempre con bondad, con caridad, con sonrisa inextinguible, siempre solícitos
y prestos para cualquier tarea que se les encomendase, aún sin salud, aunque
fuera ir al fin del mundo para dar la comunión a un indio recién convertido.
¿No son esto héroes? ¿no
son esto acaso signos como ningún otro del amor a Cristo y a nuestros hermanos?
Ciertamente que no hay ninguna otra forma más sublime y más completa de imitar
a Cristo que la de estos misioneros, que dan su vida completa por el Evangelio,
muchos de ellos como nuestro Señor, siendo crucificados por aquellos a quienes
habían venido a salvar.
¿Puede acaso alguna otra
religión dar testimonio de semejante entrega? ¿Pueden acaso los “misioneros” de
otras confesiones rivalizar en cuanto a sacrificio y compromiso con los
misioneros católicos? Ni de lejos. Mismamente, hoy en día en zonas de guerra o
catástrofe en Asia o África, cuando ya todas las ONGs y otros misioneros se han
ido, sólo quedan los misioneros y cooperantes católicos. Y se quedan hasta el
final. Hasta abrazar la muerte si es preciso.
Sólo una religión así
puede ser la verdadera. Sólo una religión con semejantes héroes puede mover a
otros a unirse a ella.
Los misioneros católicos
han dado la talla, y han demostrado ante la mojigatería y pusilanimidad de los
protestantes, que su cristianismo light no es el camino correcto, pues ellos no
han llegado ni por asomo a semejantes cotas de heroísmo. Nuestros misioneros
han demostrado ante Dios y ante los hombres cual era el camino correcto en la
encrucijada odiosa que Lutero ofreció a la Iglesia en el siglo XVI.
Dios mío, danos fuerzas a
todos los que intentamos llevar tu Santo Nombre a los paganos para que a
imitación de tus grandes santos, podamos también nosotros sufrir las
persecuciones que Tú mismo Hijo sufrió, para que de esta forma el campo de la
Fe produzca recios y firmes cristianos, aunque tenga que ser regado con nuestra
propia sangre. Por Jesucristo nuestro Señor, amén.
En los países
occidentales de vieja tradición católica como Francia, España o Italia, poco
queda ya de esta tradición.
El materialismo y la
negación de Dios que comenzó hace unos cuantos siglos con la Ilustración, ha
conseguido hace ya tiempo sus últimos objetivos y también en estos países, la
gran masa de la población no es, en la práctica, cristiana.
Y sin embargo, parece que
los cristianos de esos países, se resisten a darse cuenta de esta realidad.
Europa es ahora tierra de misión como lo fueron hace siglos todos los otros
continentes. Pero ellos, por otra parte
parece como si estuviesen contentos con esa minoría exigua, y todos sus
esfuerzos se concentrasen en intentar no perder más fieles.
Se aferran como a un
clavo ardiendo a los pocos privilegios que el Estado aún les reconoce y por
eso, por ejemplo, se convocan manifestaciones contra los proyectos de legalizar
los matrimonios homosexuales (otro eslabón más en la progresiva secularización
de la sociedad.)
No es que estén mal este
tipo de protestas, todo lo contrario, pero es que hay otras cosas por las que
también habría que manifestarse. Pero como ya se dan por perdidas porque se han
perdido en el pasado, la sociedad cristiana se resigna, y considera el hecho ya
como normal. Pero no debería de ser así.
Igual que los profetas
del antiguo Israel, los cristianos deberían manifestarse a menudo para
denunciar los abusos y la irreligiosidad de la sociedad actual.
Deberían pues, hacer
convocatorias, mítines, concentraciones y manifestaciones para proclamar el
Evangelio, y no sólo cuando les visita el Papa.
Rara vez he visto en esos
países convocatorias de cristianos con pancartas y lemas a favor de Cristo,
contra el materialismo y el consumismo, contra la acumulación de riquezas,
invitando a la conversión, invitando a que la gente se acerque a las parroquias
y se confiese...
Es posible que los
poderes fácticos que dominan la sociedad intentasen por todos los medios
impedir esta clase de manifestaciones. Es seguro además que los no creyentes
dijesen que “estamos perdiendo el norte”, y que estamos locos y nos tachasen de
tradicionalistas y anclados en el pasado. Pero no por eso íbamos a dejar de
hacerlo. Habría que hacerlo de continuo, para manifestar a Cristo, y sin
importarnos lo que dijera el Mundo. “Si el mundo os odia y os rechaza, sabed
que a Mí me ha odiado antes que a vosotros” (Jn 15,18)
Según el diccionario,
pagano es aquel que profesa la religión de los antiguos griegos y romanos, o el
que adora a varios dioses o ídolos.
De acuerdo con esta
definición, la mayoría de los hombres y mujeres del mundo occidental de hoy en
día son paganos, pues adoran a los ídolos del placer, el hedonismo, el consumo,
el dinero, la falsa libertad, y tantos otros que la sociedad “moderna” eleva a
los altares.
Hay que advertirles de su
equivocación. Hay que devolverles la libertad de conciencia y liberarles de la
esclavitud a la que les someten sus pretendidos dioses.
Y el mejor modo de
acercarse a ellos es cuando están sufriendo. No hay momento mejor. Si se
intenta evangelizar a un pagano cuando está disfrutando de su hedonismo, nunca
te hará caso. Intentar hablarle de Cristo y de que por la Cruz se alcanza la
Salvación Eterna, es como intentar sembrar en terreno pedregoso. Una pérdida de
tiempo.
Sin embargo, el
sufrimiento hace ver al hombre la impotencia de los medios ordinarios para
garantizar la felicidad. Es el momento
idóneo para decir: "mira, ahí tienes a ese -Cristo- que nos precedió en el
momento de la prueba, y triunfó sobre la misma". Es el momento idóneo para
hacer ver que la felicidad completa no está en este mundo, sino en el otro. Que
la esperanza y la ilusión verdadera que
nadie te puede arrebatar es la del Paraíso. Que fijar cualquier ilusión o
esperanza en este mundo o en los hombres es apostar por caballo perdedor.
El cristiano es feliz en
la vida ordinaria y también en el momento de la prueba, pues ve en esta un
signo de predilección de Dios y una manera de acercarse más al Paraíso. El
pagano sólo es feliz cuando carece de sufrimientos. He aquí la oferta
inmejorable que el pagano no puede rechazar, ya que colma todos los anhelos de
felicidad que tiene el hombre (el ser feliz siempre y en toda ocasión y lugar).
Y claro, una vez abrazado
el cristianismo, no nos podemos conformar con contemplarlo sólo desde la
puerta. Sin salir de Egipto, no hay modo de entrar en el desierto, y menos de
llegar a la Tierra prometida. Egipto es el mundo, y «todo lo que hay en el
mundo», codicia de los ojos, arrogancia orgullosa, avidez de dinero, eso no
viene de Dios, sino del mundo (+1Jn 2,16). Hemos por tanto de sumergirnos hasta
el cuello, dejando únicamente en superficie lo indispensable para seguir con
aliento, ya que sino, estaríamos igual que antes.
El enfermo que necesita
medicinas no puede contentarse con una pastillita, sino que precisa un tratamiento, de varios días o dosis.
Igualmente el que ve el cristianismo desde fuera, no puede conformarse con unas
prácticas aceptadas por la mayoría, sino que precisa de una inculturación
fuerte y provechosa que despeje los tópicos y mentiras que se aceptan sin
apenas discernimiento.
Y por supuesto, implicación entera y desde la raíz, abandono
completo de la vida mundana y de sus pautas de comportamiento. Sólo así
garantiza la Iglesia la felicidad. Sólo así es posible ser feliz en esta vida y
en la otra, ya que el cristianismo no impone normas arbitrarias, sino que
ofrece medios para alcanzar la libertad de las conciencias, para salir del pozo
del pensamiento único al que nos obliga la sociedad. Para liberar las cadenas
que nos esclavizan a las concupiscencias y a la infelicidad.
Ser cristiano significa
seguir a Cristo, y a Cristo no se le puede seguir sin tomar su Cruz. No se
puede ser discípulo de Cristo sin llevar la cruz. Enteraos bien de que, siendo
cristianos, estáis destinados a la cruz, y que si no tomáis la cruz en vuestra
vida diaria, no podréis seguir a Cristo. Y ciertamente que no hace falta buscar
mucho para hallar una cruz. Sólo con separarnos de las costumbres y pautas del
mundo ya estamos llevando una cruz, y bien grande. Sólo con ir contra corriente
de las modas lascivas, de los pensamientos libertinos, del consumismo
imperante, evitando las mentiras incluso las más leves, aguantando un esposo
áspero, no discutiendo con nadie, hablando bien de la Iglesia, y tantas y
tantas cosas que hoy no hace nadie, sólo con esto digo, estamos llevando una
gran cruz, pues seremos despreciados por el mundo, rechazados, marginados.
Acabad de enteraos de que
no sois del mundo, pues tampoco Cristo es del mundo (Jn 15,19; 17,14.16), y que
de ningún modo habéis de sentiros «obligados» a los usos mundanos, cuando éstos
se muestren irreconciliables con el Espíritu que procede del Padre y del Hijo.
Y esto no es sencillo,
claro. Es duro, difícil. A veces es una dificultad insalvable para muchos el
tener el coraje de hacer todas estas cosas, cuando nadie las hace. Pero es que
no debemos olvidar que los mártires fueron mártires por eso mismo, por ir
contra corriente, por no claudicar ante el pensamiento imperante en su época,
por anunciar el evangelio de Cristo, tan diferente del pensamiento del mundo
pagano, o paganizado.
A la gloria de la Resurrección
sólo puede llegarse por el sufrimiento de la Cruz. No hay otro camino. No es
posible liberar la vida nueva evangélica sin destruir en nosotros
implacablemente la vida vieja mundana. Si uno trata de conservar avaramente su
vida, la perderá. Sólo perdiendo la propia vida, es como podemos realizarla
plenamente.
Está claro: sin cruz, sin
martirio, nadie puede vivir la utopía evangélica y tendrá que resignarse a la
miserable vida tópica del mundo. Pero también está claro lo contrario: la cruz
martirial, y sólo ella, da acceso infalible a una vida nueva, mil veces más
verdadera y digna, alegre, armoniosa y fecunda que la miserable y falsa vida
vieja del mundo.
Pues llevar la Cruz
implica ser mártir. Mártir con muerte o sin muerte, pero mártir al fin y al
cabo, pues aquel al que seguimos fue el primer mártir.
Y Para terminar,
reproduzco a continuación los capítulos titulados “El horror a la cruz” y
“Cristianismo sin Cruz o con Cruz” del prolífico y acertadísimo autor José Mª
Iraburu, procedentes de su libro titulado “El martirio de Cristo y de los
cristianos”:
La devoción a la Pasión de Cristo ha sido
tradicionalmente el centro de la devoción cristiana. Entre los primeros
cristianos, concretamente, la conciencia de ser discípulos del Crucificado les
daba facilidad para entender el misterio del martirio y para recibirlo, llegada
la hora, con fidelidad. Es cierto que la terrible dureza del martirio ocasionó
a veces entre ellos no pocas deserciones. Pero normalmente los desertores (lapsi),
lo mismo que sus pastores, familiares y amigos, eran conscientes de que tal
deserción era un gran pecado; se daban, pues, cuenta de que, rechazando la cruz
en la hora de la persecución, habían roto culpablemente el seguimiento del
Crucificado. Por eso, reconociendo su grave culpa, llegaban muchas veces a la
conversión y volvían a la Iglesia.
Estos cristianos, al aceptar la fe y
bautizarse, ya sabían que si Cristo fue perseguido, ellos también iban a serlo
(Jn 15,18ss). La persecución y la muerte les hacía sufrir, pero no les causaba
perplejidad alguna: ya sabían lo que hacían al decidirse a ser discípulos del
Crucificado, Salvador del mundo. La deserción, pues, del martirio era vivida
como un grave pecado.
En cambio, muchos cristianos modernos de tal
modo ignoran el misterio de la Cruz de Cristo, que no quieren saber nada de
ella, pensando que también ellos, como los hombres mundanos, tienen derecho a
evitarla como sea. Ellos quieren realizarse plenamente en este mundo, sin
obstáculos o limitaciones, y estiman que si aceptan ciertas cruces echarían a
perder sus vidas. Eso de «perder la propia vida», «tomar la cruz y seguir» a
Jesús, etc., les parece una locura, o bien modos semíticos de hablar, que deben
ser interpretados negando su sentido verdadero. No aceptan de ningún modo y en
ninguna circunstancia, si llega el caso, «arrancarse» un ojo, una mano, un pie.
Jamás puede darse en la vida cristiana una circunstancia en la que esas
pérdidas vengan a ser una obligación moral grave. Ellos, en fin, de ningún modo
están dispuestos a sufrir por Cristo y por su propia salvación. Ni siquiera un
poquito.
Y lo peor, lo más decisivo, es que estos
apóstatas actuales tienen no pocos maestros espirituales que no sólo
justifican, sino que recomiendan positivamente su actitud. Son los teólogos y
pastores que les enseñan trucos morales para poder cometer graves pecados con
buena conciencia. «Guías ciegos que guían a otros ciegos» (Mt 15,14). Para
estos maestros, un cristianismo signado por la cruz y el martirio viene a ser
un cristianismo fanático e impracticable. O solamente viable para unos pocos
elegidos.
Estos maestros del error «no sirven a nuestro
Señor Cristo, sino a su vientre, y con discursos suaves y engañosos seducen los
corazones de los incautos» (Rm 16,18). «Son enemigos de la cruz de Cristo. El
término de éstos será la perdición, su Dios es el vientre, y la confusión será
la gloria de los que tienen el corazón puesto en las cosas terrenas» (Flp
3,18-19).
Aquellos martirios, por ejemplo, que en
ocasiones son necesarios para guardar heroicamente la santidad de la vida
conyugal, han sido eludidos por muchos cristianos con buena conciencia, gracias
a las falsas enseñanzas de no pocos moralistas actuales, que les han enseñado a
«guardar la propia vida» por encima de todo, es decir, a realizar con buena
conciencia actos que son grave e intrínsecamente malos: «Dios no puede exigiros
eso», «el Señor quiere que seáis felices», «podéis hacerlo en buena conciencia,
como un mal menor», «la encíclica del Papa no es infalible, y vosotros, en todo
caso, debéis regiros por vuestra conciencia», etc.
–El Cristianismo sin Cruz, que se avergüenza
del martirio, es una caricatura tristísima del Cristianismo. No hay en él
conversiones, ni hay mártires; no puede haberlos. Los matrimonios no tienen
hijos, ni surgen vocaciones para la vida sacerdotal, religiosa o misionera. No
hay fuerza de amor para perseverar en el amor célibe o en el amor conyugal,
desfallece la generosidad y la entrega, falta impulso para obras grandes, se ve
imposible la profesión de unos votos religiosos perpetuos... Todo se hace en
formas cuidadosamente medidas y tasadas, oportunistas y moderadas, sin el
impulso crucificado del amor de Cristo, que es entrega apasionada, «locura y
escándalo» (1Cor 1,23).
El Cristianismo sin Cruz, evitando el
martirio, espera ser más fuerte y atrayente. Pero eso es como si a un hombre se
le quita el esqueleto, alegando que el esqueleto es feo y triste. Queda
entonces privado sin duda de toda belleza, fuerza y armonía, queda reducido a
un saco informe de grasa.
Ésta es la perspectiva miserable de ciertos
moralistas tenidos por católicos, para los cuales una doctrina moral no puede
ser verdadera si en ocasiones implica cruz. Ellos enseñan trucos –conflictos de
valores o de bienes, males menores, etc.– para rechazar en estos casos la cruz
con buena conciencia.
Aplican esto, p. ej., a la moral conyugal, a
la anticoncepción, a la práctica de la homosexualidad, a la posibilidad de
divorcio o de acceso de los divorciados a la comunión eucarística, etc. Y el
mismo criterio aplicarán para resolver sin cruz casos extremos, como el de un
joven casado que se ve abandonado por su esposa. Es previsible que le digan: «a
un casado joven como tú, abandonado por su esposa, Dios no le puede pedir que
se mantenga célibe desde los treinta años hasta la muerte. Vete, pues, buscando
arreglar tu vida con una buena esposa. Tienes derecho a rehacer tu vida. El
Señor es bueno y misericordioso, te ama y quiere que seas feliz», etc. Con una
asesoría moral como ésta, podrá el joven casado establecer una relación
adúltera con buena conciencia.
Esos nuevos moralistas –y tan «nuevos»–, en
una situación extrema, en la que no es posible ser cristiano sin ser mártir, no
ven el martirio como un excelso don de Dios, que se ha de recibir con fidelidad
y gratitud: en efecto, por don de Dios, el hombre, en esa situación límite
dispuesta por la Providencia con todo amor, va a ser asistido por la gracia
para realizar unos actos intensos y heroicos de virtud, que de otro modo nunca
hubiera realizado. No, ellos, como buenos pelagianos, no ven en esa situación
tan dura sino la exigencia de un esfuerzo del hombre, de un esfuerzo tan arduo
que Dios no puede exigirlo al hombre. No entienden nada: «alardeando de sabios,
se hicieron necios» (Rm 1,12).
Los que así piensan, consideran dura, sin
misericordia, y por tanto, falsa la doctrina moral católica. No tienen la menor
idea de que los cristianos, como «corderos en el Cordero pascual», estamos
llamados a completar en nuestra carne lo que falta a la pasión de Cristo por su
cuerpo, que es la Iglesia (+Col 1,24). Por eso, «con lágrimas os digo que éstos
son enemigos de la Cruz de Cristo. El término suyo será la perdición» (Flp
3,18).
–El Cristianismo con Cruz. Nosotros, por el
contrario, predicamos «a Cristo Crucificado, escándalo para los judíos, locura
para los gentiles, pero fuerza y sabiduría de Dios para los llamados, ya
judíos, ya griegos» (1Cor 1,23-24). Es decir, nosotros predicamos el martirio.
Y sabemos ciertamente, a priori y también a
posteriori, que el cristianismo centrado en la Cruz de Cristo es un
cristianismo alegre, fuerte, fecundo, expansivo, coherente, luminoso,
atrayente.
En él los pastores dicen la verdad siempre y
en todo, sin miedo a nada; no se ven afectados ante el mundo ni por temores ni
por complejos, luchan fuertemente contra los lobos que acechan a sus ovejas,
muestran siempre el camino de la salvación, que es el mismo Cristo, y avisan
inmediatamente de los peligros, en cuanto se produce alguna desviación. En él
los teólogos y predicadores son fuentes inagotables, que manan la doctrina
bíblica y tradicional de la Iglesia. Hay en ese cristianismo matrimonios unidos
y estables, matrimonios que tienen hijos y que respetan la santidad de la unión
conyugal consagrada, hay castidad en el celibato y entre los esposos, hay
vocaciones numerosas...
En fin, es una gracia de Dios muy grande
entender y vivir que toda la vida cristiana es una participación continua en la
pasión y la resurrección de Cristo, y que todo lo que la integra –el bautismo,
la penitencia, la eucaristía, el hacer el bien y el padecer el mal, el martirio
en cualquiera de sus modos–, todo forma una unidad armoniosa, en la que unas
partes completan las otras, y se potencian mutuamente. Y que el centro, la
fuente, la cima de toda la vida cristiana es el Sacrificio eucarístico, el
memorial perenne de la pasión y resurrección de Cristo (+Vat. II: SC 5-6).
La Cruz se alza en el centro del jardín del
Señor, y es el árbol que da frutos más dulces y abundantes.
Bendita sea la sagrada Cruz salvadora de nuestro
Señor Jesucristo. Ella es la llave única que abre la puerta de acceso a la vida
nueva del Resucitado. No hay otra. Es por aquí, y por ningún otro camino, por
donde se avanza hacia la transformación del mundo.
Los mártires son los
grandes héroes de la religión cristiana. Sus nombres figuran escritos con
letras de oro en el Libro de la Vida:
Anacleto González Flores,
Perpétua y Felicidad, Potamiena, Ireneo, Policarpo, Sáturo, Eubulo, Agapito,
Eulalia, Asterio, Ulpiano, Fructuoso, Augurio, Eulogio... Por citar sólo unos
pocos, aunque se pueden contar por millones...
¿Qué puede haber más
grande que el martirio? Una persona que ha pasado años encarcelado en
condiciones insoportables, sufriendo tortura frecuentemente, y muriendo
finalmente a causa de ésta... Viendo cómo dejaba huérfanos a sus hijos
pequeños, cómo se le despojaba de sus bienes, a veces muchos, con los que
podían haber vivido su viuda y sus pequeños... Y todo por no decir una simple
frase, por no renegar de Dios.
Esto ha ocurrido
muchísimas veces en los veinte siglos que llevamos de cristianismo. Y no sólo
durante los tres primeros.
La teología del martirio
en los cristeros de México no es menos rica que la de las Passiones de
los primeros siglos, aunque muchas veces vaya en clave de humor. «¡Qué fácil
está el cielo ahorita, mamá!», decía el joven Honorio Lamas, que fue ejecutado
con su padre. «Hay que ganar el cielo ahora que está barato», decía otro.
Norberto López, que rechazó el perdón que le ofrecían si se alistaba con los
federales, antes de ser fusilado, dijo: «Desde que tomé las armas hice el
propósito de dar la vida por Cristo. No voy a perder el ayuno al cuarto para
las doce».
Y es que Jesús, al
anunciar persecuciones a sus discípulos, habla muy claramente de la persecución
del mundo:
«Si el mundo os odia, sabed
que me odió a mí antes que a vosotros. Si fueseis del mundo, el mundo amaría lo
suyo; pero porque no sois del mundo, sino que yo os elegí del mundo, por esto
el mundo os odia. Acordáos de la palabra que yo os dije... Si me persiguieron a
mí, también a vosotros os perseguirán... Y todas estas cosas las harán con
vosotros por causa de mi nombre» (Jn 15,18-21).
«Os perseguirán; y os
perseguirán por causa de mi nombre». Es un hecho cierto, anunciado, previsible.
Pero tal persecución ha de ser vivida con gozo y como un honor.
«Bienaventurados seréis
cuando os insulten y persigan y con mentira digan de vosotros todo género de
mal por mí. Alegraos y regocijaos, porque grande será en el cielo vuestra
recompensa, pues así persiguieron a los profetas que hubo antes que vosotros»
(Mt 5,11-12). «Felices seréis si os odiaran los hombres y os apartaran y os
expulsaran y os maldijeran como a malvados por causa del Hijo del hombre.
Gozaos en ese día y regocijaos, pues vuestra recompensa será magnífica en el
cielo» (Lc 6,22-23).
Es, pues, muy importante
que los cristianos, siendo en Cristo sacerdotes-víctimas, y siendo en Él
profetas del Reino, es decir, testigos en el mundo de la Verdad divina, sepan
que necesariamente van a ser perseguidos en este tiempo presente. En efecto,
«todos los que aspiran a vivir religiosamente en Cristo Jesús sufrirán
persecuciones» (2Tim 3,12). Todos.
¿Qué sentido tiene, pues,
que un padre de familia, o un obispo, o el director de un colegio católico, o
un periodista o político, renuncie a ciertas acciones cristianas, y calle el
testimonio de la verdad de Cristo, o ponga en duda su oportunidad, porque prevé
que a causa de esas acciones y palabras se le habría de venir encima la
persecución del mundo? ¿Acaso no la espera? ¿O es que estima que puede ser fiel
a Cristo evitando la persecución, es decir, el martirio? Hablando y obrando
cristianamente ¿esperaba quizá del mundo –incluso de los hombres de Iglesia
mundanizados, que son tantos– otra reacción distinta, acogedora y favorable?
¿Cómo se explica, pues, que ponga en duda la calidad evangélica de sus propias
acciones a causa de la persecución que ellas le ocasionan o pueden ocasionarle,
si precisamente la persecución del mundo es el sello de garantía de cualquier
acción evangélica?
Efectivamente, la actitud
permisiva y laxa de muchos miembros de la Iglesia, al no denunciar con
suficiente fuerza ni aún promover los valores cristianos clásicos, están
haciendo que ésta ya no tenga mártires. Actitudes como las de "actuar ante
el conflicto de valores" o "elegir el mal menor" hacen que el
mártir héroe de antaño que anteponía todo a la defensa de la fe, que se
mantenía inamovible ante cualquier disyuntiva que menoscabase su fe o ante
cualquier cuestión que significase no confesar o avergonzarse de Jesucristo, ya
no exista.
En efecto, los países
ricos de antigua filiación cristiana ya no producen mártires, y por tanto la fe
no avanza. No olvidemos que sólo gracias al ejemplo y abnegación de los
mártires se conquistó el imperio romano. Si los cristianos de los primeros
tiempos hubieran formado una lucha organizada contra la Roma que los perseguía
y los odiaba a muerte (y nunca mejor dicho) ¿hubieran conseguido conquistar el
Imperio en el siglo IV? ¿Lo hubieran conseguido antes? Yo creo más bien que no
lo hubiesen conseguido nunca, y probablemente se habrían extinguido como tantas
otras potencias que se atrevieron a desafiar a Roma militarmente. No, la lucha
tenía que hacerse a la manera de Cristo, es decir, por la predicación y por el
martirio, exactamente como Él hizo. No había otro camino, igual que no hay otro
camino hoy para preservar la fe de los que quedan y para ganar a los que ya se
han perdido.
Para ahondar más en estas
cuestiones, recomiendo vivamente al lector la lectura de los libros "Diez
lecciones sobre el martirio" de Paul Allard y "El martirio de Cristo
y de los Cristianos" de Jose Mª Iraburu, a quien pertenecen muchas de
estas reflexiones.
Cuando se menciona la
persecución de los cristianos, se suele pensar en las famosas persecuciones de
los emperadores Nerón, Domiciano, Decio o Diocleciano. Y se piensa por tanto,
que tras el Edicto de Milán en el siglo IV en el que se legalizó la profesión
de la religión cristiana, cesaron las persecuciones.
Bien, esto no es así, ni
mucho menos. El cristianismo, puesto que se enfrenta frontalmente al mundo,
nunca ha dejado de ser perseguido por éste. Y no me refiero a las persecuciones
de que ha sido y es objeto en los países comunistas o en periodos
revolucionarios, ni siquiera a la persecución que todavía hoy sufre en muchos
países islámicos.
La persecución a la que
me estoy refiriendo es mucho más sutil, pero sin embargo mucho más poderosa,
contundente, asfixiante, y lo que es peor, efectiva.
Como muchos ya habrán
adivinado me estoy refiriendo a los países occidentales, en teoría permisivos y
tolerantes con todas la religiones.
Y es que lo que no consiguieron
primero los judíos, y luego los romanos ni con circos, leones ni torturas, es
ya hoy una realidad efectuada por el Leviatán moderno del humanismo ateizante.
La razón es que cuando un
enemigo viene de frente, se le puede esperar, y con el tiempo se le conoce y se
le evita. La confrontación frontal no hace sino reaccionar con más fuerza, y
por eso ni los judíos ni los romanos consiguieron hacer desaparecer una
religión que se enfrentaba directamente al poder establecido. Los mártires
fueron la sangre que regó los campos de labor en los que finalmente creció la
semilla vigorosa del árbol que finalmente les engulló a todos.
Pero hoy las técnicas han
cambiado, y el enemigo ya no se presenta de frente. Se presenta como amigo,
como acogedor, como permisivo y hasta comprensivo, cuando no aparece incluso
dentro del grupo de los cristianos. Pero sin embargo deposita en el cuerpo
místico de Cristo el virus mortal de la apostasía y de la descristianización,
de forma que las naciones antaño cristianas lo son ahora sólo nominalmente. El
número de los apóstatas (teóricos o prácticos) son inmensa mayoría donde sólo
el cristianismo verdadero existe en forma de pequeñas islas esparcidas aquí y
allá en un océano de ateísmo.
La Iglesia hoy es
perseguida por el mundo, especialmente en los países ricos descristianizados,
tan duramente como en los primeros siglos, no en forma sangrienta, sino de un
modo cultural y político, mucho más eficaz. Por eso los rasgos martiriales que
caracterizaron en sus comienzos la vida cristiana vuelven hoy a marcar el sello
de la cruz en los discípulos de Cristo. Es la persecución de siempre, la
anunciada por Jesús: «Todos os odiarán por causa de mi nombre» (Lc 21,17).
Se ve por tanto, que no
ha hecho falta aniquilar a los cristianos con persecuciones, muertes, ni otros
actos violentos. Ellos mismos han sucumbido a la tentación del mundo que la
serpiente astuta ha puesto ante sus ojos. Ellos mismos han abrazado implícita o
explícitamente la filosofía de vida que el mundo secularizado les promete.
Ellos mismos creen sinceramente que es posible conciliar la Religión con el
Mundo, que es posible poner una vela a Dios y otra al Diablo y que es posible
ser santo e ir al cielo con sólo ir a misa los domingos y dar de vez en cuando
alguna limosna.
El famoso pasaje de Lucas
12,31 “buscad primero las cosas de Dios, que ya todo lo demás se os dará por
añadidura” se ha convertido para esos cristianos en algo así como “buscad
primero las cosas del Mundo, que ya la bondad de Dios os dará el Cielo por añadidura”.
Pues no señor. “Fuego he
venido a traer al mundo y ojalá estuviera ya ardiendo” (Lucas 12,49). El
cristianismo se ha caracterizado siempre por su enfrentamiento radical al
mundo, por la renuncia, por la abnegación y por el desprendimiento. ¿Como puede
un cristiano que se considera como tal seguir siendo todo lo contrario a esas
virtudes?
He ahí el gran engaño del
mundo, cómo nos ha hecho dejar de ser cristianos sin darnos cuenta. Y lo peor
es que los pocos cristianos que quedan apenas tienen fuerzas para poder sazonar
la tierra. “Pues si la sal se vuelve sosa, ¿con qué se sazonará? (Marcos 9,50).
Y no porque sean pocos, que también, sino por que exige un esfuerzo sobrehumano
poder levantar la cabeza fuera de este mar de ateísmo y chillar a la gente sus
pecados y hacerles ver la verdad.
El miedo a la
marginación, al desprestigio, a hacer el ridículo e incluso a la cárcel o a la
muerte, hacen que el cristiano de hoy lejos de ser un soldado de Cristo no sea
más que un mundano más. Por sus frutos los conoceréis (Mateo 7,16).
Efectivamente, por sus frutos reconocemos al cristiano de hoy: que no da
ninguno.
Cuántos cristianos hay
que comulgan con la idea laicista de que “la iglesia necesita modernizarse,
abrirse a los tiempos”. Entienden que esa modernización significa claudicar
ante los usos y costumbres de la sociedad en cuanto a formas de pensar y ver el
mundo. Habría que decirles a todos esos: «¡Quítate de mi vista, Satanás! porque
tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres.» (Marcos 8,33).
Así han criticado tanto a
papas como Juan Pablo II y le han tachado de retrógrado por defender los
valores evangélicos en contra de la anticoncepción, el aborto, el divorcio o
las prácticas homosexuales. ¡A cuántos cristianos han engañado! ¡A cuántos les
han hecho comulgar con ruedas de molino!
Como se ve, el ataque es
ahora más sutil, pero más efectivo. El cristiano se ha mundanizado sin darse
cuenta, y ahora no es más que una fachada, una apariencia, que hasta él mismo
se cree, pero que está hueco por dentro.
A colación del capítulo anterior, quiero extenderme
un poco más acerca de este concepto tan de moda hoy en día.
Decía anteriormente que uno de los ataques de los
enemigos de Cristo hacia los cristianos, para llevarles a la apostasía o a la
defección de la fe, es contra su vicario, el Papa.
En concreto, contra Juan Pablo II se han esgrimido
muchos ataques, siendo los principales los que le han tachado de conservador y
retrógrado.
Conservador, sin embargo no parece que sea un
insulto, pues la labor del Papa ha de ser precisamente conservar el legado de
Cristo en los Evangelios, y evitar que éste se desvirtúe. Por tanto, en esto al
menos, Juan Pablo II ha sido un criado fiel (Mateo, 25,21).
Y si por retrógrado entendemos no ir al mismo ritmo
que el mundo, esto no es nuevo, pues el mundo siempre ha ido por su lado y Dios
por el suyo. Siempre ha sido criticada la Iglesia por no comulgar con el mundo,
por no bendecir sus iniquidades, sus irresponsabilidades, sus maldades, sus
concupiscencias, sus brutalidades sus... la lista es interminable.
Pero es que una Iglesia mundanizada ya no es
Iglesia, ya no es sal que sazona la tierra, ya no es sino lo que Satanás quiere
que sea. Y para eso está precisamente, para evitar el triunfo del Maligno.
A Juan Pablo II se le ha tachado de traicionar el
espíritu del Concilio Vaticano II, al no abrirse al mundo, al seguir estando en
contra de la anticoncepción, la eutanasia, el aborto, el divorcio o las
prácticas homosexuales.
Pero es que esa no es la modernización que propugna
el Concilio, pues todas esas cuestiones no son en absoluto modernas, sino más
bien mundanas Que la mayoría piense de una determinada forma no significa que
esa forma de pensar sea la correcta. Simplemente es la mayoritaria.
Jamás la Iglesia podrá bendecir tales prácticas,
pues son contrarias a la Sagrada Escritura, en forma o fondo, y la Iglesia por
tanto no tiene autoridad para modificarlas.
La modernización se refiere a otras cosas, que por
cierto muchas aún no se han llevado a cabo, tantos años después de finalizado
el Concilio.
Y esto sí que es una falta de la Iglesia. Mucho se
podría hacer y decir a este respecto, y Dios lo quiera mucho se verá en los
próximos años.
Que la iglesia necesita renovarse es cierto, pero
ojo no en el fondo, sino en la forma.
En mi opinión, dos son las vías de reforma que
precisa la Iglesia:
La primera de ellas tiene que ver con la predicación
del Evangelio. Bien sabido es que hoy en día los medios audiovisuales son los
que dominan el mundo, por ser los medios a través de los cuales se difunden las
ideas. Son por otra parte los medios de los que se ha servido el mundo actual
para conseguir la descristianización de las naciones, y hacerlas súbditas del
llamado pensamiento único.
Pues bien, luchemos contra el mundo usando sus
mismas armas: la televisión.
Precisamos mayor presencia del Evangelio en la
televisión, y en general tenemos que hacer uso de este medio para seguir
propagando la Buena Nueva de la Salvación. Los medios convencionales ya no
sirven, o sirven poco, y la única forma de llevar a cabo grandes conversiones
es a través de la pantalla. Y para eso hay que empezar por la propia Misa.
Sí, sí, por la Misa. ¿Por qué no? Ojo, no estoy
diciendo que se sustituya la misa por una película, ni mucho menos. Simplemente
que se escenifiquen de alguna manera, ciertas partes de la Eucaristía, como por
ejemplo las lecturas, con algún vídeo ilustrativo.
Lo cierto es que cuando preguntas a los niños o a
los jóvenes por qué no van a misa, casi todos coinciden en una respuesta: se
aburren.
A raíz del Concilio, la Misa cambió de forma: se
introdujeron las lenguas vernáculas en sustitución del latín, se acercó más al
pueblo con los cánticos y los instrumentos musicales de los parroquianos...
Todo eso estuvo muy bien para los años 60 y 70, pero la sociedad avanza
rápidamente, e incluso eso ya está obsoleto. ¡Hay que introducir proyecciones
en las Eucaristías! ¿Por qué no? No es ninguna blasfemia ni sacrilegio, creo
yo, que las lecturas o las homilías u otras partes de la misa, sean sustituidas
por un vídeo que escenifique eso mismo que se está leyendo o comentando.
Para todos esos jóvenes que ahora se aburren, a buen
seguro que ahora sería más ameno. Bien sabido es que no hay nada como una
pantalla parlante para hacer que los niños se queden quietos e hipnotizados
absorbiendo todo lo que la pantalla les cuenta. Todos los padres de familia lo
saben con demoledora certeza.
Hay seguramente quien objetará que en cuanto se
introduzcan pantallas en una Eucaristía, los fieles se escandalizarían y la
medida podría significar una pérdida de feligreses. Bien, también muchos se
escandalizaron sin duda cuando el Vaticano II introdujo la nueva forma de la
misa en la que el sacerdote ¡daba la espalda a Dios!, y decía las sagradas
palabras en idioma vulgar (Hoy en día hay muchas iglesias que dicen ser
católicas pero que reniegan del Papa por esta medida, y siguen celebrando la
misa a la antigua usanza.
Pero lo que probablemente es cierto es que si algún
fiel se pierde también muchos se ganarán. ¿Acaso el Buen Pastor no deja
abandonadas las 99 ovejas y se va en busca de la oveja descarriada? (Mateo
18,12)
En definitiva, si esta es la generación de la
televisión y de la pantalla, hemos de entrar en ella por esa vía, o no
entraremos en absoluto.
La segunda vía de reforma quizá sea más difícil de
llevar a cabo, pero no me cabe duda de que quizá es más perentoria que la
anterior.
Una de las razones por las que muchos hombres
reniegan de la Fe, es por que se escandalizan al ver que, según ellos, los
pastores no predican con el ejemplo.
Para ellos es un escándalo que la Iglesia predique
la pobreza y la distribución de los bienes, cuando ella misma, piensan, hace
tanta ostentación de riqueza.
Y es que no les falta razón. La Iglesia no es rica,
pero lo parece. El Papa vive en un palacio, los cardenales y obispos no tienen
pinta de pasar hambre sino todo lo contrario, y en las procesiones de Semana
Santa, las imágenes de la Virgen salen ataviadas con mantones bordados de oro
puro. Y esto son sólo algunos ejemplos.
No se puede seguir escandalizando a tantos miles de
personas de esta forma, y conduciéndolas a la incredulidad.
Y aquí aplica lo que Julio César dijo cuando a pesar
de quedar demostrado que su esposa no le había sido infiel, él la repudió: La
mujer de César no sólo ha de ser decente, sino además parecerlo.
"Nadie es más esclavo que
quien se considera libre sin serlo”.
El diccionario de la Real Academia da las dos primeras definiciones de
la palabra libertad como sigue:
"La facultad natural que tiene el hombre para obrar de una manera
o de otra y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos. Estado del que
no es esclavo".
La libertad ha sido un motivo de guerras y de disputas entre los
hombres como ningún otro. Sin embargo la concepción de lo que es la libertad
varía enormemente de una sociedad a otra, de una época a otra.
En términos políticos, los gobernantes han llamado a las armas a los
pueblos cuando aquellos han sido desplazados del poder. "Habéis de
recuperar la libertad, no podemos estar sometidos a este país" les dicen.
Cuando realmente lo que quieren es volver ellos al poder. En la inmensa mayoría
de los casos, al campesino o al obrero, a quienes constituyen la gran masa de
población del país, no les afecta en casi nada que su país sea regido por un
gobernante oriundo o por otro foráneo.
En los regímenes comunistas la revolución se realiza para liberar al
obrero y al campesino de los capitalistas explotadores. En las dictaduras de
derechas se realiza para liberar al pueblo del caos y el desorden. Y en las
democracias para darles la libertad de elegir a sus gobernantes.
Desde este punto de vista, todos los motivos revolucionarios y los
regímenes políticos no buscan otra cosa sino la libertad. Pero lo cierto es que
todos ellos imponen sobre el individuo un sistema de gobierno que al final, no
busca otra cosa que no sea garantizar los intereses particulares de la élite
gobernante.
Podemos reconocer fácilmente las arbitrariedades de los regímenes
comunistas y de derechas y tacharlos de malos por esta razón. ¿Pero es que
acaso las democracias occidentales son regímenes ideales? Bueno, son mejores
que aquellos, alguien podría objetar. Bien, quizá sí aparentemente, pero ¿son
mejores para la salvación del alma?
He aquí la gran cuestión. Y es que, las democracias occidentales son
tan ateas como lo es el mismo comunismo, por mucho que, en teoría, las
religiones estén permitidas. Y digo en teoría, por que el poder es celoso de su
estatus, y no soporta que nadie le haga sombra ni le menoscabe su autoridad.
Cuando la religión se interpone en su camino, la elimina formal o veladamente.
Hoy por hoy las democracias occidentales alardean vigorosamente de que
sus pueblos son libres. A los gobernantes se les llena la boca de la palabra
libertad, pero lo cierto es que el individuo no es libre. Y lo más
impresionante es que han conseguido que la gente crea que tiene lo que en
realidad les falta, la libertad.
En efecto, las economías capitalistas basan su existencia en el
consumo. A mayor consumo más prosperidad, y a mayor prosperidad más consumo. Es
un círculo vicioso que podría no haberlo sido, si a mayor prosperidad le
correspondiese no ya un mayor consumo, sino una mayor solidaridad. Pero el caso
es que no es así, y por tanto el consumo es el motor, la gasolina y el vehículo
que mueve el mundo capitalista.
El individuo consumista ha perdido por completo su libertad. Ya no
obra para sí mismo, sino para satisfacer su insaciable consumismo. Un
consumismo que es alimentado automáticamente, diariamente, constantemente por la
sociedad de consumo que ofrece miles y miles de posibilidades todas atractivas
de consumir.
El individuo no es consciente de que consume en exceso. Todo lo que
compra lo compra por que lo necesita, según él. Y es que la sociedad consumista
engaña a la persona haciéndola creer esa gran falacia. La sociedad de consumo
manipula hábilmente las mentes a través de sus instrumentos adoctrinantes que
son los medios de comunicación, principalmente la televisión. Medios que
informan y ofrecen sólo lo que interesa mostrar y ofrecer a quienes detentan el
poder.
El individuo está así completamente alienado, pues se le ha privado de
su facultad natural de "obrar de una manera o de otra o de no obrar"
según la definición de libertad. Es víctima de la sociedad de consumo y esclavo
de las apetencias que le provoca ésta. La libertad es sólo verbal cuando la
persona no tiene dominio -señorío efectivo- sobre sí misma, sino que está a
merced de filias y fobias, gustos y repugnancias insuperables.
Y para lograr este estado de cosas, el capitalismo moderno se sirve
del adoctrinamiento, como ya he dicho. Inculca en las mentes unas formas
determinadas de ver la vida, de pensar, de vestir, de sentir, de opinar, que
abarcan todos los rincones de la existencia. Establece un patrón de pensamiento
que obedece inexcusablemente a y sólo a sus intereses. Cualquier alternativa es
firmemente rechazada y la persona que la sigue, marginada.
Como se puede ver, el individuo en las democracias occidentales NO ES
LIBRE, por mucho que se esfuercen sus mandatarios en decirle que lo es. En las
dictaduras el hombre no puede realizar ciertos actos, pues lo prohibe el
Estado. En las democracias capitalistas, el hombre no puede realizar ciertos
actos, por que lo prohibe la Sociedad. En la práctica el individuo obedece al
sistema en los dos casos. En el primero por que se juega la cárcel, y en el
segundo por que se juega la pérdida del estatus, o del trabajo o en definitiva
la marginación y la exclusión. Con la diferencia de que en aquellos, el hombre sabe
que no puede hacer esto o lo otro, y en estos, el hombre no sabe que no puede.
Los instintos que le gobiernan le impiden ver con claridad.
El consumo es una droga. Los mismos psiquiatras lo dicen. El cerebro
experimenta el placer que supone una adquisición y ese recuerdo queda
almacenado. Cuando la situación se repite, el recuerdo de la situación
placentera obliga a la persona a desear repetirla; y así sucesivamente. El
individuo se engancha a un tren frenético del que no puede bajar. Se obliga a
adquirir objetos inútiles que nunca o casi nunca usará. Se obliga a ir los
fines de semana a este sitio o al otro, aunque en ocasiones de lucidez piensa
acertadamente que no debería hacerlo. Se embarca a realizar actividades
absurdas cuyo dinero luego se lamenta de haber malgastado. Igual que un
drogadicto. No puede controlar sus actos. La necesidad creada desde arriba le
hace ser una marioneta que se mueve al son de la música de turno. Una música
siempre cambiante, un tren siempre en marcha, pues si no el individuo podría
darse cuenta del engaño si al detenerse se pusiera a pensar...
Y por eso se colige, la Iglesia es rechazada por la sociedad de hoy.
Sus miembros son robados en masa por el Leviatán moderno, que engañados acuden
veloces a su regazo.
El catolicismo es uno de los escasos valientes que dice NO a la
sociedad de consumo. Que se aferra a una tradición que está frontalmente en
contra de los usos y estilos de vida y de pensamiento que propugna y alienta la
sociedad occidental. Y la razón es más que obvia: La libertad.
Jesucristo vino al mundo para traer un mensaje de liberación: "El Espíritu del Dios sobre mí,
porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a
proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la
libertad a los oprimidos" (Lc 4, 18). Y la Iglesia, como fiel
custodia de la palabra de Dios, no se aparta del camino que marca ésta, pues
fue el mismo Dios quién la proclamó.
Por eso quienes dicen que la Iglesia necesita adaptarse a los tiempos,
son las pobres víctimas de la sociedad capitalista que ciegos a la luz del sol
no son capaces de ver quién es el libre y quien es el esclavo. Quieren, en
efecto, que la Iglesia sea engullida por el monstruo de las siete cabezas, que
se una a la vorágine del materialismo, del consumismo, del hedonismo, del
libertinaje absoluto en cuestiones de moral, que sea, en fin, una comparsa más,
que aplauda y mueva el pie al ritmo de la música que marca el maestro de
marionetas.
Pero
no amigos. La Iglesia no caerá nunca en ese pozo sin luz. La Iglesia está para
anunciar a Jesucristo y a su Cruz. Para deslumbrar con la luz de Cristo a los
ciegos que no son capaces siquiera de ver su mano en la oscuridad en la que
viven.
Esa es la razón de que la Iglesia perdure después de dos mil años de
persecuciones en todos los ámbitos. Y será la única razón de que subsista,
hasta el final de los tiempos.
Por eso el cristiano es libre en todas las acepciones de la palabra.
Por que no se somete a nada que le quite su libertad. Incluso da la vida si es
necesario antes que renunciar a Cristo, de quien emana la base, el sustento de
su libertad.
El cristiano es libre porque viaja ligero de equipaje hacia su destino
natural, que es la unión con su Creador. Porque libre de las ataduras del mundo
camina veloz por el camino que conduce al Padre. Porque no se asusta del
martirio, si con eso consigue un atajo para llegar antes a su Casa. Porque no
le asusta la cárcel, porque ya vive en la cárcel de su destierro. Al contrario,
si sufre la cárcel del mundo por proclamar a Cristo, sería como cambiar de una
celda anodina a otra mejor, pues es la antesala del paraíso repleto de
recompensas. El cristiano es libre, en fin, por no tener que llevar a cuestas
durante el camino de la vida nada que le entorpezca, ningún lastre que en el
momento definitivo al que todos los hombres se tienen que enfrentar, le haga no
poder avanzar hacia el abrazo fecundo y perpetuo de la eternidad feliz y
bienaventurada.
No podía faltar en un libro como este dedicado a facilitar la
salvación de las almas, la mención a la Misericordia de Dios. Y lo vamos a
hacer a través de quien ha sido definida como "el Apóstol de la
Misericordia", o como la definía Jesús en sus apariciones, "la
Secretaria de Mi Misericordia". Me refiero, como muchos ya habrán
adivinado, a Santa Faustina Kowalska.
Hemos de entender como Misericordia de Dios, la facultad del Creador
de compadecerse de nosotros y darnos lo que necesitamos, especialmente la
bienaventuranza eterna.
A tenor de esta definición, Santa Faustina esboza en su diario una
teología cuyos puntos clave se apoyan en estos razonamientos:
- El mayor atributo de Dios es la bondad. Superior a todos los demás
atributos que posee, y que posee en modo infinito. De su bondad emana, como
principal consecuencia y característica de la misma, su Misericordia para con
los pecadores.
- La Pasión y Muerte de Jesucristo son las garantes absolutas de la
aplicación de esta bondad para la salvación de las almas.
- Dios dará la Salvación Eterna infaliblemente, a quien tenga
confianza en su Misericordia; a quien recurra con confianza a su misericordia
como último recurso para salvarse del Infierno.
Veamos como se plasman estos axiomas en los siguientes fragmentos del
Diario de Santa Faustina:
"Siento muy bien que mi misión no terminará con mi muerte, sino
que empezará. Oh almas que dudan, les descorreré las cortinas del cielo para
convencerlas de la bondad de Dios, para que ya no hieran más el Dulcísimo
Corazón de Jesús con desconfianza. Dios es Amor y Misericordia". (Diario,
281)
"Alégrense, todas las criaturas, porque están más cerca de Dios
en su infinita misericordia que el niño recién nacido del corazón de su madre.
Oh Dios, que eres la Piedad misma para los más grandes pecadores arrepentidos
sinceramente; cuanto más grande es el pecador, tanto mayor es el derecho que
tiene a la Divina Misericordia." (Diario, 423)
"Una vez el Señor me dijo: ¿Por qué tienes miedo y tiemblas cuando
estás unida a Mí? No Me agrada el alma que se deja llevar por inútiles temores.
¿Quién se atreve a tocarte cuando estás Conmigo? El alma más querida para Mí es
la que cree fuertemente en Mi bondad y la que Me tiene confianza plenamente; le
ofrezco Mi confianza y le doy todo lo que pide." (Diario 453)
"En cierta ocasión vi al ángel ejecutor de la ira de Dios que iba
a castigar cierto lugar por motivos que no puedo nombrar. En ese momento me
puse a rezar recitando unas palabras que oí en mi interior. Cuando así rezaba,
vi la impotencia del ángel que no podía cumplir el justo castigo que
correspondía por los pecados. Nunca antes había rogado con tal potencia
interior como entonces. Las palabras con las cuales suplicaba a Dios son las
siguientes: Padre Eterno, Te ofrezco el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la
Divinidad de Tu Amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, por nuestros pecados
y los del mundo entero. Por su dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros.
(Diario, 474-5)
"Cuando entré en nuestra capilla oí esta voz interior: Esta oración es para aplacar Mi ira. La
rezarás con un rosario común del modo siguiente: primero rezarás una vez el
Padre nuestro, el Ave María y el Credo. Después en las cuentas correspondientes
al Padre nuestro, dirás las siguientes palabras: Padre Eterno, Te ofrezco el
Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de Tu Amadísimo Hijo, nuestro Señor
Jesucristo, como propiciación de nuestros pecados y los del mundo entero; en
las cuentas del Ave María, dirás las siguientes palabras: Por su dolorosa
Pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero. Para terminar, dirás
las siguientes palabras: Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad
de nosotros y del mundo entero." (Diario, 476). Nota: esta es la
famosa Coronilla a la Divina Misericordia. Puedes rezarla de un modo
interactivo pulsando aquí.
"Una vez vi al Señor que me decía: [...] No encontrará alma
alguna la justificación hasta que no se dirija con confianza a Mi
misericordia." (Diario, 570)
"Cuando fui a la adoración escuché estas palabras: A las almas que propagan la devoción a Mi
misericordia, las protejo durante toda su vida como una madre cariñosa protege
a su niño recién nacido, y a la hora de la muerte no seré para ellos Juez sino
Salvador misericordioso. En esta última hora el alma no tiene nada en su
defensa fuera de Mi misericordia. Feliz el alma que durante la vida se ha
sumergido en la Fuente de la Misericordia, porque no la alcanzará la Justicia."
(Diario, 1075)
"Hoy el Señor me dijo: Escribe,
hija Mía, estas palabras: Todas las almas que adoren Mi misericordia y
propaguen la devoción invitando a otras almas a confiar en Mi misericordia no
experimentarán terror en la hora de la muerte. Mi misericordia las protegerá en
este último combate... Hija Mía, anima a las almas a rezar la coronilla que te
he dado. A quienes recen esta coronilla, Me complazco en darles lo que Me
pidan. Cuando la recen los pecadores empedernidos, colmaré sus almas de paz y
la hora de su muerte será feliz. Escríbelo para las almas afligidas: Cuando un
alma vea y conozca la gravedad de sus pecados, cuando a los ojos de su alma se
descubra todo el abismo de la miseria en la que ha caído, no se desespere, sino
que se arroje con confianza en brazos de Mi misericordia, como un niño en
brazos de su madre amadísima. Estas almas tienen prioridad en Mi corazón
compasivo, ellas tienen preferencia en Mi misericordia. Proclama que ninguna
alma que ha invocado Mi misericordia ha quedado decepcionada ni ha sentido
confusión. Me complazco particularmente en el alma que confía en Mi bondad.
Escribe: cuando recen esta coronilla junto a los moribundos, Me pondré entre el
Padre y el alma agonizante no como el Juez justo sino como el Salvador
misericordioso." (Diario 1540-1)
"Será condenada solamente el alma que lo quiera, por que Dios no
condena a nadie." (Diario, 1452)
"La última hora está llena de misericordia para con nosotros. Que
nadie dude en la bondad de Dios; aunque sus pecados fueran negros como la
noche, la misericordia de Dios es más fuerte que nuestra miseria. Una sola cosa
es necesaria: que el pecador entreabra, aún cuando sea un poco, las puertas de
su corazón a los rayos de la gracia misericordiosa de dios y entonces Dios
realizará el resto. Pero, infeliz el alma que ha cerrado la puerta a la
misericordia de Dios también en la última hora. Tales almas han sumergido a
Jesús en una tristeza mortal en el Huerto de los Olivos; a pesar de esto de su
compasivísimo Corazón brotó la misericordia de Dios." (Diario, 1507)
"Dile a las almas que no
pongan obstáculos en sus propios corazones a mi misericordia que desea
muchísimo obrar en ellas. Mi misericordia actúa en todos los corazones que le
abren su puerta". (Diario,
1577)
La lectura del evangelio
del tercer domingo de Pascua es el famoso episodio de los discípulos de Emaús
(Lucas 24.13 ss).
En ella, se narra como
dos discípulos aún no se habían dado cuenta de que la liberación que vino a
traer Jesús al mundo no es de carácter político o material, sino espiritual.
Lamentablemente, esa
actitud es aún muy frecuente entre muchos cristianos.
Todavía hay muchos (y
habrá lamentablemente) que reniegan de la Fe con ocasión de la muerte o
enfermedad de algún familiar, cuando las cosas van mal en lo económico o
simplemente en las contrariedades de la vida. Todavía hay muchos que como el
compañero de Cristo en el calvario dicen:
«¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!» (Lucas 23,39).
Efectivamente, la
salvación que Cristo ha venido a traer no es la material, sino la espiritual.
Nos ha abierto las puertas del paraíso. ¿Puede haber algo más grande que esto?
Por su puesto, Dios
escucha y nos concede muchas de las peticiones materiales que le hacemos en la
oración. Pero esto es un factor secundario que no nos puede hacer perder de
vista que en este mundo sólo estamos de paso, que hemos venido a él para
cumplir una fase de nuestra vida, la fase más insignificante, pero también la
más decisiva Y que también estamos para
sufrir.
Sí, para sufrir; no hagan
ustedes una mueca. Ya lo expliqué anteriormente en el capítulo “sufrimiento o
masoquismo” por lo que no me voy a explayar ahora. Tan sólo reproduzco a
continuación una conversación entre dos pacientes de la misma habitación de un
hospital:
-¡Ay, que dolores! -Dice
uno de ellos
-No te preocupes
compañero, ten fe en Dios. -Dice el otro.
-¡Dios! No me hables de
Dios. ¿Dónde estaba Dios cuando murió mi esposa?
-Esperándola en el cielo.
-Replica el otro.
-Allí podía estar. ¿Y por
qué no hace algo para aliviarme estos dolores?
-Tampoco lo hizo por su
Hijo cuando fue azotado, humillado y crucificado.
-¿Y por qué? ¿Por qué es
tan injusto?
-Dios no es injusto, ni
tan malo, por que si lo fuera no habría preparado toda una eternidad de
deleites para los hombres.
-¡Já! ¡La eternidad! Pero
yo estoy aquí y ahora. ¿Por qué no viene a ayudarme ahora?
-Pero hombre, ten
paciencia, ¿Qué son sólo unos años de padecimientos cuando tenemos ante
nosotros toda una eternidad de gloria? Además, si en esta vida no hubiéramos
tenido sino placeres, ¿cómo íbamos a esperar la gloria con alegría? ¿Quién
querría arriesgarse? El sufrimiento nos hace adquirir la virtud de la
esperanza, mediante la cual anhelamos la liberación de nuestros males, con la
entrada en el reino.
-Di más bien de la
desesperanza.
-¡Vamos hombre! Es ahí
donde no tienes que caer. Pues si encima que estás postrado en una cama y quizá
en lecho de muerte además no confías en el Altísimo, entonces ¿qué te queda?
-No me queda sino morirme
ya de una vez.
-Precisamente. Pero para
morir con alegría es preciso tener Fe. Dios nos garantiza que si entramos en la
Vida por el umbral del sufrimiento seremos partícipes de la herencia eterna que
nos prometió Jesucristo.
-¡Fe! ¿Quién puede tener
fe en estas circunstancias?
-¡No hay momento mejor! A
quien le van bien las cosas en el mundo no precisa la Fe, pues es el mundo
quien le proporciona todo lo que necesita y lo que le sostiene. Pero al pobre,
al desvalido, al marginado, al enfermo ¿quien sino Dios le puede proporcionar
la esperanza de una vida mejor? Dios no vino al mundo a proporcionarnos
deleites materiales, sino a garantizarnos la Vida Eterna. «Mi Reino no es de
este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que
no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí.» (Juan 18,36)
-Recemos juntos un
Padrenuestro. Padrenuestro que estás en los cielos...
FIN
Se refieren a continuación extractos de diversos clásicos de
espiritualidad, escritos hace varios siglos. Pero no por eso sus enseñanzas
están desfasadas, pues la Verdad de Dios es única, y su mensaje, eterno.
A
veces la forma de expresarlo puede parecer dura a nuestros oídos mundanizados.
Todos los textos hablan de renuncia, de abnegación, de humildad y de cruz;
palabras todas ellas desterradas del lenguaje moderno.
Pero
no debemos olvidar que esos mismos textos han servido (y sirven aún hoy) para
indicar el camino a seguir a todo aquel que ansía la Salvación Eterna.
La humildad es la primer de las virtudes.: sin ella ninguna virtud se
alcanza; sin ella la virtud adquirida se pierde. Ella engendra las demás
virtudes, alimenta las adquiridas y conserva las que se alimentaron.
El verdadero discípulo de Jesucristo ha de ser humilde y preferir que
otros sean los que ocupen los mejores puestos, los que se lleven la mejor
parte.
Dice Jesús:
"¿Cómo, hijo mío, serías tú discípulo verdadero de mi Corazón, queriendo
ser el primero donde Yo soy el último? ¿Acaso el discípulo ha de preceder al
Maestro?"
"Has de saber que, aun viviendo entre los malos, ellos no podrán
dañarte si tu corazón está eficazmente apartado de ellos; no está en la mano de
los perversos perjudicarte; nadie es perjudicado sino por sí mismo”.
"Yo sé muy bien lo que te conviene. Yo puedo lo que tú no puedes;
déjame obrar; tú coopera únicamente pidiendo y esperando. El que pide con
confianza, hijo mío, lo que no es contrario ni a su salvación ni a mi gloria,
siempre recibe: pues o recibe lo mismo que él pidió, o en su lugar recibe lo
que Yo sé que le es más conveniente".
"En verdad, hijo mío, te digo que en el mundo no han de faltarte
persecuciones; pero ten confianza y no temas, porque en ellas estoy contigo”.
"Cuando te veas acometido de alguna enfermedad, recíbela como una
visita del amor de mi Corazón, diciendo siquiera en el interior de tu alma:
¡Bendito sea el Señor, porque ha visitado a su siervo! Une después todos tus
dolores a los míos, y esta divina unión, abundantísima en la unción de la
gracia, será un lenitivo a tus aflicciones, y te las hará menos pesadas y más
dulces. Tu pena, por muy grande que sea y por mucho que dure, nada es en
comparación del inmenso y sempiterno gozo con que tu paciencia ha de ser
recompensada en el cielo".
"Deja de fatigarte hijo mío, para convencerte de que te hallas en
mi gracia. En vano trabajarás por conseguir una cosa de que, por tu bien,
quiero Yo que al presente
carezcas".
"Si comprendieras cuántos bienes puedes granjear para ti en la
vida presente, lo mismo que en la vida futura, permaneciendo amorosamente en la
Cruz, ciertamente que, a semejanza mía, nunca desearías bajar de ella.
¡Bienaventurados lo que en las tribulaciones procuran asemejarse a Mí, mejor
que verse libres de ellas!"
"Se salvará, no el que haya principiado, sino el que hubiere
perseverado. Verdad es que el premio se ofrece a los que principian; pero sólo
se da a los que perseveran. Ora mucho, hijo mío, para no desmayar ni perder la
corona que te está preparada. Cuanto mejor sea tu oración, mejor será también
tu perseverancia.
Si el mundo te aborrece, si
los hombres te abandonan; si te son contrarios; si te desprecian, en Mí
encontrarás consuelos inagotables. Cuando me poseas, cuando te unas
estrechamente a Mí, que soy tu Salvador, tu amigo fidelísimo, tu Padre el mejor
y el más entrañable, entonces te encontrarás satisfecho de vivir escondido, de
vete humillado conmigo, para ser de este modo más semejante y más amado de mi Corazón,
y digno de que Yo te ensalce eternamente a la compañía gloriosa de mis
escogidos.
Es este sin duda alguna el libro más leído en toda la historia del
catolicismo, después de la Biblia.
Extracto a continuación algunos párrafos, tomados en orden de
aparición en el libro.
Libro I
Capítulo 3: De la doctrina de la verdad
¿Qué aprovecha la gran curiosidad de saber cosas oscuras y ocultas,
pues que del no saberlas no seremos en el día del juicio reprendidos?
Gran locura es que, dejadas las cosas útiles y necesarias, entendemos
con gusto en las curiosas y dañosas.
Y lo mismo se aplica con todas las cosas. Si dudas entre si es lícita
o ilícita una acción, piensa si serías reprendido el día del juicio por hacerla
o no hacerla. Si la respuesta es no, entonces no la hagas y así no sólo no
serás reprendido, sino que se te premiará por tener celo en el cumplimiento de
la Ley de Dios.
Capítulo 9: De la obediencia y la sujeción
Necesario es que dejemos algunas veces nuestro parecer por el bien de
la paz. ¿Quién es tan sabio que lo sepa todo enteramente? Y si tu parecer es
bueno y lo dejas por Dios y sigues el de otro, más aprovecharás de esta manera.
Capítulo 16: De sobrellevar los defectos ajenos
Si alguno, amonestado una vez o dos, no se enmendare, no porfíes con
él, sino recomiéndalo todo a Dios, que sabe sacar de los males bienes.
Estudia y aprende a sufrir con paciencia cualesquiera defectos y
flaquezas ajenos, pues tú también tienes mucho en que te sufran los otros.
Capítulo 20: Del amor a la soledad y al silencio
¡Oh, quién nunca buscase alegría transitoria! ¡Oh, quién nunca se
ocupase en el mundo, y cuán buena conciencia guardaría!
¡Oh, quién quitara de sí todo vano cuidado, y pensase solamente las
cosas saludables y divinas, y pusiese toda su esperanza en Dios, cuánta paz y
sosiego poseería!
¿Para qué quieres ver lo que no te conviene tener? EL mundo pasa y sus
deleites (1 Jn., 2, 1'7). Los deseos sensuales nos llevan a pasatiempos; mas,
pasada aquella hora, qué nos queda, sino pesadumbre de conciencia y
derramamiento de corazón? La salida alegre causa muchas veces triste
vuelta, y la alegre trasnochada hace triste la mañana.
Capítulo 21: Del remordimiento del corazón
Si continuamente pensases más en tu muerte que en vivir largo tiempo,
no hay duda que te enmendarías con mayor fervor. Si pensases también de todo
corazón en las penas futuras del infierno, o del purgatorio, creo que de buena
gana sufrirías cualquier trabajo y dolor, y no temerías ninguna austeridad
Capítulo 22 : Capítulo XXII : Consideración de la miseria humana.
¿Por qué te afliges de que no te suceda lo que quieres y deseas?
Ninguno hay en el mundo sin tribulación o angustia, aunque sea rey o Papa.
¿Pues, quién es el que está mejor? Ciertamente el que puede padecer algo por
Dios.
No está la felicidad del hombre en tener la abundancia de lo temporal.
Porque estar sujeto a las demás necesidades naturales, en verdad es grande
miseria y pesadumbre al hombre devoto, el cual desea ser desatado de este
cuerpo y libre de toda culpa.
Capítulo 23 : De la meditación de la muerte.
Trata ahora de vivir de modo que en la hora de la muerte puedas más
bien alegrarte que temer. Aprende ahora a morir al mundo, para que entonces
comiences a vivir con Cristo. Aprende ahora a despreciarlo todo, para que
entonces puedas libremente ir a Cristo.
Haz ahora, hermano, lo que pudieres; que no sabes cuándo morirás, ni
lo que acaecerá después de la muerte. Ahora que tienes tiempo, atesora riquezas
inmortales.
Nada pienses fuera de tu salvación, y cuida solamente de las cosas de
Dios.
Capítulo 24 : Del juicio y penas de los pecadores.
Entonces se verá que el verdadero sabio en este mundo, fue aquel que
aprendió a ser necio y menospreciado por Cristo.
Entonces se alegrarán todos los devotos, y se entristecerán todos los
disolutos.
Entonces se alegrará más la carne afligida, que la que siempre vivió
en deleites.
Entonces resplandecerá el vestido despreciado, y parecerá vil el
precioso.
Entonces será más alabada la pobre casilla, que el ostentoso palacio.
Entonces ayudará más la constante paciencia, que todo el poder del
mundo.
Entonces se estimará más el desprecio de las riquezas, que todo el
tesoro de los ricos de la tierra.
LIBRO II
Capítulo I : De la conversión interior.
Conviértete a Dios de todo corazón, y deja ese miserable mundo, y
hallará tu alma reposo. Aprende a menospreciar las cosas exteriores y darte a
las interiores, y verás que se vienen a ti el reino de Dios.
Cristo quiso padecer y ser despreciado, y tú ¿te atreves a quejarte de
alguna cosa? Cristo tuvo adversarios y murmuradores, y tú ¿quieres tener a
todos por amigos y bienhechores? ¿Con qué se coronará tu paciencia, sin ninguna
adversidad se te ofrece? Si no quieres sufrir ninguna adversidad, ¿cómo serás amigo
de Cristo? Sufre con Cristo y por Cristo, si quieres reinar con Cristo.
El humilde, recibida la afrenta, está en paz; porque está con Dios y
no en el mundo.
Capítulo III : Del hombre bueno y pacífico.
Toda nuestra paz en esta miserable vida, está puesta más en el
sufrimiento humilde, que en dejar de sentir contrariedades. El que sabe mejor
padecer, tendrá mayor paz. Este es el vencedor de sí mismo y señor del mundo,
amigo de Cristo y heredero del cielo.
Capítulo IV: Del corazón puro y sencilla intención.
Cuando se comienza perfectamente a vencer el mundo y andar
alentadamente en la carrera de Dios, se tienen por ligeras las cosas que
primero tenía por pesadas.
Capítulo X: Del agradecimiento por la gracia de Dios.
¿Para qué buscas descanso, pues naciste para el trabajo? Ponte a
paciencia, más que a consolación: y a llevar cruz, más que a tener alegría,
pues la alegría es tener la cruz.
¿Qué hombre del mundo no tomaría de muy buena gana la consolación y
alegría espiritual, si siempre la pudiese tener? Porque las consolaciones
espirituales exceden a todos los placeres del mundo, y a los deleites de la
carne.
No quiero consolación que me quite la compunción; ni deseo
contemplación que me lleve en soberbia.
El que desea guardar la gracia de Dios, agradézcale la gracia que le
ha dado, y sufra con paciencia cuando le fuere quitada. Haga oración continua,
para que le sea tornada, y sea cauto y humilde, porque no la pierda.
Capítulo XII: Del camino real de la Santa Cruz.
Esta palabra parece dura a muchos: Niégate a ti mismo, toma tu cruz, y
sigue a Jesús. Pero mucho más duro será oír aquella postrera palabra: Apartaos
de mí, malditos, al fuego eterno. Pues los que ahora oyen y siguen de buena
voluntad la palabra de la cruz, no temerán entonces oír la palabra de la eterna
condenación.
Esta señal de la cruz estará en el cielo, cuando el Señor vendrá a
juzgar. Entonces todos los siervos de la cruz, que se conformaron en la vida
con el crucificado, se llegarán a Cristo juez con gran confianza.
Pues que así es, por qué teméis tomar la cruz, por la cual se va al
reino? En la cruz está la salud, en la cruz la vida, en la cruz está la defensa
de los enemigos, en la cruz está la infusión de la suavidad soberana, en la
cruz está la fortaleza del corazón, en la cruz está el gozo del espíritu, en la
cruz está la suma virtud, en la cruz está la perfección de la santidad.
No está la salud del alma, ni la esperanza de la vida eterna, sino en
la cruz.
Toma, pues, tu cruz, y sigue a Jesús, e irás a la vida eterna.
El vino primero, y llevó su cruz y murió en la cruz por ti; porque tú
también la lleves, y desees morir en ella.
Porque si murieres juntamente con El, vivirás con El. Y si fueres
compañero de la pena, lo serás también de la gloria.
Mira que todo consiste en la cruz, y todo está en morir en ella.
Dispón y ordena todas las cosas según tu querer y parecer, y no
hallarás sino que has de padecer algo, o de grado o por fuerza: y así siempre
hallarás la cruz.
¿Quién de los Santos fue en el mundo sin cruz y tribulación?
Toda la vida de Cristo fue cruz y martirio, y tú ¿buscas para ti
holganza y gozo?
Yerras, te engañas si buscas otra cosa sino sufrir tribulaciones;
porque toda esta vida mortal está llena de miserias, y de toda parte señalada
de cruces. Y cuanto más altamente alguno aprovecharé en espíritu, tanto más
graves cruces hallará muchas veces, porque la pena de su destierro crece más
por el amor.
Cuanto más se quebranta la carne por la aflicción, tanto más se
esfuerza el espíritu por la gracia interior. Y algunas veces tanto es
confortado del afecto de la tribulación y adversidad, por el amor y conformidad
de la cruz de Cristo, que no quiere estar sin dolor y tribulación: porque se
tiene por más acepto a Dios, cuanto mayores y más graves cosas pudiere sufrir
por Él.
No es según la condición humana llevar la cruz, amar la cruz, castigar
el cuerpo, ponerle en servidumbre; huir las honras, sufrir de grado las
injurias, despreciarse a sí mismo, y desear ser despreciado; sufrir toda cosa
adversa y dañosa, y no desear cosa de prosperidad en este mundo.
Si miras a ti, no podrás por ti cosa alguna de éstas: mas si confías
en Dios, El te enviará fortaleza del cielo, y hará que te estén sujetos el
mundo y la carne. Y no temerás al diablo tu enemigo, si estuvieses armado de
fe, y señalado con la cruz de Cristo.
Dispónte, pues, como buen y fiel siervo de Cristo, para llevar
varonilmente la cruz de tu Señor crucificado por tu amor.
Prepárate a sufrir muchas adversidades y diversas incomodidades en
esta miserable vida; porque así estará contigo Jesús adondequiera que fueres; y
de verdad que le hallarás en cualquier parte que te escondas.
Así conviene que sea, y no hay otro remedio para evadirse del dolor y
de la tribulación de los males, sino sufrir.
Con razón deberías sufrir algo de grado por Cristo, pues hay muchos
que sufren más graves cosas por el mundo. Sabe de cierto que te conviene morir
viviendo: cuanto más muere cada uno a sí mismo, tanto más comienza a vivir con
Dios.
Y si te diesen a escoger, más deberías desear padecer cosas adversas
por Jesucristo que ser recreado de consolaciones: por que en esto parecerías
más a Jesucristo, y serías más conforme a sus santos.
No está, pues, nuestro merecimiento ni la perfección de nuestro estado
en las muchas suavidades y consuelos, sino más bien en sufrir grandes
penalidades y tribulaciones.
Porque si alguna cosa fuera mejor y más útil para la salvación de los
hombres que el padecer, Cristo lo hubiera declarado con su doctrina y con su
ejemplo. Pues manifiestamente exhorta a sus discípulos, y a todos los que
desean seguirle, a que lleven la cruz, y dice: Si alguno quisiera venir en pos
de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.
LIBRO III
Capítulo I: Del habla interior de Cristo al alma fiel.
¿Qué es todo lo temporal sino engañoso? Y ¿qué te valdrán todas las
criaturas, si fueres desamparado del Criador?
Por esto, dejadas todas las cosas, hazte fiel y grata a tu Criador, para
que puedas alcanzar la verdadera bienaventuranza.
Capítulo VI: De la prueba del verdadero amor.
Jesucristo: Hijo, no eres aun fuerte y prudente amador.
El Alma: ¿Por qué, Señor?
Jesucristo: Porque por una contradicción pequeña, faltas en lo
comenzado, y buscas la consolación ansiosamente. El constante amador está
fuerte en las tentaciones, y no cree a las persuasiones engañosas del enemigo.
Como Yo le agrado en las prosperidades, así no le descontento en las
adversidades.
Capítulo XVI: En sólo Dios se debe buscar el verdadero consuelo.
El Alma: Cualquiera cosa que puedo desear o pensar para mi consuelo,
no la espero aquí, sino en la otra vida. Pues aunque yo solo estuviese todos
los gustos del mundo, y pudiese usar de todos sus deleites, cierto es que no
podrían durar mucho. Así que no podrás, alma mía, estar cumplidamente
consolada, ni perfectamente recreada sino en Dios, que es consolador de los
pobres, y recibe a los humildes. Espera un poco, alma mía, espera la promesa divina,
y tendrás abundancia de todos los bienes en el cielo. Si deseas
desordenadamente estas cosas presentes, perderás las eternas y celestiales.
Sean las temporales para el uso: las eternas para el deseo. No puedes saciarte
de ningún bien temporal, porque no has sido creada para gozar de lo caduco.
Capítulo XIX: Que debemos poner todo nuestro cuidado sólo en Dios
Guárdame, Señor, de todo pecado, y no temeré la muerte ni el infierno.
con que no me apartes de ti para siempre ni me quites del libro de la vida, no
me dañará cualquier tribulación que venga sobre mí.
Capítulo XX: De la confesión de la propia flaqueza y de las miserias
de esta vida.
¡Ay! ¡Cuál es esta vida, donde no faltan tribulaciones y miserias,
donde todas las cosas están llenas de lazos y enemigos! Porque en faltando una
tribulación o tentación viene otra; y aun antes que se acabe el combate de la
primera, sobrevienen otras muchas no esperadas.
Y ¿cómo se puede amar una vida llena de tantas amarguras, sujeta a
tantas calamidades y miserias? Y ¿cómo se puede llamar vida la que engendra
tantas muertes y pestes? Con todo esto se ama, y muchos la quieren para
deleitarse en ella.
¡Oh, Dios mío, dulzura inefable! Conviérteme en amargura todo consuelo
carnal, que me aparta del amor de los eternos, lisonjeándome torpemente con la
vista de bienes temporales que deleitan. No me venza, Dios mío, no me venza la
carne y la sangre; no me engañe el mundo y su breve gloria; no me derribe el
demonio y su astucia. Dame fortaleza para resistir, paciencia para sufrir,
constancia para perseverar. Dame en lugar de todas las consolaciones del mundo
la suavísima unción de tu espíritu; y en lugar del amor carnal infúndeme el
amor de tu nombre.
Capítulo XXX: Cómo se ha de pedir el favor divino, y de la confianza
de recobrar la gracia.
No se turbe, pues, ni tema tu corazón. Cree en Mí, y ten confianza en
mi misericordia. Cuando piensas que estás lejos de Mí, estoy más cerca de ti
regularmente. Cuando piensas que está todo casi perdido, entonces muchas veces
está cerca la ganancia del merecer. No está todo perdido cuando alguna cosa te
sucede contraria.
Capítulo XXXV: En esta vida no hay seguridad de carecer de
tentaciones.
Si buscas descanso en esta vida, ¿cómo hallarás entonces la eterna
bienaventuranza? No procures mucho descanso, sino mucha paciencia. Busca la
verdadera paz, no en la tierra, sino en el cielo: no en los hombres ni en las
demás criaturas, sino en Dios solo. Por amor de Dios debes padecer de buena
gana todas las cosas adversas; como son trabajos, dolores, tentaciones,
vejaciones, congojas, necesidades, dolencias, injurias, murmuraciones,
reprensiones, humillaciones, confusiones, correcciones y menosprecios. Estas
cosas aprovechan para la virtud; estas prueban al nuevo soldado de Cristo;
estas fabrican la corona celestial. Yo daré eterno galardón por breve trabajo,
y gloria infinita por la confusión pasajera.
Capítulo XXXVI: Contra los vanos juicios de los hombres.
¿Quién eres tú para que temas al hombre mortal? Hoy es, y mañana no
parece. Teme a Dios, y no te espantes de los hombres. ¿Qué te puede hacer el
hombre con palabras o injurias? Más bien se daña a sí mismo que a ti; y
cualquiera que sea, no podrá huir el juicio de Dios. Ten presente a Dios, y
no contiendas con palabras de queja. Y
si ahora quedas debajo, al parecer, y sufres la humillación que no mereciste,
no te indignes por eso, ni por la impaciencia disminuyas tu victoria. Sino
mírame a Mí en el cielo, que
puedo librar de toda confusión e injuria, y dar a cada uno según sus
obras.
Capítulo XXXVII: De la pura y entera renuncia de sí mismo para
alcanzar la libertad del corazón.
Jesucristo: Hijo, déjate a ti y me hallarás a Mí. Vive sin voluntad ni
amor propio, y ganarás siempre. Porque al punto que te renunciares sin reserva,
se te dará mayor gracia.
El Alma: Señor, ¿cuántas veces me renunciaré, y en qué cosas me
dejaré?
Jesucristo: Siempre, y a cada hora, así en lo poco como en lo mucho.
Nada exceptúo, sino que en todo te quiero hallar desnudo. De otro modo, ¿cómo
podrás ser mío y yo tuyo, si no te despojas de toda voluntad interior y
exteriormente? Cuando más presto hicieres esto, tanto mejor te irá; y cuanto
más pura y cumplidamente, tanto más me agradarás y mucho más ganarás.
Capítulo XLVI: De la confianza que debemos tener en Dios cuando nos
dicen injurias.
Si eres culpado, determina enmendarte de buena gana. Si no hallas en ti
culpa, ten por bien de sufrirlas por Dios
Capítulo XLVII: Todas las cosas pasadas se deben padecer por la vida
eterna.
Jesucristo: Hijo, no te quebranten los trabajos que has tomado por Mí, ni
te abatan del todo las tribulaciones; mas mi promesa te esfuerce y consuele en
todo lo que viniere. Yo basto para galardonarte sobre toda manera y medida. No
trabajarás aquí mucho tiempo, ni serás agravado siempre de dolores. Espera un
poquito y verás cuán presto se pasan los males. Vendrá una hora cuando cesará
todo trabajo e inquietud. Poco y breve es todo lo que pasa con el tiempo.
Atiende a tu negocio, trabaja fielmente en mi viña, que yo seré tu
galardón.
¡Oh! ¡Si vieses las coronas eternas de los Santos en el cielo, y de cuánta
gloria gozan ahora los que eran en este mundo despreciados, y tenidos por
indignos de vivir! Por cierto luego te humillarías hasta la tierra, y desearías
más estar sujeto a todos, que mandar a uno solo. Y no codiciarías los días
placenteros de esta vida: sino antes te alegrarías de ser atribulado por Dios,
y tendrías por grandísima ganancia ser tenido por nada entre los hombres.
De entre las obras de Montfort, ésta, la Carta a
los Amigos de la Cruz es una de las más difundidas. Y es que los cristianos de
diferentes tiempos y culturas, concretamente los de habla hispana, se
identifican cordialmente con tan precioso texto y una y otra vez lo devoran con
espiritual afecto. Ellos saben que, como dice Santa Teresa de Jesús,
en la cruz está la vida y el consuelo,
y ella sola es el camino para el cielo.
CARTA A LOS AMIGOS DE LA CRUZ
Los dos bandos
Queridos cofrades, ahí tenéis los dos bandos con
los que a diario nos encontramos: el de Jesucristo y el del mundo (Jn 15,19;
17,14.16).
A la derecha, el de nuestro amado Salvador (+Mt
25,33). Sube por un camino que, por la corrupción del mundo, es más estrecho y
angosto que nunca. Este Maestro bueno va delante, descalzo, la cabeza coronada
de espinas, el cuerpo completamente ensangrentado, y cargado con una pesada
Cruz. Sólo le siguen una pocas personas, si bien son las más valientes, sea
porque no se oye su voz suave en medio del tumulto del mundo, o sea porque
falta el valor necesario para seguirle en su pobreza, en sus dolores, en sus
humillaciones y en sus otras cruces, que es preciso llevar para servirle todos
los días de la vida (+Lc 9,23).
A la izquierda (+Mt 25,33), el bando del mundo o
del demonio. Es el más numeroso, y el más espléndido y brillante, al menos en
apariencia. Allí corre todo lo más selecto del mundo. Se apretujan, y eso que
los caminos son anchos, y que están más ensanchados que nunca por la
muchedumbre que, como un torrente, los recorre. Están sembrados de flores,
llenos de placeres y juegos, cubiertos de oro y plata (7,13-14).
A la derecha, el pequeño rebaño (Lc 12,32) que
sigue a Jesucristo sólo sabe de lágrimas y penitencias, oraciones y desprecios
del mundo. Entre sollozos, se oye una y otra vez: «suframos, lloremos,
ayunemos, oremos, ocultémonos, humillémonos, empobrezcámonos, mortifiquémonos
(+Jn 16,20). Pues el que no tiene el espíritu de Jesucristo, que es un espíritu
de cruz, no es de Cristo (Rm 8,9), ya que los que son de Jesucristo han
crucificado su carne con sus concupiscencias (Gál 5,24). O nos configuramos
como imagen viva de Jesucristo (Rm 8,29) o nos condenamos. ¡Animo!, gritan,
¡valor! Si Dios está por nosotros, en nosotros y delante de nosotros, ¿quién
estará contra nosotros? (8,31). El que está con nosotros es más fuerte que el
que está en el mundo (1Jn 4,4). No es mayor el siervo que su señor (Jn 13,16;
15,20). Un instante de ligera tribulación produce un peso eterno de gloria
(2Cor 4,17). El número de los elegidos es menor de lo que se piensa (Mt 20,16).
Sólo los valientes y esforzados arrebatan el cielo por la fuerza (Mt 11,12).
Nadie será coronado sino aquél que haya combatido legítimamente según el
Evangelio (2Tim 2,5), y no según el mundo. ¡Luchemos, pues, con todo valor!».
Para los pecadores
En realidad, queridos Amigos de la Cruz, todos sois
pecadores. Entre vosotros no hay ninguno que no merezca el infierno (+Prov
24,16; 1Jn 1,10] -y yo más que ninguno-. Pues bien, es necesario que nuestros
pecados sean castigados en este mundo o en el otro.
Si Dios, de acuerdo con nosotros, los castiga en
éste, el castigo será amoroso: la misericordia, que reina en este mundo, será
quien castigue, y no la rigurosa justicia; será, pues, un castigo suave y
pasajero, acompañado de consolaciones y méritos, y seguido de recompensas en el
tiempo y la eternidad.
Pero si el castigo necesario a los pecados que
hemos cometido queda reservado para el otro mundo, será entonces la justicia
implacable de Dios, que todo lo lleva a sangre y fuego, la que ejecute la
condena. Castigo espantoso (+Heb 10,31], indecible, incomprensible: «¿quién
conoce la vehemencia de tu ira?» (Sal 89,11]; castigo sin misericordia (Sant
2,13], sin mitigación, sin méritos, sin límite y sin fin. Sí, no tendrá fin:
ese pecado mortal de un momento que cometisteis; ese mal pensamiento voluntario
que escapó a vuestro cuidado; esa palabra que se llevó el viento; esa acción
diminuta que violentó la ley de Dios, tan breve, serán castigados eternamente,
mientras Dios sea Dios, con los demonios en el infierno, sin que ese Dios de
las venganzas se apiade de vuestros espantosos tormentos, de vuestros sollozos
y lágrimas, capaces de hendir las rocas. ¡Padecer eternamente, sin mérito
alguno, sin misericordia y sin fin!
Queridos hermanos y hermanas míos, ¿pensamos en
esto cuando padecemos alguna pena en este mundo? ¡Qué felices somos de hacer un
cambio tan dichoso, una pena eterna e infructuosa por otra pasajera y
meritoria, llevando esta cruz con paciencia! ¡Cuántas deudas nos quedan por
pagar! ¡Cuántos pecados cometidos! Para expiar por ellos, aun después de una
contrición amarga y de una confesión sincera, será necesario que suframos en el
purgatorio durante siglos enteros, por habernos contentado en este mundo con
algunas penitencias tan ligeras! ¡Ah! Cancelemos, pues, nuestras deudas por las
buenas en este mundo, llevando bien nuestra cruz. En el otro, todo habrá de ser
pagado por las malas, hasta el último céntimo (Mt 5,26], hasta una palabra
ociosa (12,36). Si lográramos arrancar de las manos del demonio el libro de la
muerte (+Col 2,14), donde ha señalado todos nuestros pecados y la pena que les
es debida, ¡qué debe tan enorme encontraríamos! ¡Y qué felices nos veríamos de
sufrir años enteros aquí abajo, con tal de no sufrir un solo día en la otra
vida!
Para los amigos de Dios
«¿Podéis beber el cáliz?» (Mt 20,22). Excelente
cosa es anhelar la gloria de Dios; pero desearla y pedirla sin resolverse a
padecerlo todo es una locura y una petición insensata: «no sabéis lo que pedís»
(ib.)... «Es necesario pasar por muchas tribulaciones» (Hch 14,22)... Sí, es
una necesidad, es algo indispensable: hemos de entrar en el reino de los cielos
a través de muchas tribulaciones y cruces.
Para los hijos de Dios
Como dice San Agustín: «quien no llora en este
mundo, como peregrino y extranjero, no puede alegrarse en el otro como ciudadano
del cielo». Si Dios Padre no os envía de vez en cuando alguna cruz señalada, es
que ya no se cuida de vosotros: está enfadado con vosotros, y os considera como
extraños y ajenos a su casa y su protección; os mira como hijos bastardos, que
no merecen tener parte en la herencia de su padre, ni son dignos tampoco de sus
cuidados y correcciones (+Heb 12,7-8).
Para los discípulos de un Dios
crucificado
Alégrate, pues, tú, pobre idiota, y tú, humilde
mujer sin talento ni ciencia: si sabéis sufrir con alegría, sabéis más que
cualquier doctor de la Sorbona, que no sepa sufrir tan bien como vosotros (+Mt
11,25).
Para los miembros de
Jesucristo
Sois miembros de Jesucristo (1Cor 6,15; 12,27; Ef
5,30). ¡Qué honor! Pero ¡qué necesidad hay en ello de sufrir! Si la Cabeza está
coronada de espinas (Mt 27,29) ¿estarán los miembros coronados de rosas? Si la
Cabeza es escarnecida y cubierta de barro en el camino del Calvario ¿se verán
los miembros cubiertos de perfumes sobre un trono? Si la Cabeza no tiene dónde reposar
(8,20), ¿descansarán los miembros entre plumas y edredones? No, no, mis queridos Compañeros de la Cruz,
no os engañéis: esos cristianos que veis por todas partes, vestidos a la moda,
en extremo delicados, altivos y engreídos hasta el exceso, no son verdaderos
discípulos de Jesús crucificado.
Si de verdad os guía el espíritu de Jesucristo, y
si vivís la misma vida que esta Cabeza coronada de espinas, no esperéis otra
cosa que espinas, azotes, clavos, en una palabra, cruz; pues es necesario que
el discípulo sea tratado como el maestro y el miembro como la Cabeza (Jn
15,20).
Hay que sufrir como los
santos... y no como los reprobados
Esta tierra maldecida en que habitamos no cría
hombres felices. No es en absoluto perfecta la tranquilidad en este mar
tormentoso. Nunca faltan los combates en este lugar de tentación, que es un
campo de batalla. Nadie se libra de pinchazos en esta tierra llena de espinas
(Gén 3,18). Es preciso que los predestinados y los reprobados lleven su cruz,
de grado o por fuerza. Tened presentes estos cuatro versos:
Elígete una cruz de las tres del Calvario;
elige con cuidado, ya que es necesario
padecer como santo y como penitente
o como réprobo que sufre eternamente.
Eso significa que si no queréis sufrir con alegría,
como Jesucristo; o con paciencia, como el buen ladrón, tendréis que sufrir a
pesar vuestro como el mal ladrón; habréis de apurar entonces hasta las heces el
cáliz más amargo (Is 51,17), sin consolación alguna de la gracia, y llevando
todo el peso de la cruz sin la poderosa ayuda de Jesucristo. Más aún, tendréis
que llevar el peso fatal que añadirá el demonio a vuestra cruz, por la
impaciencia a la que os arrastrará; y así, tras haber sido unos desgraciados
sobre la tierra, como el mal ladrón, iréis a reuniros con él en las llamas.
Nada tan útil y tan dulce
Por el contrario, si sufrís como conviene, la cruz
se os hará un yugo muy suave (Mt 11,30), que Jesucristo llevará con vosotros.
Vendrá a ser las dos alas del alma que se eleva al cielo; el mástil de la nave
que os llevará al puerto de la salvación feliz y fácilmente.
Llevad vuestra cruz con alegría, y os veréis
abrasados en el amor divino, pues «sin cruces ni dolor, no se vive en el amor»
[Imitación de Cristo III,5,7].
«Nada tan glorioso»
Alegraos, pues, y saltad de gozo cuando Dios os
regale con alguna buena cruz, porque, sin daros cuenta, recibís lo más grande
que hay en el cielo y en el mismo Dios. ¡Regalo grandioso de Dios es la cruz!
Si así lo entendiérais, encargaríais celebrar misas, haríais novenas en los
sepulcros de los santos, emprenderíais largas peregrinaciones, como hicieron
los santos, para obtener del cielo este regalo divino.
San Pedro y San Pablo son más gloriosos en sus
calabozos, con los grilletes en los pies (Hch 12,3-7), que arrebatados al
tercer cielo (2Cor 12,2) o que recibiendo las llaves del paraíso (Mt 16,19)».
Sufrir toda clase de cruces,
sin rechazar ninguna y sin elegirlas
Disponéos, pues, a ser abandonados por los hombres
y los ángeles, y hasta del mismo Dios; a ser perseguidos, envidiados,
traicionados, calumniados, desprestigiados y abandonados por todos; a sufrir
hambre, sed, mendicidad, desnudez, exilio, cárcel, horca y toda clase de
suplicios, aunque seáis inocentes de los crímenes que se os imputan. Imaginaos,
en fin, que después de haber sido despojados de vuestros bienes y de vuestro
honor, después de haber sido expulsados de vuestra casa, como Job y Santa
Isabel reina de Hungría, se os tira al barro, como a esta santa, o se os
arrastra a un estercolero, como a Job, hediondo y cubierto de llagas (Job
2,7-8), sin que se os dé un trapo con que cubrir vuestras heridas, sin un trozo
de pan, que no se niega a un caballo o a un perro, para comer, y que en medio
de tales males extremos, Dios os abandona a todas las tentaciones de los
demonios, sin aliviar vuestra alma con la menor consolación sensible.
La mano de Dios
Cuando veáis que un Semeí os injuria y os tira
piedras, como al rey David (2Re 16,5-14), decíos interiormente: «no nos
venguemos de él; dejémosle actuar, pues el Señor ha dispuesto que obre así.
Reconozco que yo he merecido toda clase de ultrajes, y que con toda justicia
Dios me castiga. Detente, brazo mío, y tú, mi lengua: ¡no hieras, no digas
nada! Este hombre o esta mujer que me dicen y hacen injurias son embajadores de
Dios, que de parte de su misericordia vienen para castigarme amistosamente. No
irritemos, pues, su justicia, usurpando los derechos de su venganza. Ni
menospreciemos su misericordia resistiendo los amorosos golpes de sus azotes,
no sea que, para vengarse, nos remita a la estricta justicia de la eternidad».
Considerad que Dios, con una mano infinitamente
poderosa y prudente os sostiene, mientras os hiere con la otra. Con una mano
mortifica, con la otra vivifica; humilla y enaltece (Lc 1,52). Con sus dos
brazos abarca por completo vuestra vida dulce y fuertemente (Sab 8,1):
dulcemente, sin permitir que seais tentados y afligidos por encima de vuestras
fuerzas (1Cor 10,13); fuertemente, pues os ayuda con una gracia poderosa, que corresponde
a la fuerza y duración de la tentación y de la aflicción; fuertemente, sí,
porque, como lo dice por el espíritu de su santa Iglesia, Él se hace «vuestro
apoyo junto al precipicio ante el que os halláis, vuestro guía si os extraviáis
en el camino, vuestra sombra en el calor abrasador, vuestro vestido en la
lluvia que os empapa y en el frío que os hiela, vuestro vehículo en el
cansancio que os agota, vuestro socorro en la adversidad que os abruma, vuestro
bastón en los pasos resbaladizos, y vuestro puerto en las tormentas que os
amenazan con ruina y naufragio» [Breviario antiguo].
Cargar con cruces voluntarias
Si queréis haceros dignos de las cruces que os
vendrán sin vuestra participación, y que son las mejores, procuraos algunas
cruces voluntarias, con el consejo de un buen director.
Por ejemplo; ¿tenéis en casa algún mueble inútil al
que estáis aficionados? Dadlo a los pobres, diciendo: ¿quisieras tener cosas
supérfluas, mientras Jesús es tan pobre?
Dios no ha impuesto a nadie la obligación de
abandonar el mundo para abrazar la vida religiosa. No se puede negar, sin embargo,
que haya un mundo, dentro del mismo mundo, al que todo cristiano está obligado
a renunciar. Existe, en medio de nosotros, un mundo reprobado y maldito de
Dios, un mundo del que Satanás es señor y soberano, un mundo por el cual el
Salvador no ha ofrecido sus oraciones a su Padre, un mundo, en fin, que
Jesucristo ha reprobado y del cual ha sido siempre rechazado. Pero ¿dónde
encontramos este mundo impío y desgraciado, y cuáles son los lugares donde se
juntan las personas que lo componen? A vosotros, sus idólatras, tendría que
preguntarlo. Todo lo que puedo decir es que ese mundo está donde reina la
vanidad, el orgullo, la molicie, la impureza, la irreligión. Está allí donde
menos caso se hace de las normas del Evangelio, y donde incluso se glorían de seguir
otras contrarias.
A vosotros os toca, pues, descubrir dónde se
encuentran todos esos desórdenes. Pero en cualquier lugar donde se encuentren,
es cosa cierta que ser de ese mundo y no ser del número de predestinados, tener
algunos lazos con él y ser enemigo declarado del Hijo de Dios, es una sola y
misma cosa. Decís vosotros que ese mundo no está ni en el teatro, ni en el
baile, ni en las carreras, ni en los círculos, y que tampoco se encuentra en
los cabarets ni en los casinos de juego. Pues bien, si sois tan amables, ya nos
diréis dónde hemos de localizarlo para rehuirlo, porque, después de todo,
existe uno, y nuestro Maestro no nos ordenó tomar las armas contra un fantasma
o contra una quimera. Por otra parte, siendo así que ese mundo reune a todos o
a la mayor parte de los reprobados, sería una burla afirmar que una multitud
tan grande es invisible a los ojos humanos, y que marcha por senderos
desconocidos, ya que la fe nos enseña que ellos siguen un camino muy transitado
y muy ancho (De la fuite du monde, en Écrits 295-296).
Aprovechamiento espiritual
«Gran confusión y vergüenza nuestra es ver que los
mundanos buscan con más diligencia y cuidado las cosas temporales, y aun los
vicios y pecados, que nosotros la virtud, y que con más prontitud y ligereza
corren ellos para la muerte que nosotros para la vida»
Las obras ordinarias
Hemos de hacer todas las cosas de nuestra
cotidianidad como si tuviéramos delante nuestro observándonos a una persona a
quien tuviéramos gran respeto y reverencia. A buen seguro no las haríamos con
descuido ni haríamos nada impropio. Pues bien, ¿Acaso no está siempre delante
nuestro observándonos el Todopoderoso?
Rectitud de intención
Lo primero que hemos de hacer al levantarnos es
ofrecerle a Dios todos los pensamientos, palabras y obras del día, y pedirle
que todo sea para gloria y honra suya, para después, cuando viniere la vanagloria,
podamos responder con verdad: Tarde venís, que ya está dado.
Hemos de procurar que no comencemos cosa alguna que
no vaya referida a mayor gloria de Dios.
Caridad fraterna
Si el amor que nos pide Cristo que tengamos a
nuestros hermanos ha de ser hasta dar la vida por ellos, ¿cuánto más será razón
que se extienda a otras cosas que se suelen ofrecer, que son de menos
dificultad que dar la vida por ellos? Si dijereis: ¡Oh, que no se ofenderá el
otro por cosa tan liviana!, respondo: cuanto la cosa es más liviana, tanto más
fácilmente la podríais evitar. Y San Juan Crisóstomo dice que antes agrava eso
más vuestra culpa, pues no os supisteis vencer en una cosa tan leve.
Siempre está en nuestra mano evitar la
confrontación. Cuando da una cosa dura con otra dura, suena y hace ruido; pero
si lo duro da en blando, no se oye ni se siente.
La humildad
No he de parar hasta tener gozo y regocijo en ser
despreciado y tenido en poco, por parecer e imitar a Cristo nuestro Redentor, que
quiso ser despreciado y tenido en poco por mí.
Y dice Jesús, “ Cualquiera que humildemente se
fiare bien de Mí, Yo le favoreceré en esta vida, y en la otra le haré más bien
que el que él merece. Cuanto uno más se fiare de mi bondad, tanto más alcanzará;
porque es imposible que el hombre no alcance lo que santamente creyó y esperó
que alcanzaría habiéndolo Yo prometido.
Cuanto más humilde fueres, tanto más crecerás en la
virtud y perfección. Pues así como la soberbia es raíz y principio de todo
pecado (Eccli.10,15), así la humildad
lo es de toda virtud.
El deseo piadoso de la muerte
Es conforme a la naturaleza el huir de la muerte;
pero muchos hay que no sólo para evitar los pecados mortales, sino aún los
veniales estarían dispuestos a recibir gustosos la muerte. Porque el siervo de
Dios ha de estar determinado, no sólo de antes morir que hacer un pecado
mortal, sino de morir antes que decir una mentira, que es un pecado venial; y
el que por eso muriese, sería mártir.
¡Ay! Qué tal es esta vida, donde nunca faltan
tribulaciones y miserias; todas las cosas están llenas de lazos y de enemigos;
en partiéndose una tribulación, viene otra, y aun antes de que se acabe el
combate de una, sobrevienen otras muchas no pensadas. ¿Cómo puede ser amada una
vida llena de tantas amarguras, sujeta a tantos casos y miserias? ¿Cómo se
puede llamar vida la que engendra tantas muertes y pestilencias? De una gran
santa se lee que solía decir que si pudiese escoger alguna cosa, no escogería
otra sino la muerte; porque por medio de ella el alma se halla sin temor de
nunca más hacer cosa que sea impedimento del puro amor. Y Santa Teresa decía:
“Antes morir que pecar, y si vivo que sea sólo para Dios”
Pero ¡ay! que nuestra vida no nos pertenece, ni
somos libres para disponer de ella, sino sólo Dios. No somos por tanto libres
para elegir el momento. Pues no hay cosa más cierta que la muerte, ni más
incierta que el momento de la muerte.
Renuncia al mundo
Los que están asidos a las cosas del mundo y tienen
puesto su corazón y contento en ellas, no pueden tener contento verdadero ni
durable, porque andan con las cosas y
dependen de ellas, y así están sujetos a las mudanzas de ellas. Tened por
cierto que mientras no pusiereis vuestro contento en lo que no os pueda nadie
quitar contra vuestra voluntad, siempre estaréis con pena y con sobresalto.
Mientras pusiereis los ojos y el corazón en las cosas del mundo, mutables y
perecederas, no podréis tener sosiego ni contento: ponedle en Dios y
tendréisle. Pues quien tiene a Dios por padre y por hermano a Jesucristo, en
cuyas manos está todo el poder del cielo y de la tierra (Mf28,18) ¿qué más
tiene que desear? El que ya posee el Todo, ¿cómo es que anhela las partes?
Hemos de tomar las cosas de este mundo como de
paso; al fin, como peregrinos y viandantes que somos, no tomando más que lo
necesario para poder pasar nuestro camino. “Contentémonos con tener el sustento
necesario y con qué cubrirnos”, dice San Pablo (1 Tim. S,8). Ahorrémonos y
descarguémonos de todo lo que no es muy
necesario, para que así ligeros, podamos mejor caminar. Suspiremos por nuestra
patria y sintamos nuestro destierro. Leamos la Escritura como quien recibe
noticias de su patria estando en tierra extraña...
Por que si aquellos que aman las cosas caducas y
terrenas se alegran y regocijan del buen suceso de ellas, ¿cuánto mayor razón
tenemos nosotros de alegrarnos y regocijarnos en Dios y en la gloria eterna que
esperamos?
El mundo os esclaviza y os aparta de Dios. Pero el
demonio os pone un velo en los ojos para que lo notéis. Pero así como el ave no
siente que está presa hasta que quiere salir del lazo, así el hombre no conoce
bien la fuerza de sus vicios y malas inclinaciones hasta que trabaja para salir
de ellas.
La vida no es más que para contentar a Dios. Y si
Él encamina mi vida por esta vereda oscura y escabrosa, no tengo que suspirar
por otra ninguna clara y suave.
La conversión de los pecadores
Dice San Juan Crisóstomo: Si veis que un ciego va a
caer en un hoyo, le dais la mano; pues viendo cada día a nuestros hermanos
puestos a pique de despeñarse en el abismo del infierno, ¿cómo nos podremos
contener y dejar de darles la mano?
Pues sabed que aunque deis a los pobres toda vuestra hacienda, y ella
sea más que las riquezas del rey Salomón y los tesoros de Creso, más es
convertir una sola alma que todo eso.
Y San Gregorio dice que es mayor milagro convertir
un pecador con la predicación y con la oración que resucitar a un muerto; y más
es y más lo estima Dios, que crear los cielos y la tierra. Si no, vedlo por el
coste; porque crear los cielos y la tierra no le costó a Dios sino decirlo.
Pero eso otro le costó más que palabras: le costó su sangre y su vida.
"Oh Santa Trinidad, Dios eterno, Te agradezco por haberme
permitido conocer la grandeza y la diferencia entre los grados de la gloria que
dividen a las almas. Oh, qué grande es la diferencia entre un solo grado de más
profundo conocimiento de Dios. Oh. si las almas pudieran saberlo. Oh Dios mío,
si pudiera conquistar uno más, soportaría con gusto todos los tormentos que
habían padecido todos los mártires juntos. De verdad todos estos tormentos me
parecen nada en comparación con la gloria que nos espera por toda la eternidad.
" (Diario, 605)
"Me dijo Jesús: Hay un solo
precio con el cual se compran las almas, y éste es el sufrimiento unido a Mi
sufrimiento en la cruz." (Diario, 324)
"Desde el momento en que empecé a amar el sufrimiento, este mismo
dejó de ser sufrimiento para mí. El sufrimiento es el alimento continuo de mi
alma." (Diario, 276)
"Jesús: Niña, realmente
todo esto es sufrimiento, pero no hay otro camino al cielo fuera del Vía
Crucis. Yo Mismo fui el primero en recorrerlo. Has de saber que éste es el
camino más corto y el más seguro. También has de saber que el mundo te odia,
porque no eres de este mundo. Primero Me persiguió a Mí; esta persecución es la
señal de que sigues Mis huellas con fidelidad. El alma que sufre es la que más
cerca está de mi corazón." (Diario, 1487)
"Jesús, no me dejes sola en el sufrimiento. Tú sabes, Señor, lo
débil que soy. No disminuyas ninguna de mis aflicciones, sólo dame fuerza para
soportarlas. Señor, no disminuyas mi
cáliz de amargura, sólo dame fortaleza para que pueda beberlo todo."
(Diario, 1489)
"Oh Dios mío, qué nostalgia siento por Ti. Oh, ya nada más atrae
mi corazón, la tierra ya no tiene nada para mí. Oh Jesús, cuánto me pesa este
destierro, cuánto se prolonga. Oh muerte, mensajera de Dios, ¿Cuándo me
anunciarás este deseado momento que me unirá a mi Dios por la eternidad?"
(Diario, 1573)
"Al encontrarme con el Señor, le dije: Me engañas, Jesús, me
enseñas la puerta abierta del cielo y me dejas nuevamente en la tierra. Y el
Señor me dijo: Cuando veas en el cielo
tus días actuales, te alegrarás y querrás ver tantos como sea posible. No me
extraña que ahora no comprendas esto, ya que tu corazón está desbordado de
dolor y de anhelo por Mí. Me gusta tu vigilancia; te baste Mi palabra que ya no
queda mucho. Y otra vez mi alma se encontró en el destierro. Me uní
cariñosamente a la voluntad de Dios, sometiéndome a sus amorosos designios.
(Diario, 1787)
En esta web podrás
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