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Salvación Eterna

Este sitio contiene
textos creados para la defensa y propagación de la Religión Católica.
Está conformado por
capítulos elaborados siguiendo la misma línea del libro “Tiempo Y
Eternidad” que este mismo autor publicó en Internet en abril de
2004. Al igual que esta obra, también estos textos son enteramente gratuitos, y
se pueden descargar, imprimir y difundir todo lo que se necesite, siempre y
cuando no se altere o modifique su contenido.
También se pueden encontrar
textos de otros autores y enlaces de interés a sitios que contienen escritos de
espiritualidad y que promueven los valores cristianos de caridad, abnegación,
renuncia, ascética, humildad y abandono. Valores sin los cuales no es posible
alcanzar la salvación eterna.
Juan F. García Millán
El Cristianismo es una
religión difícil, no cabe duda. Quizá la más difícil de todas. La Biblia por su
parte no lo pone fácil, pues es un libro extenso, escrito por diversas
personas, en diversas circunstancias y a lo largo de muchos siglos. El lector
que no esté muy instruido puede contemplar que existe todo un abismo entre el
Viejo y el Nuevo Testamento. Además, muchos pasajes son aparentemente
contradictorios en sí mismos y con otros, y solamente los teólogos y Doctores
son capaces de explicar, con lo que parece a veces un malabarismo de la lógica,
la sintonía de unos con otros.
A causa de estas complicaciones,
se han producido cismas y corrientes de pensamiento a lo largo de los dos
milenios de su existencia, que han arrastrado mayor o menor número de fieles.
Las diversas interpretaciones del dogma han originado cristianos católicos,
ortodoxos, nestorianos, pelagianos, monofisitas, albigenses, luteranos,
calvinistas, anglicanos, mormones, adventistas... La lista es interminable.
Pero es el catolicismo
quien se lleva la palma en lo que a complejidad se refiere. No en vano todas
las confesiones enumeradas antes (y las no enumeradas) han sido reacciones que
han surgido ante la dificultad o incomodidad de seguir a una religión tan
difícil. Difícil de entender, y difícil de practicar.
Incluso muchos católicos
cultos de ayer y de hoy no terminan de entender del todo conceptos como la
Trinidad (tres Personas, pero un sólo Dios), o la doble naturaleza de Jesús
(completamente Hombre y completamente Dios), o el significado de la Eucaristía,
o el dogma de la Transubstanciación. Por no hablar ya del sentido y valor del
sufrimiento y de la Cruz (escándalo para los judíos y locura para los griegos.
(1Cor 1,23))
Particularmente el
misterio de la Cruz y su significado en Cristo y en el hombre es objeto de
ignorancia en un gran número de católicos que se dicen fieles. Y es el dogma
central del cristianismo sin duda alguna. Este libro contiene muchos capítulos
en los que he intentado explicar y difundir este dogma.
Pero la mayor o menor
dificultad de la religión no debe ser un obstáculo tal que determine su
abandono. No en vano nos jugamos la salvación eterna. No podemos hacer como los
protestantes, coger esto y desechar aquello. Porque al fin y al cabo todo tiene
explicación y todo encaja; aunque haya que dedicarle su tiempo a estudiarlo y
comprenderlo. El esfuerzo merece la pena, y la recompensa también. Para esta
vida y para la otra.
Estas páginas son un
intento de arrojar alguna luz sobre ciertos misterios de la Fe Católica con los
que encuentran dificultades muchos creyentes y no creyentes. Quiera Dios que dé
muchos frutos en seguimientos y conversiones.
El individuo católico
mundanizado, que entre los que se dicen cristianos es el habitual en la
sociedad de hoy, rechaza de plano toda la enseñanza bíblica y tradicional de la
Iglesia sobre el sufrimiento. Para él, el sufrimiento es una situación que ha
de ser evitada a toda costa, incluso por encima de las personas y del propio
Dios. "Dios no nos ha puesto en este mundo para sufrir" dicen.
Este hecho sin embargo no
es nuevo. Ya en el pasado fue rechazado por los protestantes, que endulzaron o
más bien hicieron ancha la puerta que Cristo anunció que era estrecha (Mt
7,13-14).
Pero lo cierto es que en el
mundo hay sufrimiento, por instigación del Maligno, y por la debilidad del
propio hombre. Y la doctrina que predicó Jesucristo viene a ser una liberación
para el oprimido, para el pobre, para el desdichado, para el que sufre. El que
sufre es el predilecto del Señor, quien recibirá los mayores premios en la vida
eterna.
Por supuesto que no
debemos entregarnos al sufrimiento de forma deliberada como un masoquista. Pero
el hecho de ser católicos y confesar a Cristo abiertamente y en voz alta ante
la sociedad de hoy, que le odia más que nunca, nos traerá no pocas cruces.
La Cruz es el punto
central de la doctrina Cristiana. Y el Nuevo Testamento está repleto de
sentencias que nos alertan y avisan que el verdadero cristiano y fiel de
Jesucristo ha de ser, como su maestro, un crucificado:
«Si alguno quiere venir
detrás de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera
salvar su vida, la perderá, y quien perdiere su vida por mi causa y por el
Evangelio, la salvará» (Mc 8,34-35).
«Entrad por la puerta
estrecha, porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la
perdición, y son muchos los que van por allí. Pero es angosta la puerta y
estrecho el camino que lleva a la Vida, y son pocos los que lo encuentran» (Mt
7,13-14).
«Los que son de Cristo
Jesús han crucificado su carne con sus pasiones y concupiscencias» (Gál 5,24).
«Si vivís según la carne,
moriréis; pero si con el Espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis»
(Rm 8,4-13)
«Porque se os ha
concedido a vosotros, a causa de Cristo, no solamente el privilegio de creer en
él, sino también el de sufrir por su causa» (Flp 1.29)
«¿Qué hay de noble si
soportáis el sufrimiento cuando lo merecéis? Pero si lo soportáis cuando hacéis
el bien, eso sí es agradable ante Dios. Pues para esto fuisteis llamados,
porque también Cristo sufrió por vosotros dejándoos ejemplo para que le
imitéis». (1Pe 2, 20-21)
«Tú, pues, sé Partícipe
de los sufrimientos como buen soldado de Cristo Jesús» (2 Tim 2,3)
«Mortificad vuestros
miembros terrenos, la fornicación, la impureza, la liviandad, la concupiscencia
y la avaricia... Despojaos del hombre viejo con todas sus obras, y vestios del
nuevo» (Col 3,5-10).
Estas y muchas más citas
que se podrían poner nos dicen que el cristianismo es cruz. Que hay que vencer
las tendencias naturales egoístas del individuo orgánico y abrazar una vida más
desprendida, más elevada. Es ésta la vida cristiana. No hay otra posible.
El cristiano carnal
rechaza la cruz en su vida. Venera la cruz en el Calvario, en la liturgia del
Viernes Santo, en la vida de los santos; pero no tiene ninguna facilidad para
reconocer y venerar la cruz de Cristo en su propia vida.
Muchos incurren, como los
protestantes, en el error de pretender que la cruz de los cristianos no es
necesaria, pues ya Cristo la tuvo por nosotros. Ya Cristo pagó por nuestros
pecados, por lo que nosotros ya no necesitamos sino gozar de esta vida sin
preocuparnos de nada. Ignoran que el sacrificio de Cristo nos abrió las puertas
del cielo, pero no las del mundo: "No améis al mundo ni las cosas que
están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no Está en él.
Porque todo lo que hay en el mundo--los deseos de la carne, los deseos de los
ojos y la soberbia de la vida-- no proviene del Padre sino del mundo. "
(1ªJn 2,15). En la tierra por tanto, hemos de seguir los pasos de Cristo, hacia
el Calvario, cargando la Cruz.
Como dice el P. Ángel
María Rojas, S.J., «Jesús realiza la Redención con el sufrimiento de su Cuerpo Físico.
Pero la abre para que se continúe con el sufrimiento del Cuerpo Místico. La
Redención no excluye, sino que exige la participación de cada hombre en el
Sacrificio de Cristo» (¿Para qué sufrir? EDAPOR, Madrid 1990,65).
Dispongámonos pues a
abrazar la Cruz de nuestro Señor Jesucristo. La única que salva, la única que
conforta al que sufre, la única que es fuente de Vida y Salvación Eterna.
Es dogma central de la Fe
Católica que Jesucristo vino al mundo para salvarnos del pecado, y para eso, y
a causa de eso, murió en una cruz.
Sin embargo, Dios pudo
haber elegido redimir al género humano de una forma menos cruenta que la muerte
en cruz de su Hijo. Efectivamente, hubiese bastado sólo una gota de su sangre,
o ni siquiera eso, y la Humanidad hubiera sido salvada del pecado con la misma
eficacia y plenitud.
¿Pues entonces, por qué
ese disparate de la cruz? ¿Por qué ese sacrificio horrendo de la crucifixión
del Hijo de Dios?
Bien, la cruz de Cristo
no era necesaria, pero sí conveniente. De entre todas las razones que dan los
teólogos, las principales se basan en el amor y en el ejemplo.
Esto se simplifica en la
frase de la Escritura: "En esto se mostró el amor de Dios para con
nosotros: en que Dios Envió a su Hijo unigénito al mundo para que sirviese de
Expiación por nuestros pecados". (1ªJn, 4)
Y es que el amor se
ejemplifica con el sufrimiento, con el desprendimiento de uno mismo para darse
a los demás. Y no hace falta irse al plano sobrenatural para ver esto. Cuántos
son los padres que se sacrifican por los hijos hasta la extenuación: al atender
y cuidar a un hijo disminuido física o psíquicamente, a veces durante toda la
vida. O la abnegación y entrega de las madres cuidando a los bebés, cuando no
les dejan dormir ni de día ni de noche, a veces durante muchos meses, o incluso
años, hijo tras hijo.
Pues si el sacrificio y
el "dejarse la vida" lo vemos entre nosotros, ¿cómo no lo íbamos a
ver en un Dios que si lo tuviéramos que definir con una palabra solamente, ésta
sería Amor? ¿Cómo no íbamos a presenciar en el Dios del amor, en el Dios que
ama sin límite, al Dios que sufre sin límite? ¿Cómo íbamos a creer al que dice "quien
dé su vida por mí la ganará" (Lc 9,24) si Él no la hubiera dado antes
por nosotros? ¿Cómo íbamos a creer, en definitiva, al Dios que baja del cielo
para predicar el amor, si Él mismo no nos hubiera dado la prueba máxima de
amor? Pues "nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus
amigos" (Jn 15, 13).
Así pues, con su ejemplo
Dios nos invita a sufrir por amor. Porque el que sufre por los demás es el que
demuestra más amor los demás. El que se niega a sí mismo, el que renuncia a sí
mismo en pos de los demás, ese es el que más les quiere, como nos demostró Jesucristo.
Por eso, el cristiano a
quien Dios le envía una cruz no ha de entristecerse, sino todo lo contrario. No
vale decir como el pagano "¿qué he hecho yo para merecer esto?" Ya
que ¿qué hizo Cristo para merecer la Cruz? El inocente paga por los culpables.
Pues si el Inocente pagó
por los culpables, ¿no han de correr la misma suerte sus discípulos y
seguidores?
Como decía el beato Pedro
de San José, «Cuando nos sucede alguna aflicción hemos de entender que aquello
es la Cruz de Cristo y hacer cuenta que nos la da a besar.»
Y no hemos de estimar en
poco a esta vocación del sufrimiento, pues es superior incluso a la de
predicar. Pues si el fin de la predicación es convertir al pecador y que a través
del Evangelio se salve, eso mismo obtiene por sí mismo y por los demás el
inocente que ofrece a Dios su cruz por esta causa. Y con más eficiencia y
eficacia.
Jesucristo murió para
salvarnos del pecado; para abrir las puertas del cielo que hasta ese día
estaban cerradas a la Humanidad por culpa del pecado original. Por tanto nos ha
enseñado con su sacrificio que no hay nada mejor que la cruz para el perdón de
los pecados. Y el perdón de los pecados implica la salvación eterna. Por tanto,
por la Cruz se alcanza la Salvación Eterna.
Y para terminar, cito al
dominico Garrigou-Lagrange que siguiendo la doctrina de Santo Tomás escribe en
su libro "El Salvador y su amor por nosotros" el siguiente párrafo:
«Estas profundidades del
misterio de la Redención nos ayudan a entender por qué Dios envía por amor a
ciertas personas sufrimientos tan grandes, para hacerles colaborar unidas a
nuestro Señor, y un poco como Él, para la salvación de los pecadores. Es ésta
la más alta de las vocaciones posibles, superior a la que se dedica a enseñar.
Como también Jesús es más grande elevado en la Cruz que predicando el Sermón de
la montaña. ¿Qué prueba del amor de Dios puede haber más grande que hacer de
una persona una víctima de amor, unida al Crucificado? Lo mismo que la causa
primera no hace inútil la causa segunda, sino que le comunica la dignidad de
causar, así los méritos y sufrimientos del Salvador no hacen inútiles los
nuestros, sino que los suscitan para hacernos participar de su vida.»
Leí hace tiempo una
entrevista a un científico de renombre mundial, ateo, en donde le preguntaban:
“Si cuando murieses resultase que sí hay Dios, y te encuentras ante Él, y te
recrimina tu ateísmo, ¿qué le contestarías?” A lo que el científico respondió:
Señor, me tendrías que haber dado pruebas más fehacientes de tu existencia.
Hay muchos científicos y
hombres de gran saber como astrónomos, físicos, químicos, biólogos, o
cosmólogos, cuya actitud hacia la religión es bastante negativa. Su único
"dios" es el hombre y su potencial para alcanzar el conocimiento. Ni
que decir tiene que la gran mayoría (aunque no todos) son agnósticos o ateos.
La aportación de los
científicos a la evolución de la especie humana y a la mejora de sus
condiciones de vida ha sido impresionante. Todos los avances en medicina,
cosmología, geología, paleontología o física, han abierto al hombre nuevos
horizontes, le han hecho darse cuenta de que las teorías primitivas que explicaban
el universo ya no son válidas y por tanto las visiones geocéntrica y
antropocéntrica del mundo han sido firmemente superadas.
El perjudicado
lógicamente ha sido Dios. La evolución de los descubrimientos sobre la
naturaleza ha ido pareja casi siempre al descrédito de Dios. Dios ya no era la
causa primigenia de todas las cosas. Todo parece tener explicación lógica sin
tener que recurrir a Dios como causa última. Los científicos se encargan de dar
las pruebas en la mayoría de los casos o apuntar hipótesis muy razonables
cuando la prueba se resiste.
Los físicos, los expertos
en mecánica cuántica o en biología molecular, han buscado paralelamente a sus
investigaciones algún indicio, alguna pista, que delate la firma del Maestro en
el cuadro de la creación. Han estado buscando ese matiz, ese guiño que les haga
Dios y que les diga: “Si buscas bien te apercibirás de mi presencia”.
Esos científicos no han
encontrado esos indicios. Todo lo que han encontrado es que el universo es así
debido a la casualidad, es decir, sin que haya habido una mano consciente que
lo dirija todo, y nada por tanto les sugiere que el Dios de los cristianos
exista sino en la imaginación de éstos.
Sin embargo, no debemos
olvidar que Dios Sí se ha manifestado a los hombres. Se manifestó en
numerosas ocasiones a los hombres del Antiguo Testamento. Y lo que narran los
Evangelios es el relato de la manifestación de Dios a toda la Humanidad.
E incluso en nuestros
días Dios se manifiesta una y otra vez a numerosas personas. Se manifestó en
Fátima y en Lourdes (a través de la Virgen). Se manifiesta a muchos santos y
santas y a mucha otra gente anónima que no conocemos.
Pero claro, estas
manifestaciones no dejan huellas, no ofrecen pruebas que luego se puedan comprobar
a través de un instrumento de precisión y por tanto los científicos dicen que
son fruto de mentes delirantes sugestionadas por el éxtasis psíquico.
Pero, ¿Qué esperaban?
¿Que se les apareciera a ellos? ¿Que se les mostrara a través del resultado
inequívoco de una ecuación matemática? Dios podría hacerlo así si quisiera,
indudablemente. Así podría haberse convertido el científico con el que abríamos
este capítulo.
Pero es que esas no son
las maneras de obrar de Dios. Cuando Dios se manifiesta a una persona en
particular, no tiene en cuenta los méritos intelectuales o la prominencia
científica (que no son nada a su altura), sino que tiene en cuenta aquellas
cualidades que le son más semejantes, aquellas a las que más aprecia, como son
la humildad, la bondad o el amor. Aquellos que las poseen son siempre los
merecedores del inenarrable gozo de su aparición.
¿Y cómo iba Dios a
presentarse ante los científicos, y no ante los humildes, ante los desposeídos,
ante los desheredados? ¿No recordamos quién eran los compañeros de Jesús? ¿Eran
acaso los fariseos, los altos sacerdotes o los gobernadores? ¿Con quién intimó
Jesús en su vida terrenal? Pues con los estratos más bajos y pobres de la
comunidad, naturalmente.
No olvidemos que Dios
exige una prueba de fe para alcanzar el paraíso. Sin la Fe no hay salvación. Si
un científico descubriese una prueba irrefutable de la existencia de Dios, y
otros lo corroboraran, y se hiciese público y extensivo a toda la población, no
cabe duda que muchos creerían en Dios. Si se proclamara Dios de forma universal
a todos los hombres de forma que sólo los ciegos o los locos le siguieran
ignorando, muy pocos serían ateos.
Ahora bien, no debemos
olvidar que eso ya ha ocurrido. En la Edad Media, cuando la Cristiandad imbuía
a toda la sociedad de un profundísimo sentido cristiano, cuando todo el mundo
occidental estaba inmerso en la religiosidad más exacerbada, nadie en su sano
juicio dudaba ni por un instante de la existencia de Dios ¿Cómo sino podrían
explicar ellos los abundantes misterios de la naturaleza? Pero no nos creamos
que por esa razón en esos tiempos las personas eran más buenas o que se
salvaban más que ahora. Las crónicas de aquellos tiempos nos siguen narrando la
maldad de los hombres, los pillajes y bandidajes, las brutalidades, etc.
Por tanto no creamos que
la salvación se conseguiría mejor si Dios se manifestase abiertamente y por
tanto fuese más fácil superar la barrera de la fe.
La mejor herramienta de
que dispone Dios para lograr la conversión y la salvación de sus fieles, ha
sido, es y será siempre la misma, y esa no es otra que la propagación del
ejemplo y la vida de aquellos que de verdad creen en Él y siguen sus preceptos.
El apostolado se revela como la única forma activa, segura y poderosa para conseguir
arrancar de la incredulidad y la disipación a las masas de personas que, sin
saberlo, ansían arrojarse a los brazos de Dios.
Uno de los argumentos más
esgrimidos a la hora de explicar por qué no se tienen más hijos, es el de
aquella gente que dice "mejor tener sólo un hijo pero bien atendido y con
comodidades, que muchos más y todos con precariedades".
El argumento no deja de
tener su lógica y su sentido, si nos circunscribimos a los cortos horizontes de
esta vida terrenal. Pero claro, el cristiano no puede tener esas miras, pues
apunta a la vida eterna.
En otras palabras, si de
lo que se trata es de hacer un viaje desde A (el nacimiento) a B (la muerte),
siendo el punto B el destino final, pues claro que es mejor llevar menos
viajeros, pues el coche es pequeño, y las inclemencias del viaje son grandes.
Pero ojo, resulta que el punto B no es el final, sino apenas el comienzo, un
comienzo a una eternidad pletórica de felicidad. ¿Cómo no pues, llevar el coche
cargado hasta los topes, cómo negarles esa felicidad a esos hijos nuestros,
aunque tengan que ir en bicicleta?
Parecen duras estas
palabras. Y lo son sin duda, pues la vida es dura y más para esos valientes,
pero ¿acaso no merece la pena el premio? No podemos tener la miopía de los
ateos, que no pueden ver nada más allá de la muerte. La vida, por muy dura que
se nos presente no es sino la antesala de una forma de vida mucho más plena,
avanzada, feliz y completa, y allí todas nuestras fatigas se olvidarán al
momento, y tendremos toda una eternidad para alegrarnos de haber llevado llenas
las alforjas.
Uno de los argumentos que
los detractores de la Iglesia esgrimen contra ella es su "machismo".
La Iglesia es machista, dicen, por que no ordena a mujeres. Porque nadie en la
Jerarquía es mujer.
Cierto es que los tiempos
cambian, y la sociedad misma cada vez más va dando cabida a las mujeres en los
puestos de responsabilidad. Desde principios del siglo XX, cuando comenzaron
los movimientos en pos de la liberación de la mujer, ésta va teniendo un papel
más vistoso dentro de la sociedad, al menos la occidental.
Cuando en el párrafo
anterior mencioné la palabra "vistoso", estuve a punto de poner
"protagonista", pero hubiera cometido un error. Y la razón es que la
mujer ha tenido siempre un papel protagonista en casi la mayor parte de las
sociedades. Ha sido siempre la mujer la que ha trabajado más que el hombre, la
que ha sufrido más, y la que ha llevado por sí sola el peso, el sostenimiento
de los pilares sobre los que se asienta la sociedad.
Esto en sí mismo no es
sino un hecho constatable hasta por un ciego. Y tiene una parte muy negativa
también. En gran parte de la humanidad la mujer es tratada como una bestia de
carga, que no sólo cuida de la prole y las necesidades del marido, sino que
además es recompensada con lo que este último desprecia. Y esto obviamente no
es bueno.
Las mujeres que reclaman
más protagonismo, lo que reclaman es más bien "vistosidad", figurar
en los sitios... y tomar decisiones.
Pero antes de nada una
aclaración. Estar en un puesto de responsabilidad no es algo bueno "per
sé". Para muchos incluso es algo a evitar a toda costa, una carga
insoportable.
Que la mujer es capaz de
estar en cualquier puesto de responsabilidad y desempeñar su cargo como
cualquier hombre (o mejor) es algo que ya nadie duda hoy en día.
Pues entonces, ¿por qué
la Iglesia no acepta mujeres? En primer lugar la pregunta está mal formulada,
ya que la mujer es mayoría dentro de la Iglesia. Habría que preguntar más bien
¿Por qué las mujeres están excluidas del sacramento del orden?
Bien, ahí la respuesta es
algo más compleja. Hay quien argumenta que el mismo Jesús no incorporó mujeres
dentro de Los Doce. Y la razón bien pudo ser que las "embajadoras" de
su Palabra no hubieran gozado de audiencia entre nadie. La mayoría de las
sociedades antiguas consideraba a las mujeres como un cero a la izquierda, sin
voz ni voto, ni juicio. Incluso en algunos casos se llegaba a cuestionar si
tenían o no alma.
La sociedad moderna ha
desechado, felizmente, todas esos disparates, y por tanto podría ser hora de
poner las cosas en su sitio. ¿O no? Pues lamentablemente no. Resulta que los
que vivimos en el Primer Mundo, nos olvidamos muchas veces que
"existen" otros Mundos. Y lo cierto es que la gran mayoría de la
Humanidad aún vive con precariedades, en pobreza, y en muchos casos con costumbres
primitivas.
Enviar una mujer a
presidir una Eucaristía a ciertas zonas de misión en Asia donde aún hoy en día
las mujeres son consideradas igual que en tiempos de San Pablo, sería toda una
imprudencia que no traería ninguna conversión a la Iglesia, o echaría a perder
las que existieran.
Así pues, no ha llegado
el momento. Y quizá no llegue nunca, o se acabe el mundo antes ¿quién sabe? El
caso es que no puede haber sacerdotes de primera "todo-terreno" y
sacerdotes de segunda "sólo-para-el-mundo-civilizado". Una
participación en el sacramento del orden de esa forma no sería válida. La
ordenación no puede tener límites.
Esta vida está perdida desde
el principio. "La vida es un valle de lágrimas" me decía
recientemente un confesor. Hay que hacer de la necesidad virtud. Tantas
frases...
El que se empeña en
complacerse y buscar sólo los placeres de la vida es como el que intenta
alumbrarse en una noche cerrada de ventisca con una mísera vela. Una y otra vez
enciende la mecha, pero no avanza... Es como el caballo que corre detrás de la
zanahoria...
¡Hay que resistir! Es la
consigna que hemos de decirnos una y otra vez, pues a buen seguro que nadie nos
lo dirá, y menos en este mundo materialista.
La vida es un campo de
entrenamiento. Es como la clausura que se impone un joven universitario para
poder estudiar y sacar la carrera. Es la prueba que hemos de pasar para heredar
la eternidad feliz. Es una prueba dura, y peor aún larga, muy larga. Pero es
que infinitamente larga es la eternidad celestial... y la eternidad infernal
también.
Jesús no vino al mundo a
explicar o abolir el sufrimiento, sino a llenarlo con su presencia. No podemos
pensar como los judíos de su época, que veían en Él a un Mesías terrenal, que
les iba a liberar de los romanos.
Él dio su vida por
nosotros, y por tanto nosotros también tenemos que dar la vida por Él; cuando
le vemos en nuestros hermanos, en los pobres, en los necesitados, cuando por
ellos nos dejamos la vida, entonces estamos dando la vida por Él. Cada cual en
su vocación: el casado por su familia, el niño por sus padres, el soltero por
sus prójimos.
Hemos de tener valor y
entereza y pensar que los sufrimientos soportados por Cristo no son malos sino
todo lo contrario. Si viéramos el valor de nuestras cruces, no querríamos que
éstas nos faltaran nunca. Conoceríamos que la cruz es lo más valioso que hay en
nuestras vidas. Diríamos como Santa Teresa: «o padecer o morir». O como San
Juan de la Cruz: «jamás, si quieres llegar a la posesión de Cristo, le busques
sin la cruz».
Cuando nos sobrevengan
esos sufrimientos que nos amargan tanto, decid y rezar de la siguiente forma:
“Dios me ha configurado
al Varón de Dolores, haciéndome participar así maravillosamente de la obra de
la Redención”.
“Gracias señor por los
sufrimientos que me concedes por mis culpas o por las de mis semejantes. Todas
estas penas mías unidas a tu Cruz, valgan para la expiación de mis pecados y
los del mundo entero”.
¡Ánimo alma penitente!
Los sufrimientos duran un día, y el descanso es eterno. ¡Hay que resistir! ¡Hay
que resistir!
Qué poco se habla hoy en día
sobre el infierno. Rara vez en las homilías se pronuncia este nombre, o el de
su habitante principal. Los sacerdotes temen espantar a los fieles, o quizá más
bien, perder credibilidad.
Cuando le hablas a un ateo sobre el infierno eres motivo de mofa, sorna y
escarnio.
Pero que el infierno existe es una realidad innegable. Si está más o menos
habitado no lo sabemos, pero hay un hecho innegable: Jesucristo murió para
librarnos de él.
Es dogma central de la Fe católica que Jesucristo murió para salvarnos del
pecado. Mejor dicho, de las consecuencias del pecado. ¿Y cuales son las
consecuencias del pecado? Pues el estar apartados de Dios. No por otra cosa
dicen los teólogos que la pena mayor del Infierno es precisamente esa, el estar
apartados de Dios, para siempre.
Muy grande debe ser esta pena en la Eternidad, para que el Hijo de Dios se
encarnase en la Tierra y muriese para salvarnos de ella. Quien niegue que
existe el Infierno está poniendo en entredicho la misión de Jesucristo y el
motivo principal de su Encarnación y muerte en Cruz. Y negar esto en un
cristiano es algo muy grave.
La escatología por lo general suele ser muy difusa y dada a especulaciones.
Los libros sagrados dan pocas pistas concretas sobre su composición y acceso,
aunque las reglas generales sí que están bien delimitadas. Lo mismo pasa con
temas como la creación del mundo. El ser humano no ve lo suficiente, no
comprende lo necesario, y lo primero que hace ante la confusión y la falta de
pruebas directas, es negar. Pero el universo, el mundo, la trascendencia en
general, no son para los humanos sino un tapiz. Sí, un tapiz puesto al revés,
donde nosotros sólo vemos el envés, mientras que el Maestro Tejedor contempla
la obra con todo su sentido y esplendor.
Peter Maurin, el fundador
del movimiento “El Obrero Católico” en Estados Unidos, siempre fue un
partidario entusiasmado de la palabra “radical”. Recuerdo uno de sus “Ensayos
Fáciles” con los que intentaba, como yo con estos textos, despertar a los
cristianos, que decía algo así como:
“Jesucristo
dijo: No podéis servir a Dios y al dinero. ¡No podéis! Pues bien, toda nuestra
educación consiste en tratar de averiguar de qué forma se puede servir a Dios y
al dinero”.
Peter Maurin, como
predicador infatigable, siempre zarandeó las conciencias de los cristianos
dormidos y les animó a profesar el Evangelio “sin restricciones”, es decir,
plenamente.
A muchos de los que intentamos explicar el
Evangelio en su forma correcta (no en la versión “light” o cómoda tan de moda
hoy en día) se nos dice que somos unos fanáticos, unos radicales.
Pero es que hablar de catolicismo radical es simplemente una redundancia. Es como si quisiéramos defender la palabra fuego caliente o sal salada, como si fuera posible que el fuego pudiera ser frío o la sal dulce. No señor. Se puede hablar de catolicismo o cristianismo atenuado, pero no de catolicismo radical.
Y es que el cristianismo, por definición, ya
es radical. Es radical por que se aparta perpendicularmente de la concepción
mundana de cómo debe ser la actitud humana. Es radical por que promueve la cruz
y el sufrimiento para alcanzar la felicidad (y el que diga lo contrario es que
no ha entendido el Evangelio). Es radical en suma, por que el hombre ha de
negarse a sí mismo, tomar su propia cruz, y seguir al maestro (Lucas 9, 23).
G.
K. Chesterton, decía que uno de los miedos de los magnates de su tiempo era que
le saliera un hijo católico. Un miedo superior al que saliera marxista, ya que
esto último es menos estable, y en muchos casos se suele vencer con la edad.
Y
no le faltaban razones. En los países de mayoría protestante, los católicos por
lo general suelen ser más fieles a la doctrina que los que viven en países de
supuesta mayoría católica. Un católico hace opción por la pobreza y por el
desprendimiento, valores contrarios a la doctrina capitalista. Para esos padres
era pues, una discontinuidad de los negocios, un hijo desaprovechado,
normalmente de por vida.
Cómo si no se explican las palabras de Cristo de “Fuego he venido a traer al mundo y
ojalá estuviera ya ardiendo... ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No,
sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra
dos, y dos contra tres (Lucas 12, 49-53).
¿Que otra religión del mundo promueve la Cruz como
vía de Salvación? Una cruz que es “escándalo para los judíos y locura para los
griegos” (Cor.1,23). ¿Como no llamar radical a una religión así?
Pues sí, radical ha de ser nuestra conversión, si
aún no estamos en el camino de la Cruz. Por que sólo con el Evangelio, en su
radicalidad, podemos entrar en la Vida Eterna.
El mundo, ofrece hoy más
que nunca una variedad inmensa de ídolos a los que el ser humano adora con
verdadera devoción. Más atrayentes que nunca, esos ídolos han arrebatado por
entero el corazón de los que antes se llamaban cristianos y los ha convertido
en fieles adoradores.
Pero hoy como ayer, esa
adoración se instrumentaliza a través del dinero.
El dinero atesorado más
allá de su legítimo uso para llevar una vida digna es una usurpación de lo que
les corresponde a los que no tienen nada. No olvidemos que los bienes de este
mundo no nos pertenecen, sino que se nos dan en usufructo. El único dueño es
Dios.
El cristiano auténtico no
debe, no puede malgastarlo mientras existan otros congéneres que no tienen ni
lo necesario.
Antes se atesoraba en
previsión de necesidades futuras que podrían surgir, burlando el precepto
divino de "buscar primero el reino de Dios, pues todo lo demás se os dará
por añadidura" (Lc 12,31). También hoy se atesora de esa forma, claro,
pero en la mayoría de las ocasiones, ese excedente se malgasta, se consume.
Efectivamente, una de las
formas de adoración que nos impone el Leviatán moderno es el consumismo,
principalmente en los países industrializados.
La gente ya no va a
semanalmente a la Eucaristía, como antes. Ahora la visita semanal ya no se hace
al templo, sino al centro comercial.
Con la excusa de hacer la
compra, se adquieren esos productos que no se necesitan, pero que nos meten por
los ojos, creándonos necesidades artificiales.
Y los hay para todos los
bolsillos. El ídolo del consumismo no se adora solamente en los templos
modernos, los grandes centros comerciales. También las tiendas de "todo a
un dólar", o su equivalente en otros países satisfacen los anhelos del
corazón consumista, del que se ha desplazado a Dios. "Sólo a mí adorarás,
sólo a mí me darás culto" (Ex. 34,14)
No piense el cristiano
que desea seguir fielmente a Cristo, que por que sea poco el dinero que se
emplea en esas compras está más libre de culpa. Si el corazón está
"enganchado" a esos pequeños caprichos, poco espacio puede quedar
para Dios.
Junto al mundo, (y al
demonio), la carne siempre ha sido el otro enemigo acérrimo del hombre
cristiano.
Y al igual que comentábamos
con respecto al mundo, la sociedad de hoy favorece como nunca la adoración a
este ídolo
La liberación de la mujer
en las sociedades occidentales durante el siglo XX, su acceso e incorporación
de forma masiva al mundo laboral, y el avance en la elaboración de
anticonceptivos, a traído como consecuencia un aumento como jamás se había
visto, de la promiscuidad sexual.
Por supuesto que yo no
estoy criticando que la mujer trabaje y que no tenga que depender del marido.
La liberación de la mujer ha marcado todo un hito en la historia en pro de la
dignidad humana y ha significado un gran beneficio para la igualdad de sexos en
cuanto a condiciones legales, jurídicas, y de toda índole.
Pero sí que es cierto que
antes la mujer había de conservarse casta, y "entregarse" a
un sólo hombre, pues era prácticamente la única posibilidad de supervivencia,
al no haber muchos modos ni oficios en los que pudiese ganarse la vida. Si la
mujer era promiscua, corría el riesgo de ser rechazada y quedarse como
"una solterona". La idea general era que si la mujer se entregaba
antes del matrimonio, puesto que el hombre sólo buscaba eso, nunca se casaría.
El matrimonio pues, era el precio del sexo.
Obviamente este no era el
caso de todo el mundo, y de todas formas el hombre podía encontrar sexo sin
casarse en otros sitios. Pero al menos se me dará la razón en que hoy por hoy
las circunstancias son mucho mejores que antes en cuanto a favorecer la
promiscuidad.
Siguiendo el
planteamiento que hacíamos antes con el Mundo, el sexo es otro ídolo que nos
vela la verdadera adoración a Dios. Si damos culto al sexo, estamos desbancando
a Dios del corazón, total o parcialmente.
Por eso la Iglesia ha
racionalizado la sexualidad. Entiéndase que no me refiero a racionar, sino a
racionalizar. La Iglesia no prohíbe el sexo, sólo lo encauza.
Lo encauza al matrimonio,
claro está, y le dota de una perfección, que es la apertura a la vida.
Entiende la Iglesia que
la anticoncepción busca solamente el placer en sí mismo, eliminando el vínculo
que lo hace sagrado, que es la procreación, es decir, la colaboración
humana en los designios divinos de la continuidad de la especie.
En cualquier caso, la
Iglesia no prohíbe todas las formas de anticoncepción. Los llamados métodos
naturales que se basan en la observación de los períodos infecundos de la mujer
sí son permitidos e incluso recomendados en muchas ocasiones.
Este asunto ha dado mucho
que hablar, y ha suscitado confrontaciones incluso dentro de la propia
Jerarquía eclesiástica.
Hay muchos cristianos
bien intencionados a quien no les parece correcta la distinción entre métodos
naturales y métodos artificiales. El sólo hecho de admitir en
la relación un elemento externo, bien sea una sustancia química o un medio
físico, no es motivo suficiente -según ellos-
para admitir una diferenciación entre lo natural y lo artificial.
Y es que si se quiere,
también los medios naturales son artificiales. Al entender de muchos, el que
una mujer realice mediciones de temperatura y de la consistencia de los flujos
corporales, que los vaya analizando y haciendo gráficos en base diaria, no
parece que sea muy natural, sino más bien algo bastante artificial. Por no
hablar ya de los aparatos que venden las farmacias que hacen ese mismo trabajo.
¿Significa esto que si un
cristiano bienintencionado cree en conciencia esta disquisición (que pudiera
parecer bastante razonable), puede utilizar por tanto, los métodos
"artificiales"?
Bueno, más bien debiera
hacerse todo lo contrario, creo yo, para ser coherente. Si la Iglesia proscribe
los métodos artificiales, y a nosotros en conciencia nos parece que un método
natural parece artificial, debiéramos pues, en coherencia, no usarlo tampoco.
En cualquier caso,
deberíamos estar por encima de todas esas cosas, y simplemente dejarnos llevar.
Dejarnos llevar por lo que dice la Iglesia, claro, y no entrar en disquisiciones sobre si moralmente me obligo o si
en conciencia no peco, etc, etc.
No olvidemos que
independientemente de lo que uno piense o no piense, somos hijos de la Iglesia,
y que la obediencia, la humildad y la mansedumbre son valores que Cristo nos ha
enseñado a practicar. Sí. Independientemente de que pensemos que se nos ordena
algo injusto o erróneo. Lo mismo debió pensar Abraham cuando Dios le ordenó
sacrificar a su hijo Isaac (Gen 22.2)
Y es que la obediencia es
una virtud de entrega, de abnegación, de renuncia (y de cruz) como ninguna
otra, pues con la obediencia entregamos aquello que en más estima tenemos, que
es la voluntad. Con razón dicen los religiosos que de los tres votos
-obediencia, castidad, pobreza- es este el más duro y difícil de cumplir.
Pero por esa razón es el
que más mérito tiene, y el que más se identifica con el vaciamiento de corazón
que debemos obtener para que Dios pueda morar en él de forma completa. No hay
mayor renuncia y desasimiento que el que se hace de la propia voluntad.
Y para ir finalizando
este capítulo sobre la anticoncepción, quiero reproducir aquí un pasaje de Jose
María Iraburu procedente de su estupendo libro “De Cristo o del Mundo”:
“Imaginemos
que un ministro de la Iglesia, ante un grupo de ricos apegados a sus riquezas,
predicase sobre la cuestión social en estos términos:
«Hermanos,
ésta es la norma: vosotros, los ricos, mientras vuestro prójimo pasa hambre, no
tenéis derecho a lujos; por eso, privándoos de lo superfluo y reduciendo
vuestras necesidades, debéis compartir vuestros bienes con los pobres, para que
la miseria y el hambre sean por fin vencidos. Así enseñan las últimas
encíclicas sociales.
«Ya comprendo,
sin embargo, que esta norma que da la Iglesia suscita en vosotros, los ricos
cristianos, especiales problemas de conciencia. Algunos de vosotros no veis en
tal norma fundamentos convincentes de razón, ni bases claras en la Escritura.
Pensáis algunos que el Evangelio exhorta al amor, no a la igualdad, y que
ciertas desigualdades, incluso grandes desigualdades, son perfectamente
conformes con el orden natural; y quizá no os falte algo de razón.
«Por otra
parte, esa norma, así planteada, no puede decirse que sea una doctrina
infalible. Es evidente que no todas las desigualdades son injustas, y que no es
tan fácil discernir las desigualdades justas de las injustas, y lo necesario de
lo superfluo. Por eso, no siendo una doctrina infalible, aquel de vosotros que
tenga razones verdaderamente graves para disentir en conciencia de ella, no
sólo puede, sino que debe seguir el dictamen de su conciencia. Nadie, pues, se
angustie al escuchar las encíclicas sociales de la Iglesia [aquí murmullos de
aprobación].
«Notad, por
otra parte, que en las encíclicas aludidas no se dice nunca que estas materias
graven las conciencias bajo «pecado mortal». Evitan deliberadamente emplear tal
expresión; no es un olvido. La Iglesia además es la primera en conocer que situaciones
objetivamente ilícitas, pueden ser en ciertas condiciones disculpables o
subjetivamente defendibles. Es un hecho que vosotros -no uno, ni dos, sino casi
todos- sentís verdadera repugnancia a limitar una vida de riquezas a la que
desde niños os han acostumbrado, para prestar a los necesitados una efímera
ayuda, de la que posiblemente no hagan buen uso. Como también es un hecho que
casi todos los ricos -incluso los países ricos en su totalidad-, siendo
cristianos, desobedecéis estas normas sociales de la Iglesia. Y sería un
pesimismo excesivo pensar que todos vosotros estáis «apartados del amor de
Dios» [algunas risas]. Es verdad que la Iglesia propone la efectiva solidaridad
fraterna como un ideal, pero también es verdad que hay grados de crecimiento en
la vida cristiana que deben ser respetados. Podéis, pues, estar tranquilos»
[aplausos, silenciados por el predicador].
«Pero en todo
caso, si vuestras enormes riquezas actuales os plantean un verdadero problema
de conciencia, tenéis abierta una salida segura acudiendo a la tradicional
doctrina moral sobre el conflicto de valores: en efecto, si para ayudar a los
pobres tratáis de reducir en serio vuestras riquezas en nombre de la justicia y
de la caridad, seguramente esto va a ocasionar graves problemas familiares, que
podrán afectar seriamente al amor entre esposos y entre padres e hijos. Es,
pues, éste un caso típico de conciencia perpleja, ya conocido y reconocido por
la moral clásica, en el que hagáis lo que hagáis, hacéis un mal. O poner en
peligro el amor y la paz familiar, que sin duda es un valor primario, o no
cumplir lo que dicen las encíclicas. Debéis entonces, con toda libertad, sin
admitir presiones, elegir lo que en conciencia os parezca el valor mayor, o si
se quiere, el mal menor. Ninguna norma, persona o institución puede en esto
sustituir el dictamen último de vuestra conciencia. Y estad ciertos de que
después no necesitáis confesaros sobre estas materias»... (grandes y
prolongados aplausos).
¿Habría alguna
probabilidad de que los ricos que escucharan una predicación como ésta se
convirtieran, y pasaran de la injusticia a la justicia? ¿Sería posible
reconocer en esos planteamientos una verdadera predicación de la doctrina
social de la Iglesia? ¿No sería más bien una broma trágica, realizada mientras
millones de seres humanos mueren de hambre?...
Pues así es
como algunos, en ciertas regiones de la Iglesia, enseñan acerca de la moral
conyugal católica: no han terminado de exponer la norma, cuando ya la han negado
o puesto en duda, la han juzgado impracticable, y han suministrado hábilmente
diez posibilidades de eludirla con buena conciencia. Otros, la mayoría, tienen
más sentido del ridículo, y prefieren callarse: simplemente, se abstienen de
hablar o predicar sobre el tema. Y en fin, unos pocos predican la verdad, y son
de uno u otro modo marginados, rechazados como fanáticos duros, sin caridad”.
Bien, podría objetarse
contra este pasaje que el pecado de los ricos es mucho mayor que el de los que
usan anticonceptivos, pues aquellos perjudican a terceros, (por su egoísmo),
mientras que los otros, si acaso, sólo se perjudican a sí mismos.
Pero es que no debemos
olvidar que los otros también son egoístas, al reducir o eliminar las
posibilidades de engendrar un nuevo heredero del cielo. Y también por
preferirse a sí mismos antes que a Jesucristo, que les está mirando desde la
Cruz.
Cuando Jesucristo exhorta
a renunciar a las riquezas y a las ambiciones del mundo, se está refiriendo
siempre a una renuncia del corazón. De nada vale pues quien se priva de todo, y
sin embargo en su corazón lo sigue anhelando. En ese corazón por tanto no cabe
Dios, pues ya está lleno del anhelo de todas esas cosas.
Esa pues, es la medida
que nos permite saber si somos pobres o no. Si nuestro corazón es indiferente a
las riquezas, a buen seguro que no las adquiriremos, y si las tenemos, pronto
nos dejarán. Y lo mismo con todas las otras cosas del mundo.
Hay matrimonios, por
ejemplo en los que quizá a un cónyuge le gustaría ser más generoso en las
limosnas o dar más dinero a los pobres, pero el otro no está por la labor.
Igualmente puede ser que uno no quiera usar anticonceptivos, y el otro sí. Y
como en todos las parejas siempre suele haber un cónyuge dominante, ¿qué puede
hacer el más débil si el otro se resiste a cambiar de actitud?
Bien, pues tenemos de
nuevo que preguntarnos cual es la inclinación del corazón. El cónyuge que
invita a ir al otro por la vía de Jesucristo, sin éxito, ha de insistir en el
propósito, y en última instancia ha de pedirlo en la oración. Pero pedirlo de
verdad. Sólo así sabremos si en verdad el corazón está sintonizado en la
frecuencia correcta.